CAPÍTULO 57
E l pequeño motor de la motocicleta de reparto rompió la calma chicha de la calle.
El repartidor del supermercado frenó junto al bordillo frente al chalé de Júlia.
Llevaba en la mano una bolsa de plástico con la botella de lejía, el detergente del lavavajillas y la pizza precocinada que Júlia había encargado poco antes.
Presionó el timbre de la valla exterior.
Aguardó unos segundos al sol, cambiando el peso de un pie a otro, pero no oyó el zumbido que indicaba que la verja se abría.
Extrañado, empujó la verja de hierro: para su sorpresa, cedió sin la menor resistencia.
El muchacho avanzó por el caminito del jardín y llegó al porche de la entrada.
Golpeó la puerta principal de madera con los nudillos dos veces.
—¡Hola! ¡Supermercado! —llamó alzando la voz.
El silencio al otro lado era absoluto. La vivienda permanecía sumida en una penumbra muerta.
Asumiendo que Júlia se habría despistado en el patio trasero o en la planta superior, el repartidor no quiso perder más tiempo.
Dejó la bolsa de plástico apoyada en el suelo del porche, justo delante de la puerta de entrada, dio media vuelta, cruzó la verja y se alejó en su moto por la calle desierta.
20:00 h. Finca Ca’s Padrí, Sencelles
El sol se hundía tras la cresta lejana de la Serra de Tramuntana cuando la Peugeot negra cruzó la entrada de Ca’s Padrí . El vehículo maniobró hasta quedar resguardado tras la fachada trasera de la vivienda de piedra. Gonzalo apagó el motor y la soledad del campo lo envolvió por completo.
Abrió la puerta corredera lateral, se cargó el cuerpo inerte de Júlia sobre el hombro derecho y entró en la «casita del abuelo».
El aire interior olía a cera y limpio, pero Gonzalo no se detuvo en la estancia principal.
Caminó directo al centro del comedor y, apoyando a Júlia unos segundos contra una silla, usó el pie para retirar la gran alfombra rústica de esparto que cubría el suelo de baldosas.
Debajo quedó al descubierto una vieja trampilla de madera con un herraje de hierro forjado.
Gonzalo tiró del aro metálico hacia arriba, abriendo el acceso a un tramo de escaleras de piedra que bajaban al subsuelo.
Se trataba de la antigua bodega subterránea donde su abuelo elaboraba y almacenaba el vino con las uvas que cosechaba en la finca.
A pesar de la profunda reforma que Gonzalo había llevado a cabo en la vivienda de arriba, la parte inferior conservaba intacta la humedad original, la penumbra de la roca y un aroma denso y penetrante a madera de barrica, humedad y vino rancio.
Descendió los peldaños cargando a Júlia y accionó el interruptor. Acomodó a Júlia sobre una pesada silla de madera de roble que presidía la estancia, tomó unas bridas de plástico reforzado y le ató las muñecas tras el respaldo y los tobillos a las patas de la silla.
Una vez asegurada la prisionera, Gonzalo volvió a subir las escaleras hacia el comedor.
De los bolsillos de su chaqueta extrajo el teléfono móvil de Júlia, el tique doblado y el paquete del Corte Inglés .
Desplazó un plafón de madera disimulado tras una de las vigas vistas, introdujo el código de la caja fuerte encastrada en el marés, guardó la gargantilla, la factura y el terminal apagado en su interior y volvió a sellar el compartimento.
La prueba que podía salvar a Toni quedaba sepultada bajo llave.
20:15 h. Carretera de Port Adriano a Sencelles
A más de cuarenta kilómetros de allí, Torres conducía su vehículo hacia el interior de la isla con una mano al volante y el sistema de manos libres conectado.
—¡Arbona! ¡Lo tenemos! —exclamó el subinspector, sin poder contener el entusiasmo—. He esperado a que Tomeu entrara a su turno en la garita del puerto y le he enseñado la foto de la Peugeot negra. ¡La ha reconocido sin dudarlo ni un segundo!
Al otro lado de la línea, en su habitación del agroturismo Son Miranda, Arbona se incorporó en el borde de la cama, secándose el sudor del cuello con una toalla.
—Dime qué ha dicho exactamente, Torres.
—Tomeu dice que es el vehículo habitual con el que Gonzalo baja al puerto de madrugada cuando sale a pescar —explicó Torres a toda prisa—.
Y hay más: le he pedido que revisara el registro informático del control de accesos de la barrera de junio.
La furgoneta de Gonzalo cruzó la barrera de entrada al puerto la madrugada del 5 de junio a las 02:45 y volvió a salir a las 04:00 en punto.
Estuvo algo más de una hora en la zona de embarque.
Encaja al milímetro con el tiempo necesario para cargar a Fany hacerse a la mar y regresar.
Arbona dejó ir un suspiro largo, sintiendo cómo el nudo de frustración que llevaba semanas atenazándole el pecho empezaba a ceder.
—Trabajo impecable, Torres —dijo el veterano con voz grave—. Llama a Júlia ahora mismo. Dale la noticia. Dile que la hipótesis de la furgoneta se ha confirmado y que tenemos a Gonzalo acorralado. Necesita saber que la inocencia de su marido está a un paso de demostrarse.
—Le marco ya mismo en multiconferencia, inspector.
Torres pulsó la pantalla del salpicadero para agregar a Júlia a la llamada. El sistema emitió tres tonos secos e intermitentes antes de saltar la locución automatizada: «El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento. Le rogamos que...» .
—Está apagado —informó Torres, arrugando el entrecejo—. Le entra directamente el buzón de voz.
—Estará descansando o se le habrá agotado la batería —razonó Arbona, intentando restarle importancia, aunque un leve pellizco de inquietud le rozó la nuca—.
Deja que descanse. Mañana a primera hora nos plantamos en su casa, le enseñamos la comprobación de la DGT y los datos del puerto y nos vamos directos al juzgado.