Mar de fondo CAPÍTULO 55
91%

CAPÍTULO 55

G onzalo Miralles no dejaba nada al azar ni improvisaba sobre la marcha. La improvisación era para los aficionados; la anticipación era lo que separaba a un criminal impune de un preso en prisión preventiva.

Días antes de Sant Joan, previendo que necesitaría una salida limpia para cerrar el círculo alrededor de la letrada, Gonzalo ya había entablado contacto con una mujer extranjera en situación irregular que frecuentaba los ambientes nocturnos del puerto.

Su complexión, estatura y tono de cabello eran asombrosamente calcados a los de Susana.

Solo necesitaban una buena puesta en escena.

Con Susana sumida en un estupor profundo en el vehículo, Gonzalo subió a la vivienda utilizando el llavero del bolso de la mujer.

Desactivó la alarma directamente desde la aplicación del teléfono móvil de la víctima y se calzó unas fundas de plástico y guantes de látex para no dejar la menor huella de su paso.

Sentado frente al ordenador del escritorio de la abogada y conectado a la red wifi de la casa para fijar una IP incontestable, ejecutó la arquitectura digital del engaño.

Antes de salir de la vivienda, recuperó del armario un conjunto de ropa elegante habitual de la letrada, sus gafas de sol y, del segundo cajón de la mesa de su escritorio, su pasaporte físico renovado el año anterior.

Solo tras asegurar todo el material digital y documental en el maletero, arrancó el motor para trasladar a Susana hacia Sencelles.

Durante la tarde del mismo miércoles 24 de junio, Gonzalo se reunió a solas con la suplantadora en un punto discreto de Palma.

Le entregó un sobre con tres mil euros en efectivo, el billete de conexión sin retorno hacia Colombia, el pasaporte físico de la víctima y la ropa de Susana junto con una gorra y una mascarilla sanitaria.

Le dio unas instrucciones tajantes que no admitían preguntas.

A las 23:40 horas del jueves 25 de junio, la suplantadora ejecutó su papel al milímetro en la terminal de Son Sant Joan.

Cruzó los tornos automáticos del ABC System escaneando el pasaporte oficial de la letrada.

La máquina leyó el chip biométrico, abrió las puertas de cristal y dejó registrado su paso oficial a la zona internacional.

Con el móvil encendido de Susana dentro del equipaje de mano de la mujer, la automatización de Atajos disparó los mensajes a la familia y al despacho exactamente al pisar la sala de embarque.

Tras la escala en Lisboa, la joven aterrizó el 26 de junio en el aeropuerto de Guarulhos, en São Paulo.

Presentó el documento ante la Policía Federal brasileña, estampando la ficha oficial de entrada a nombre de Susana antes de arrojar el pasaporte y el teléfono desguazado a una papelera de reciclaje y desvanecerse.

Cuando la policía nacional iniciara las indagaciones semanas después, la trampa digital y burocrática sería inexpugnable: una compra desde la IP de la víctima, los mensajes iniciales por WhatsApp a la familia, la carta de despedida desde el servidor web del 2 de agosto cerrando toda alarma social, el torno automático de Palma validando su pasaporte y la confirmación oficial de Interpol con el sello de entrada en Brasil.

Gonzalo había convertido a una mujer sepultada a cientos de metros bajo el mar en una prófuga que caminaba por Sudamérica.