CAPÍTULO 49 #3
Resignada, agarró el teléfono móvil para hacer un pedido rápido al supermercado de Palmanyola.
Hacía pocas semanas que el establecimiento de la urbanización había implantado un servicio de entrega a domicilio —una suerte de «Glovo» local del que se encargaba el hijo del propietario para ganar un dinero extra durante las vacaciones de verano—.
Júlia marcó el número habitual, pidió la lejía, el detergente y, para no tener que molestarse en cocinar con aquel bochorno, añadió a la lista una pizza precocinada de la sección de refrigerados y así mataba dos pájaros de un tiro, no tenía que salir de casa y evitaba las miradas indiscretas de los vecinos.
El chico le prometió estar en su puerta en menos de veinte minutos.
Mientras esperaba la llegada de la compra, Júlia continuó quitando el polvo en el recibidor. Fue al pasar el plumero junto a la entrada cuando la tregua mental se rompió en mil pedazos.
Bajo la banqueta de madera del recibidor —el mueble situado justo debajo del perchero donde la policía había encontrado el pendiente de Fany— asomaba el borde de la caja de cartón que Marcos Salom le había traído semanas atrás del hospital, rotulada a mano con la palabra «FAMILIA».
A Júlia se le encogió el corazón y rompió a llorar sin control, hincando las rodillas en el suelo.
Todo el torrente de recuerdos, las tardes de domingo y la calidez de la vida que les habían arrebatado regresaron de golpe.
Haciendo de tripas corazón, pensó que la única forma de recuperar algo de calma era quitar esa caja de su vista de inmediato.
La cogió entre los brazos, se encaminó hacia el salón y se dejó caer pesadamente en el sofá.
Con las manos temblorosas, retiró la tapa.
Lo primero que apareció en la parte superior fue el título universitario de Toni enmarcado en madera oscura, seguido por el portarretratos con la fotografía de las últimas vacaciones en la playa, donde ella y los niños aparecían sonrientes con el mar de fondo.
Fue al remover el fondo cuando se le cortó la respiración. En un lateral de la caja sobresalía el borde de una bolsa pequeña de cartón rígido, cuidadosamente precintada con cinta adhesiva.
A Júlia le dio un vuelco desbocado el corazón. Las pulsaciones se le dispararon hasta retumbarle en los oídos. Con el pulso alterado, sacó el paquete y reconoció de inmediato el logotipo dorado sobre el papel oscuro: era una bolsa de El Corte Inglés .
Presa de unos nervios descontrolados, rasgó la cinta protectora y rompió el cartón. De su interior cayó sobre su regazo un paquete envuelto en papel de regalo de buena calidad, rematado con un elegante lazo de raso rojo. Justo al lado, doblado en dos, descansaba un tique de compra arrugado.
Júlia desdobló el papel térmico con dedos torpes. Era una factura simplificada de la sección de joyería fechada el 21 de mayo, por un importe de cuatrocientos ochenta euros.
Miró el paquete con el lazo rojo y comprendió en un chispazo de lucidez absoluta.
Allí estaba la gargantilla. Era la compra que Toni había hecho en secreto para su aniversario de bodas, el regalo guardado en su despacho que la policía jamás encontró en las cajas del almacén.
Tenía entre las manos la prueba irrefutable de que él no le había regalado nada a Fany y de que toda la acusación era una trampa monstruosa.
Júlia rompió a llorar de nuevo, pero esta vez fue un llanto de pura liberación y rabia contenida. ¡Toni decía la verdad! Tenía la prueba de su inocencia justo frente a ella.
Tenía que llamar al inspector Arbona.
En ese preciso instante, el timbre del portero automático sonó en el recibidor.
Júlia dio un respingo, secándose las lágrimas a toda prisa con el dorso de la mano.
Era el hijo del dueño del supermercado con la lejía, el detergente y la pizza.
Se puso en pie a toda prisa, dejó el paquete que contenía la gargantilla sobre la mesa baja y caminó hacia la entrada.
Apretó el botón del portero automático y acto seguido descorrió el cerrojo y abrió la puerta de par en par con gesto despreocupado.
— Realmente has tardado po-co en lle--gar—dijo Júlia bajando cada vez más la voz hasta que el final de la frase fue inaudible.
La sonrisa de alivio se le congeló en el rostro al instante. En el umbral no estaba el repartidor del supermercado, sino Gonzalo.
Antes de que Júlia pudiera reaccionar, emitir un solo grito o intentar cerrar la puerta, Gonzalo se abalanzó sobre ella con una ferocidad aplastante.
La empujó hacia el interior del recibidor, haciéndola tambalearse contra la pared, y con un movimiento de precisión absoluta la agarró por la nuca mientras le clavaba una aguja hipodérmica en el lateral del cuello.
Júlia sintió un chispazo ardiente penetrando en su piel.
Intentó arañarle los brazos y pedir ayuda, pero la voz se le ahogó en la garganta.
En cuestión de tres segundos, las piernas le quedaron de trapo, la vista se le cubrió de un velo negro e impenetrable y el suelo desapareció bajo sus pies antes de hundirse por completo en la inconsciencia.