Mar de fondo CAPÍTULO 59
97%

CAPÍTULO 59

D urante toda la mañana, el inspector Arbona había mantenido una vigilancia férrea sobre el perímetro de Ca’s Padrí , oculto tras la fronda de los algarrobos.

Mientras tanto, el subinspector Torres se desplegaba en las oficinas del Ayuntamiento de Sencelles.

Con la excusa de liderar una investigación policial secreta sobre una supuesta trama de contrabando de drogas, logró que el técnico municipal le facilitara los planos de reforma de la propiedad.

Al examinar minuciosamente la distribución de la casa y sus accesos, Torres descubrió un detalle oculto: bajo la estructura principal se conservaba el antiguo celler , la subterránea bodega de piedra donde antaño se elaboraba y guardaba el vino.

Al recibir la confirmación por teléfono, Arbona lo tuvo claro al instante: Júlia estaba allí abajo.

Durante las horas siguientes, en mitad de un calor sofocante, los dos policías diseñaron detalladamente la maniobra de asalto.

Al recuperar progresivamente la visión, Júlia observó a su alrededor y quedó profundamente horrorizada.

Enfrente destacaban dos viejas barricas de roble gastado por los años, pero al girar la cabeza vislumbró una larga mesa de acero inoxidable.

Sobre la superficie pulida reposaba un arsenal de instrumentos que en un primer impacto le parecieron quirúrgicos, pero que en realidad eran herramientas de carpintería y odontología dispuestas con frío orden: un taladro, sierras de diversos tamaños, alicates de presión y estiletes dentales.

Gonzalo comenzó a bajar la escalera de piedra muy despacio, recreándose en el pánico absoluto que se apoderaba del rostro de su víctima.

—Es inútil que intentes gritar, Júlia —murmuró Gonzalo con una sonrisa magnética y despiadada—. Nadie te va a oír aquí abajo.

En el exterior, la penumbra del eclipse progresaba segundo a segundo, tiñendo el cielo sobre el Pla de Mallorca de un tono ceniciento irreal. Gonzalo se cruzó de brazos frente a la mesa de acero y comenzó a hablar con una serenidad estremecedora.

—Fany fue tan ingenua... —confesó, recreándose en cada palabra—.

Y Susana, exactamente igual. Fue una lástima que nos vieras la noche que estuvo en casa y que al día siguiente descubrieras que habíamos estado…

. divirtiéndonos. No imaginaba que serías tan suspicaz.

La verdad es que me sabe mal; Iris y tú erais tan buenas amigas.

— ¿Cómo pudiste sedar a los niños? — exclamó Júlia con auténtica repulsión — ¡A tu propio hijo! — añadió al borde de un ataque de nervios.

— No podía arriesgarme a que se levantasen en mitad de la noche — respondió Gonzalo con suma tranquilidad.

— Ahora es tu turno. Vas a sentir lo mismo que ellas. Te voy a contar lo que va a pasar. Primero te torturaré hasta que no te quede ni un solo aliento de vida. Después te descuartizaré sobre esta misma mesa y empaqueté tus restos con lino y cuerda de yute.

Hizo una breve pausa, mientras se paseaba lentamente por la estancia con las manos a la espalda.

—A ellas las arrojé al mar. Como por desgracia tuve que sacrificar la lancha — dijo mientras se ponía el índice de la mano derecha en la boca mientras pensaba — Creo que contigo haré algo más creativo.

—Eres un monstruo... —alcanzó a articular Júlia, ahogada por las lágrimas y el terror— ¿Por qué haces esto Gonzalo? — preguntó Júlia desesperada.

—Lo hago simplemente porque puedo y porque me gusta —respondió él con una frialdad absoluta—.

Sentir el dominio total sobre alguien es un privilegio que muy pocos entienden.

Tu marido Toni fue una bendición; encajaba tan bien que fue ridículamente fácil hacer que cargara con la culpa de la muerte de Fany.

El hecho de que esa ingenua aceptara mi sugerencia de poner el teléfono en modo avión durante nuestros encuentros y que tu marido la llamase la misma noche en que la maté, fue providencial.

No podría haber salido mejor. Y de Susana no tienes que preocuparte: la policía jamás la buscará aquí porque todos creen que ha comenzado una nueva vida de lujo en São Paulo. La coartada digital fue perfecta.

