Mar de fondo CAPÍTULO 49 #2
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CAPÍTULO 49 #2

A través de la rendija entre dos piedras del murete, Arbona vio pasar la furgoneta a escasos metros de su posición.

A pesar de los cristales ahumados y del reflejo del sol de las cinco sobre el parabrisas, la silueta del conductor era inconfundible: Gonzalo Miralles, erguido al volante con sus gafas de sol y la mirada fija en el camino.

La Peugeot aceleró con suavidad, dejando tras de sí el olor a combustible quemado y la polvareda flotando sobre los matorrales, antes de incorporarse a la carretera secundaria en dirección a la red principal de la isla.

Arbona esperó inmóvil hasta que el sonido del motor se perdió por completo en la distancia. Cuando se incorporó despacio, sacudiéndose las espinas de la ropa y contemplando el camino desierto, una punzada de rabia e impotencia le encogió el estómago.

Se sintió profundamente estúpido. Estúpido por haberse querido pasar de precavido y haber salido a investigar en una simple bicicleta de alquiler.

En su afán por no levantar la menor sospecha merodeando la finca, había dejado su propio coche aparcado en al agroturismo Son Miranda, donde estaba hospedado, situado justo en la otra punta del municipio de Sencelles.

Ahora, a más de treinta y cinco grados bajo el sol abrasador del Pla, montado sobre dos ruedas y a kilómetros de su vehículo, era completamente imposible seguir el rastro de la furgoneta.

Acababa de ver cómo Gonzalo se le escapaba entre los dedos al volante del vehículo clave de la investigación y no tenía la menor forma de averiguar a dónde se dirigía.

Gonzalo no había ido a Sencelles a descansar ni a revisar tubos de riego: estaba en movimiento con el coche que la policía jamás llegó a inspeccionar, y Arbona se había quedado tirado en la cuneta, con una bicicleta inútil y la nube de polvo disipándose en el horizonte

18:00 h. Port Adriano

El sol aplastante del final de la tarde reverberaba sobre las cubiertas blancas de los megayates amarrados en el puerto.

A las seis en punto, el aire quemaba y el olor a salitre flotaba sobre la marina.

Torres aparcó el vehículo sin distintivos a unos metros del control de acceso y se encaminó a la garita de seguridad, secándose el sudor del cuello con el dorso de la mano.

Al asomarse a la ventanilla, un vigilante joven con gafas de sol lo miró con apatía desde el interior climatizado. Torres mostró la placa con discreción.

—Buenas tardes. Busco a Tomeu. ¿Está de servicio?

—Entra a las siete para el turno de noche —respondió el empleado sin cambiar la postura—. Le queda una hora. Si quiere dejarle un recado...

—No te preocupes, lo espero por aquí —repuso Torres, esforzándose por sonar indiferente.

Sin ganas de quedarse al sol ni de levantar sospechas merodeando cerca del puesto de control, el agente bajó las escaleras de piedra hacia la dársena comercial.

Se acomodó en una mesa alta de la terraza de un bar con vistas a los pantalanes, pidió una cerveza bien fría y dejó pasar los minutos observando el balanceo cansino de los barcos.

La condensación del cristal le mojaba los dedos mientras la impaciencia le mordía por dentro.

Tenía la certeza de estar pisando terreno minado; si el comisario jefe averiguaba que seguía haciendo gestiones con la causa archivada, la sanción disciplinaria sería fulminante.

A las siete en punto, Torres pagó la consumición, se guardó el recibo y regresó a la entrada del puerto. Esta vez, tras el mostrador de la garita, la figura enjuta de Tomeu colocaba la gorra sobre el tablero y abría el libro de registro de entradas.

—Hombre, oficial Torres —saludó el veterano vigilante al verlo, apoyando los antebrazos en la repisa—. Hacía semanas que no los veía por aquí. Pensaba que la policía ya había terminado con las inspecciones.

—Solo me queda un cabo suelto por atar, Tomeu. Trámite de rutina —mintió Torres con aplomo, desbloqueando la pantalla de su teléfono móvil—. Necesito que le eches un vistazo a esto.

Inclinó la pantalla para evitar el reflejo de la luz del atardecer y le mostró la fotografía oficial descargada de la base de datos de la DGT: la furgoneta Peugeot negra con los cristales tintados y el logotipo de Servicios Industriales Miralles S.L. rotulado en el lateral.

Tomeu se calzó las gafas de ver sobre la nariz, frunció el ceño y observó la imagen durante apenas unos segundos antes de chasquear la lengua con rotundidad.

—La conozco de sobra —afirmó el vigilante sin el menor rastro de duda, levantando la vista—. Es el vehículo en el que suele venir el señor Gonzalo cuando baja al puerto de madrugada para salir a pescar. Dice que le va mejor para meter las cañas, las neveras y los bártulos sin ensuciar el deportivo.

A Torres se le aceleró el pulso, pero mantuvo la voz firme para lanzar la pregunta clave.

—Tomeu, necesito que hagas memoria. ¿Recuerdas si Gonzalo vino al puerto con esta furgoneta la madrugada del 4 al 5 de junio?

El vigilante se tomó su tiempo. Se quitó las gafas, se rascó la barbilla arrugada y se giró hacia el ordenador del puesto de control.

Desplazó el cursor por la base de datos de lecturas de matrícula de la barrera de acceso, repasando los archivos guardados de dos meses atrás mientras el silencio en la garita se volvía casi insoportable.

—A ver... junio, primera semana... —murmuró Tomeu tecleando con un solo dedo.

Tras una pausa pesada, dio un golpecito con la uña sobre el monitor—.

Pues mira, sí. Aquí está la marca del sistema de la barrera.

Entró exactamente a las 02:45 de la madrugada con la Peugeot negra y volvió a cruzar la barrera de salida a las 04:00 en punto.

Estuvo algo más de una hora en la zona de atraque.

El chispazo de la confirmación le retumbó a Torres en las sienes.

Una hora y cuarto en mitad de la noche, tiempo más que suficiente para trasladar el cuerpo de Fany desde el maletero de la furgoneta hasta la cubierta del barco antes de hacerse al mar.

La coartada del Audi acababa de saltar por los aires de forma definitiva.

—Muchas gracias por tu ayuda, Tomeu. Me has hecho un favor enorme —dijo Torres, guardándose el teléfono de inmediato.

—A mandar, oficial. Buenas tardes.

Torres se dio la vuelta y echó a andar a paso rápido hacia su coche. Necesitaba llamar a Arbona urgentemente...

18:15 h. Casa de Júlia y Toni, Palmanyola

El silencio en la casa era opresivo. Júlia necesitaba hacer algo, lo que fuera, para no pensar y apagar el ruido sordo que le carcomía la cabeza desde hacía semanas.

Llevaba más de un mes sin limpiar a fondo la vivienda, dejando que el polvo se acumulara en las repisas mientras su vida se desmoronaba entre comisarías y juzgados.

Estando sola, con los chicos todavía resguardados en casa de los abuelos y el vacío del hogar resultaba insoportable.

Se remangó la camiseta, puso una playlist en el altavoz bluetooth de la cocina, se recogió el pelo con una pinza de plástico y decidió ponerse a limpiar a ritmo de “ September ” de Earth Wind & Fire con una furia desesperada, buscando en el esfuerzo físico un refugio contra la ansiedad.

Sin embargo, al ir a desinfectar los sanitarios y poner la primera carga de platos, descubrió que la botella de lejía estaba vacía y que al detergente del lavavajillas no le quedaba ni una sola gota.