Mar de fondo CAPÍTULO 58
95%

CAPÍTULO 58

E l sol de la mañana ya apretaba con ganas cuando el coche patrulla camuflado de Torres frenó junto a la acera.

Arbona bajó del vehículo ajustándose las gafas de sol, con la libreta en la mano y la sensación amarga de que algo no encajaba.

Llevaban desde primera hora intentando contactar con Júlia para informarle sobre la confirmación de Tomeu en Port Adriano, pero la línea continuaba remitiendo al buzón de voz.

Encontraron la verja entornada y al subir los tres escalones del porche, Torres se frenó en seco, señalando al suelo.

Junto al felpudo descansaba la bolsa de plástico del supermercado local.

Dentro, estaba la botella de lejía, el lavavajillas y la caja de la pizza precocinada que estaba blanda y deformada por el calor de la noche

—Esto lleva aquí desde ayer —dijo Torres, agachándose para tocar la bolsa—. Nadie ha abierto la puerta en toda la noche, inspector.

Tocaron el timbre y nadie abrió, Arbona rodeó la vivienda a paso rápido.

Al asomarse por el ventanal del garaje, comprobó que el turismo de Júlia permanecía aparcado en el interior.

Golpearon los cristales y llamaron a voces, pero el silencio dentro del chalé era sepulcral.

No había signos de forzamiento en las cerraduras: quienquiera que hubiera entrado, lo había hecho aprovechando un descuido o abordándola en la propia entrada.

—Se la ha llevado —sentenció Arbona con la voz convertida en un susurro helado—. Gonzalo supo que ella sospechaba de él o intuía que estábamos cerrando el cerco, y vino a por ella ayer por la tarde.

Torres sacó su teléfono corporativo con los dedos temblorosos.

—Solicito de inmediato el rastreo de geolocalización de la tarjeta SIM de Júlia Serra Pons a la compañía telefónica por riesgo vital.

—Muévelo ya, Torres —ordenó Arbona, contemplando la bolsa abandonada en el porche—. Pero con la causa archivada oficialmente por el comisario, la operadora se va a escudar en la burocracia para no soltar las celdas sin una firma judicial. Nos van a hacer esperar horas.

Finca Ca’s Padrí, Sencelles

El dolor punzante en las sienes arrancó a Júlia de la negrura. Parpadeó despacio, desorientada por la penumbra y por el sabor metálico y seco que le llenaba la boca. El aire del recinto era frío y denso.

Intentó mover las manos para llevarse los dedos al cuello, pero un tirón seco se lo impidió.

Estaba sentada e inmovilizada sobre una pesada silla de roble: gruesas bridas de plástico negro le apresaban las muñecas tras el respaldo y le anclaban los tobillos a las patas de madera, cortándole la circulación.

Apenas unos metros por encima de su cabeza, el chasquido metálico de un aro de hierro resonó contra el suelo. Una luz tenue y amarilla se filtró desde la parte superior cuando la trampilla de madera se abrió.

Gonzalo bajó despacio los peldaños de piedra, sosteniendo una botella de agua mineral. Vestía ropa limpia de campo y lucía la misma calma metódica con la que cuidaba las plantas del jardín. Se detuvo a dos pasos de Júlia, observándola con una frialdad desprovista de rabia o piedad.

—Ya has despertado —dijo con voz pausada, dejando la botella sobre una barrica vacía.

—Gonzalo... —alcanzó a articular Júlia con la garganta deshecha—. Por favor... mis hijos...

—Tus hijos están en Ca’n Picafort, Júlia. Perfectamente a salvo —la cortó él sin inmutarse—. Al final encontraste la gargantilla. ¿Dónde estaba? Te reconozco que estuviste a un segundo de arruinarme el montaje. Pero la prisa es mala consejera.

Júlia apretó los puños contra las bridas, sintiendo el plástico clavársele en la piel.

—La policía lo sabe todo... —dijo Júlia tirándose un farol—. No vas a salir de esta.