Gonzalo tomó la gargantilla de oro blanco que llevaba en el bolsillo y que por fin había encontrado Júlia. Con falsa delicadeza, le rodeó el cuello y abrochó el cierre de la joya alrededor de su cuello.

—Es una pena que no pudieras ver el regalo que te quería hacer tu marido para vuestro aniversario —susurró rozándole la piel con los dedos fríos—. Ahora esta gargantilla desaparecerá contigo.

Justo en ese instante, el último destello solar se extinguió en el exterior, sumiendo la finca en una noche absoluta teñida por el tétrico fulgor de la corona solar.

De repente se escuchó un golpe sordo y el portón de la casa cedió con un estruendo metálico.

—¡Policía! ¡Al suelo! —los gritos de Arbona y Torres retumbaron en la bóveda mientras sus pasos irrumpían a tumba abierta por la escalera.

Gonzalo no cometió el error de abalanzarse a ciegas.

Con el instinto despiadado de un depredador acorralado, cogió un cuchillo de grandes dimensiones de la mesa y se parapetó tras la estructura de la silla a la que Júlia permanecía atada.

Agarrándole la cabeza hacia atrás por el cabello, pegó la hoja del cuchillo directamente contra su yugular, convirtiendo a la mujer y al propio mueble en un escudo humano impredecible.

Arbona y Torres frenaron en seco al pie de la escalera, encañonándolo con las armas reglamentarias. La tensión se volvió insoportable bajo el zumbido de los tubos fluorescentes.

—¡Tirad las armas o le rajo el cuello aquí mismo! —rugió Gonzalo, desorbitado, apretando el acero hasta hacer brotar un fino hilo de sangre sobre la gargantilla de oro blanco.

—Tranquilo, Gonzalo, no tienes salida —dijo Arbona, manteniendo el pulso firme, pero sin ángulo limpio para disparar sin poner en riesgo a Júlia.

Paralizada por el terror, pero negándose a ser una víctima pasiva, Júlia sintió la respiración frenética de Gonzalo rozándole la oreja.

Con las muñecas y los tobillos aprisionados a la madera, la única arma que le quedaba era la fuerza de su desesperación.

Ahogó un grito de rabia, echó la cabeza hacia atrás con violencia y le asestó un brutal testarazo en el puente de la nariz.

Gonzalo maldijo de dolor, cegado por el golpe, y aflojó la presión de la hoja apenas un segundo. Tiempo suficiente para que Júlia desplazara bruscamente su centro de gravedad hacia un lado, volcando la silla de golpe contra el suelo de piedra.

Torres se lanzó al instante sin dudarlo para interponerse entre el asesino y Júlia, pero Gonzalo, desquiciado, lanzó una cuchillada ciega a la desesperada. El acero se hundió profundamente en el hombro del subinspector, haciéndolo caer de rodillas entre gemidos de dolor.

El sacrificio de Torres dejó a Gonzalo completamente desprotegido.

—¡Arbona! —gritó el subinspector desde el suelo.

El inspector no vaciló. Con un ángulo claro por primera vez, apretó el gatillo.

Dos detonaciones ensordecedoras retumbaron en las paredes del celler .

Los impactos en el tórax frenaron en seco la embestida de Gonzalo, que cayó a plomo sobre las losas, junto a las herramientas metálicas en medio de un charco de sangre.

Arbona pateó el cuchillo lejos, inmovilizó a Gonzalo con los grilletes y solicitó por radio asistencia médica urgente.

— ¿Torres, te encuentras bien? — preguntó Arbona a su compañero preocupado

—Sí, sólo es un rasguño.

Acto seguido, se arrodilló apresuradamente junto a la silla caída, sacó su navaja de dotación y comenzó a cortar con celeridad las bridas que apresaban los tobillos y las muñecas de Júlia.

—Ya está, Júlia. Ya estás a salvo, todo ha terminado —le dijo Arbona con voz serena y protectora, pasándole un brazo firme por los hombros para incorporarla.

Al sentir las ligaduras ceder y los brazos libres, el muro emocional que la había mantenido en pie durante horas se desmoronó por completo.

Júlia rompió a llorar convulsamente, liberando en un llanto desgarrador toda la angustia, el pánico y la tensión acumulados en aquel infierno.

Arbona la envolvió en su chaqueta y la guio hacia la escalera mientras los primeros destellos de luz solar volvían a abrirse paso tras la totalidad del eclipse, bañando la finca de Sencelles con la promesa de un nuevo amanecer.