Mar de fondo CAPÍTULO 53
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CAPÍTULO 53

E l leve zumbido del ascensor al abrirse en la segunda planta marcó la entrada de Carlos en la zona de laboratorios.

Ataviado con el uniforme gris de mantenimiento y el logotipo del hospital bordado sobre el pecho, avanzaba a paso firme empujando una carretilla cargada con cajas de cartón desmontadas.

A pesar de llevar los auriculares inalámbricos encajados sobre las orejas se podía escuchar perfectamente la canción de “ Highway to Hell ” de ACDC.

Al aproximarse a Análisis Clínicos, la puerta de cristal se deslizó con un silbido automático, dándole acceso a la recepción.

—Análisis Clínicos, dígame —atendía Mónica desde el mostrador, acomodándose el micrófono de la diadema. Al divisar al muchacho, alzó un dedo pidiendo una tregua—. ¿De parte de quién? Le paso. —Presionó una tecla con destreza—. Jaime, son los de Biolínea. Te paso.

Al colgar, la chica se retiró los auriculares y le regaló amplia y luminosa sonrisa

—¡Hombre, Carlos! Menudo milagro verte por aquí. ¿A qué debo esta visita?

Carlos se llevó la mano al auricular para pausar la reproducción, notando una punzada de timidez ante el tono risueño de la chica.

—Hola, Mónica. Vengo a vaciar el despacho de Antonio Pascual.

La sonrisa de la joven se congeló al instante. Una sombra de incomodidad apagó la viveza de sus ojos.

—Vaya... Todavía se me hace rarísimo todo esto —suspiró, señalando con el bolígrafo hacia el fondo del pasillo—. Sigue recto. Es la primera puerta a la derecha.

—Gracias. Nos vemos luego.

Carlos condujo la carretilla hasta el despacho.

Al cruzar el umbral, la estancia respiraba el rastro inconfundible de un registro policial: la torre del ordenador faltaba en su hueco dejando un enjambre de cables sueltos, las carpetas de la estantería estaban descolocadas y un fino halo de polvo de revelado de huellas manchaba los cantos del escritorio.

Dejó la carretilla en un rincón y comenzó a dar forma a las cajas. Con un rotulador negro de trazo grueso, escribió «Familia» en la primera y «Toni Sureda en las otras dos.

Sobre la mesa, boca abajo, descansaba un marco de fotos de madera clara.

Carlos lo recogió y contempló por un segundo la imagen: Júlia y los dos chicos sonreían de espaldas al mar, despeinados por el viento y luciendo esa complicidad serena de las tardes de verano.

«Qué lástima», pensó con un nudo de compasión antes de acomodar el cuadro en la caja que entregarían a su esposa.

En ese mismo contenedor colocó una pluma estilográfica de carga manual, el título en ciencias químicas que descolgó de la pared, un par de libros de farmacología y un pequeño cactus en maceta de barro.

«El típico mito de que absorbe la radiación del monitor...

Vaya chorrada», se dijo con una mueca amarga.

En las cajas asignadas a Toni fue apilando archivadores técnicos, libretas de notas y manuales del servicio.

Al fondo de la estancia, apiladas contra la pared, descubrió tres cajas corporativas con el sello del hospital.

Abrió la primera y comprobó que contenía informes clínicos antiguos fuera de uso. La subió entera a la carretilla.

Al levantar la segunda caja, la esquina del cartón se enganchó con el cable trenzado de la lámpara de pie. Carlos perdió el equilibrio, trastabilló con el soporte metálico y la caja se le escurrió de las manos, estrellándose contra la alfombra y desparramando decenas de folios por el suelo.

—¡Mierda! —maldijo entre dientes.

Se hincó de rodillas para recoger el estropicio. Fue entonces cuando, oculta entre dos fajos de informes que habían salido despedidos de la parte inferior, descubrió una pequeña bolsa perfectamente empaquetada con el inconfundible papel de regalo de El Corte Inglés, sellada con su cinta adhesiva.

Carlos la recogió por pura curiosidad y la agitó suavemente junto al oído. El chasquido amortiguado del interior delataba la presencia de un estuche de joyería. El muchacho la deslizó descuidadamente en el fondo de la caja rotulada como «Familia» y continuó recogiendo los folios desparramados.