Gonzalo esbozó una leve sonrisa, inclinándose un poco hacia ella.

—Arbona no sabe nada que pueda probar en un juzgado.

Y la gargantilla está a buen recaudo bajo llave —susurró, rozándole apenas la mejilla con la yema del dedo, haciendo que ella esquivara el contacto con un escalofrío de asco—.

Mañana por la tarde la isla entera estará paralizada mirando al cielo por el eclipse.

Nadie prestará atención a lo que ocurra en el campo.

Cuando la luz regrese, tú serás solo otra historia trágica sin resolver.

Gonzalo le acercó la botella de agua a los labios para que bebiese, se dio media vuelta, subió las escaleras de piedra y tiró de la trampilla. La madera encajó con un golpe sordo, sumiendo de nuevo la bodega en una negrura y un aislamiento absolutos.

Martes, 11 de agosto. Camino rural de Sencelles

A las seis y media de la tarde, tras casi diez horas de requerimientos cruzados y trabas administrativas con el servicio de informática forense de la compañía de telefonía, el teléfono de Torres emitió el tono de recepción de un archivo cifrado.

Arbona, que esperaba apoyado contra el capó del coche patrulla camuflado en una de las desviaciones de la carretera de Sencelles, se irguió al instante.

—¿Es el volcado de celdas?

—Lo tengo —confirmó Torres, abriendo el documento oficial enviado por la operadora—.

Pero no son buenas noticias, inspector. El tráfico de datos del terminal de Júlia confirma que su teléfono se apagó en su propia casa, en Palmanyola, ayer lunes a las 18:30 horas.

A partir de ese minuto, la SIM quedó completamente muerta.

No hay ni una sola fluctuación ni un rastreo posterior en ninguna otra celda de la isla.

Arbona apretó los dientes, frotándose la barbilla mientras colocaba las piezas sobre el mapa mental de la tarde del lunes.

—Apagó el móvil de Júlia en el mismo recibidor de su casa para no dejar un rastro de antenas durante el camino —dedujo Arbona con voz grave—.

Pero la cronología encaja al milímetro, Torres.

A las cinco de la tarde vi a Gonzalo salir de aquí, de Ca’s Padrí , al volante de la Peugeot negra.

Tardó tres cuartos de hora en llegar a Palmanyola.

La abordó en su casa a las seis y media, desconectó el teléfono y se la trajo de vuelta a la finca.

—No tenemos nada técnico que enviarle al juzgado, Torres, y Júlia no va a esperar a la burocracia de un trámite que nos denegarán —sentenció el veterano con voz helada—. Gonzalo la tiene aquí dentro. Es el único refugio aislado que controla.

—¿Entramos esta misma noche a ciegas? —propuso Torres, echando mano a la pistola que llevaba oculta en la chaqueta—. Saltamos la valla y rastreamos la casa.

—Ni se te ocurra —lo frenó Arbona de golpe, sujetándole el brazo con firmeza—. Entrar ahora a oscuras sin saber en qué rincón la tiene es una condena a muerte para Júlia. Si escucha un solo ruido en la gravilla o ve una linterna, la mata antes de que crucemos el porche.

—¿Y qué hacemos entonces?

—Lo que dicta el sentido común: reconocimiento —explicó Arbona, fijando la vista en el perímetro de Ca’s Padrí —.

Esta noche y la mañana por la mañana montamos guardia entre los matorrales.

Vigilamos la finca con los prismáticos, confirmamos sus movimientos y ubicamos exactamente el punto donde la tiene retenida.

Arbona señaló al cielo, donde la luz del atardecer empezaba a declinar.

—Y mañana a última hora de la tarde, cuando el eclipse total deje la isla a oscuras, cruzamos el campo descubierto sin que nos vea venir y le caemos encima. La penumbra nos dará el factor sorpresa para sacarla viva. Se acabó jugar con sus reglas.