CAPÍTULO 49
E l sol de las cinco de la tarde caía como un plomo incandescente sobre el Pla de Mallorca.
Las chicharras atronaban entre los matorrales secos y el aire quemaba al respirar, pero para el inspector Arbona, aquellos días de descanso forzoso en un agroturismo de Sencelles eran cualquier cosa menos tranquilizadores.
Teóricamente, se había cogido unas jornadas de vacaciones para recargar las pilas; pero realmente su mente seguía encallada en el expediente congelado de Fany.
Vestido con ropa deportiva ligera y a bordo de una bicicleta de montaña alquilada en el propio agroturismo, Arbona avanzaba por los caminos rurales de tierra y flanqueados por muretes de piedra seca. El calor era sofocante y el sudor le bajaba a mares por el cuello, empapándole la camiseta.
Tras seguir un trazado discreto que había memorizado la noche anterior sobre el plano catastral, Arbona desembocó en el perímetro exterior de la finca de Gonzalo.
La propiedad estaba delimitada por una valla metálica tupida, reforzada en varios tramos por hileras de brezo seco para tapar la visibilidad desde los caminos públicos.
En una de las columnas que sostenían las barreras de la entrada a la finca había un letrero hecho en piedra de Santanyí donde estaba labrado el nombre de la propiedad: «Ca’s Padrí» .
Llegado a una esquina resguardada por la enorme sombra de un algarrobo centenario, el inspector se detuvo.
Estaba exhausto y acalorado. Disimuló de inmediato echando mano al bidón de agua de la bicicleta; con gestos pausados y la mirada perdida, bebió varios tragos largos mientras observaba a ambos lados del camino para asegurarse de que no pasaba ningún vecino ni ningún vehículo.
Una vez comprobado que la soledad del campo era absoluta, sacó de su mochila unos prismáticos compactos de alta resolución. Apoyó los codos sobre la piedra del murete lindero y buscó una rendija entre la vegetación de la valla.
A través de las lentes, la finca de Gonzalo se reveló con una claridad deslumbrante.
En el centro del terreno se alzaba la llamada «casita del abuelo»: una construcción antigua de piedra de marés, de apenas cincuenta metros cuadrados, pero impecablemente reformada, conservando la viguería vista y un tejado rústico hecho con la teja árabe típica de Mallorca.
Delante de la fachada principal se extendía una alineación perfecta de olivos jóvenes recién sembrados, con finos tubos negros de goteo serpenteando por la tierra roja.
A un lado de la vivienda se divisaba un gran aljibe tradicional de obra, restaurado y conectado a una bomba eléctrica que alimentaba el sistema de riego de la propiedad.
En el lateral opuesto, un huerto familiar llamaba la atención por su pulcritud, con hileras de tomateras, pimientos y calabacines perfectamente entutorados y libres de malas hierbas.
Pero fue el otro costado de la vivienda el que hizo que a Arbona se le acelerara el pulso.
Al resguardo de un porche amplio de madera y cañizo, pensado para proteger los vehículos del sol estival, había dos automóviles estacionados.
El primero era el elegante Audi R8 Coupé de color gris nardo perteneciente a Gonzalo, confirmando que estaba en la finca.
Justo a su lado, ocupando la otra plaza de la cubierta, descansaba una furgoneta Peugeot de color negro, con los cristales traseros tintados y el logotipo comercial de la empresa rotulado de forma discreta en la puerta lateral.
Arbona ajustó el enfoque de los prismáticos hasta congelar la matrícula trasera de la furgoneta.
Repitió los números y las letras tres veces en voz baja para fijarlos en la memoria, guardó los prismáticos en la mochila y se alejó pedaleando a ritmo vivo hasta poner varios metros de distancia, al abrigo de una pequeña arboleda.
Se detuvo en la cuneta, se secó el sudor de la frente con la manga y marcó el número de su compañero.
—¿Arbona? —respondió la voz de Torres al segundo tono, sonando amortiguada por el ruido de fondo de la comisaría—. Pensaba que estabas disfrutando del campo y la desconexión.
—Olvídate de la desconexión, Torres —dijo Arbona, tratando de contener la excitación en su voz mientras recuperaba el aliento—. Apunta la matrícula que te voy a dictar ahora mismo.
—Dime... pero recuerda que la causa de Gonzalo está congelada por orden del comisario, inspector. Si nos pillan hurgando...
—Solo apunta —le cortó Arbona con rotundidad—.
Es una furgoneta Peugeot, de color negro.
Está aparcada ahora mismo bajo el porche de la finca de Gonzalo en Sencelles, junto a su coche personal.
Necesito que entres discretamente en la base de datos de la DGT y me mires a nombre de quién está registrada esa matrícula.
Si pertenece a una de sus sociedades, si es de renting o si está a nombre de un tercero.
—Entendido —asintió Torres tras un breve silencio, tecleando ya sobre el ordenador—. Dame diez minutos y te devuelvo la llamada con la ficha completa.
—Hazlo sin dejar rastro en la aplicación. Espero tu llamada.
