CAPÍTULO 48
L a calima de la mañana enturbiaba parcialmente la vista al Coll de Sóller que se divisaba desde la residencia de Iris y Gonzalo.
A través de los ventanales del salón, la luz dorada iluminaba el jardín y el porche de entrada, donde el silencio de la zona residencial solo se rompía por el zumbido lejano de las cigarras.
Sobre la mesa del recibidor, Gonzalo terminaba de ajustar el cierre de una pequeña bolsa de viaje de cuero.
Iris, con el pelo recogido en un moño informal y una taza de té entre las manos, lo observaba recostada contra el marco de la cocina con el ceño sutilmente fruncido.
—¿De verdad te vas a ir ahora a Sencelles, Gonzalo? Con el calor insoportable que hace ahí fuera...
—Precisamente por eso, Iris —respondió él, dándose la vuelta con una sonrisa serena y un ademán de lo más natural—.
Las temperaturas de estos días están abrasando los olivos jóvenes y el sistema de riego automático del sector oeste lleva dos días dando fallos de presión.
Si no voy a revisarlo yo mismo y a ajustar los sectores manualmente, perderemos media plantación antes del fin de semana.
—¿Y no puede ir alguno de los chicos de mantenimiento de la empresa? —insistió ella, dando un sorbo a la taza—. Para eso les pagas. No entiendo qué se te ha perdido a ti en la finca un lunes por la mañana.
Gonzalo caminó despacio hacia ella, apoyó una mano con delicadeza sobre su hombro y la miró a los ojos con esa mezcla calculada de firmeza y vulnerabilidad que tan bien dominaba.
—Necesito un par de días a solas, mi amor. De verdad. Han sido dos meses agotadores con la policía, las declaraciones, los abogados y la presión de los periódicos. Aunque todo haya quedado archivado, siento que aquí no he tenido ni un solo minuto de paz mental.
Iris bajó la mirada, ablandada de inmediato por la confesión.
—Ya lo sé, Gonzalo... Si no lo digo por eso. Es solo que no me gusta la idea de que te encierres allí solo a trabajar bajo el sol.
—No voy a matarme a trabajar —repuso él con tono afable, rodeándole la cintura con el brazo libre—.
Revisaré las tuberías por la mañana, me daré un baño en el aljibe y pasaré la tarde leyendo a la sombra en el porche.
Es justo lo que necesito para resetear la cabeza antes de que llegue el eclipse del miércoles.
Además, el miércoles por la tarde estoy de vuelta aquí para verlo juntos con Borja. Dos días, nada más.
—Aprovecha y ve a pasar la tarde con tu amiga Cuca, ¿no te invitó a ver el eclipse en su casa de la Colònia de Sant Pere? —sugirió Gonzalo de forma despreocupada.
—Pues sí... Su marido está de viaje y la pobre no sabe qué hacer con su vida cuando Alejandro no está —admitió Iris—. La llamaré a ver qué dice. Siempre insiste en que me quede un par de días en su chalé del puerto.
—Pues ya está. Te llevas a Borja, os quedáis en su casa hasta el miércoles por la tarde y yo me reúno con vosotros allí para ver el eclipse juntos.
—¡Fantástico! —dijo Iris con un brillo de entusiasmo en los ojos—. Ahora mismo la llamo. Pero prométeme que no te vas a pasar el día acarreando herramientas —suspiró, esbozando al fin una sonrisa de resignación y dándole un beso corto en la mejilla—. Y llámame esta noche cuando termines de cenar.
—Te lo prometo. Cuida de Borja.
Gonzalo cogió la bolsa de viaje, se ajustó las gafas de sol y cruzó la puerta principal hacia el garaje.
Al subir a su vehículo y dejar atrás su casa, la sonrisa de esposo abnegado se disipó de su rostro como por arte de magia.
Al otro lado de la isla, en el silencio sepulcral de la finca de Sencelles, no lo esperaban los olivos ni los tubos de riego, sino los últimos cabos sueltos que debía atar antes de que la penumbra del eclipse cubriera Mallorca.