CAPÍTULO 56
J úlia yacía inmóvil sobre la alfombra del recibidor, con la respiración reducida a un murmullo pausado e inconsciente.
De pie sobre ella, Gonzalo la contempló con una mueca de gélida satisfacción.
Ajustó el látex fino de sus guantes, cruzó al salón con pasos sigilosos, buscando el teléfono móvil de Júlia.
Al acercarse al sofá, la pantalla del terminal lucía encendida sobre la mesa baja, pero fue lo que descansaba justo a su lado lo que le hizo frenar en seco.
Bingo , pensó para sus adentros, sintiendo un chispazo de adrenalina recorrerle por las sienes. “ Dos pájaros de un tiro” .
Sin perder un segundo, guardó el tique, la joya y el teléfono ya apagado, se agachó y se cargó a Júlia al hombro
Había dejado la furgoneta Peugeot negra estacionada justo en la entrada de la parcela de Júlia, resguardada de las miradas de los vecinos.
Abrió la puerta principal unos milímetros, escudriñó las inmediaciones para comprobar que no había nadie en la calle y, en cuestión de dos segundos, cruzó el jardín y llegó a la acera a paso vivo.
Desplazó la puerta corredera lateral del vehículo, acomodó el cuerpo inconsciente de Júlia en la zona posterior sobre la moqueta y volvió a encajar el portón con un golpe sordo.
Regresó sobre sus pasos hacia el interior de la casa para no dejar el menor rastro.
Recogió del suelo del salón los restos de la bolsa de cartón roto del Corte Inglés, tomó el bolso de mano de Júlia que descansaba sobre la banqueta del recibidor y localizó el llavero de la vivienda.
Salió a la calle, cerró la puerta de entrada con dos vueltas de llave para simular una salida normal y caminó de vuelta al vehículo.
Subió al asiento del conductor, ajustó el espejo retrovisor, puso el motor en marcha y encaró la salida de Palmanyola en dirección a la red principal de la isla, con rumbo fijo a la soledad de la finca de Sencelles.