Arbona colgó, guardó el teléfono y contempló el horizonte abrasado por el sol. La pieza que el comisario daba por inexistente acababa de aparecer bajo el porche de Sencelles.
Apenas veinte minutos después, el teléfono de Arbona rompió el silencio de la arboleda con una vibración que parecía amplificada por el bochorno del ambiente. El inspector descolgó al primer tono, apretando el terminal contra la oreja.
—Dime que la DGT te ha dado algo, Torres.
—Lo tengo, inspector. Y encaja como un guante —respondió Torres, bajando la voz al otro lado de la línea—. La matrícula de esa Peugeot negra pertenece a Servicios Industriales Miralles S.L. una de las filiales que administra Gonzalo. Está a nombre de la empresa y activa en su flota comercial.
Arbona dejó ir un suspiro largo, sintiendo cómo el nudo de frustración que llevaba semanas ahogándolo empezaba a ceder.
Siempre le había resultado imposible tragar con la versión de que Gonzalo no estaba implicado en el crimen de Fany solo porque su coche personal, el Audi R8, apareció impoluto sin un solo resto biológico ni fibra sospechosa.
Arbona siempre sostuvo la hipótesis de que Miralles, por puro cálculo, jamás habría manchado su propio deportivo para mover el cuerpo de Fany y que tuvo que emplear algún vehículo secundario, una cobertura discreta para trasladarla sin dejar el menor rastro.
La furgoneta negra con los cristales tintados oculta en la finca de Sencelles era la pieza que faltaba para dar sentido a esa teoría.
—Tenía que ser algo así, Torres —murmuró Arbona, frotándose la nuca empapada de sudor—.
Miralles no iba a arriesgarse a cargar el cuerpo de Fany en el Audi.
Usó un vehículo de la empresa para moverla hasta la finca y luego sacarla de allí, algo que pasase totalmente desapercibido y donde pudiera meter carga sin llamar la atención de nadie.
—Por eso la científica no encontró absolutamente nada en su deportivo —asintió Torres, entusiasmado al otro lado—.
He conseguido recuperar de la base de datos de la DGT la ficha técnica completa con las fotografías oficiales de la furgoneta, con el rotulado de la empresa en la puerta y el tono exacto de la luna trasera. Me la he descargado en el móvil.
—¿Qué tienes pensado hacer?
—Voy a coger el coche y me voy directo a Port Adriano —sentenció Torres con firmeza—.
Voy a buscar a Tomeu, el vigilante de la garita.
Si Gonzalo usó esta furgoneta la madrugada del 4 al 5 de junio para acercar la carga al pantalán antes de salir a navegar con la Boom-Boom , Tomeu tuvo que verla entrar por la barrera o merodear por la zona de embarque.
Arbona sonrió para sus adentros. El joven agente estaba asumiendo un riesgo enorme al seguir tirando del hilo con la causa archivada, pero la lógica policial para demostrar la inocencia de Toni y resolver el asesinato de Fany volvía a ponerse en marcha.
—Maneja la conversación con cuidado, Torres.
Muéstrale la foto de la furgoneta sin condicionarle, como quien comprueba un detalle menor —le instruyó Arbona con gravedad—.
Tomeu conoce al milímetro el movimiento del puerto de madrugada.
Si esa Peugeot estuvo allí la noche que desapareció Fany, el guardia se acordará.
—Descuida, inspector. No voy a levantar sospechas. Te llamo en cuanto hable con él.
—Suerte, Torres.
Arbona guardó el teléfono en el bolsillo, se calzó de nuevo el casco de la bicicleta y miró hacia el camino que conducía al pueblo.
La hipótesis del vehículo secundario en la muerte de Fany ya no era una simple corazonada en su cabeza: tenía cuatro ruedas, estaba aparcada en Sencelles y acababa de poner en marcha la cuenta atrás.
Justo cuando Arbona guardaba el teléfono en el bolsillo de la camiseta y se disponía a subir de nuevo a la bicicleta, un chasquido metálico rompió el monótono canto de las chicharras.
A menos de cien metros, el motor eléctrico de la puerta principal de la finca se puso en marcha con un zumbido grave. La pesada estructura de hierro comenzó a descorrerse despacio sobre su riel.
La reacción de Arbona fue pura memoria muscular.
Sin lo más mínimo que pensar, agarró el manillar de la bicicleta, la levantó a pulso para evitar el ruido de las ruedas sobre la gravilla y se agazapó de un salto tras el murete de piedra en seco, hundiéndose entre la maleza de algarrobos y lentisco que bordeaba el camino.
Apoyó la espalda contra los bloques de piedra caliente, conteniendo la respiración mientras el sudor le escocía en los ojos.
El rugido bajo de un motor diésel rompió el silencio de la tarde.
La furgoneta Peugeot negra avanzó despacio hacia la salida.
La barrera automática se cerró a sus espaldas con un golpe seco mientras el vehículo maniobraba sobre el camino de tierra, levantando una nube de polvo dorado que quedó suspendida en el aire abrasador.