CAPÍTULO 47
E n el despacho del comisario jefe, el pequeño televisor de soporte metálico colgado en la esquina emitía un avance informativo a bajo volumen. En la pantalla, un gráfico tridimensional mostraba la trayectoria de la Luna interponiéndose entre la Tierra y el Sol.
—«Recordamos a nuestros espectadores que en siete días se producirá el fenómeno astronómico del siglo en nuestra isla» —decía la voz del presentador—.
«El próximo miércoles, a última hora de la tarde, un eclipse solar total sumergirá a Mallorca en una penumbra absoluta durante más de dos minutos.
Las autoridades recomiendan prudencia en las carreteras y el uso exclusivo de gafas homologadas... »
El comisario tomó el mando a distancia y apagó la pantalla de un manotazo, haciendo que la estancia quedara en un silencio tenso y denso. Sobre la mesa reposaba una resolución providencial firmada por el juez de instrucción número cuatro.
—El juzgado ha decretado el sobreseimiento provisional de la pieza de investigación sobre Gonzalo Miralles, Arbona — anunció el comisario sin rodeos, apoyando los puños sobre el escritorio—. Las diligencias quedan congeladas.
El inspector Arbona, de pie junto a la ventana con los brazos cruzados sobre la chaqueta arrugada, apretó la mandíbula con rabia contenida.
—Es una aberración, comisario —espetó Arbona con su voz grave—. Gonzalo quemó la Boom-Boom y la hundió precisamente para eso, para congelar el juzgado. Sabía que sin barco y con el coche limpio nos quedaríamos a oscuras.
—A ojos del juez y de la fiscalía, lo que tenemos son hipótesis vacías —le cortó el superior, dándole un golpe seco al expediente—.
¡Te lo dije cuando te dio por pedir el registro de las furgonetas de la empresa, Arbona!
Quisiste abarcar toda la flota de Servicios Industriales Miralles a ciegas, sin ser capaz de señalar un solo vehículo concreto.
¿Y qué conseguiste? Que el juez nos tumbase la orden de registro en la cara por «pesquisa prospectiva» y que Salom nos tenga acorralados amenazando con una querella por acoso a las empresas de la familia.
El Comisario se levantó de la silla, apoyando las palmas sobre la mesa con ademán tajante.
—Nos hiciste quedar en ridículo delante del juzgado de guardia y le diste a la defensa la coartada perfecta para alegar que perseguimos a Miralles de forma obsesiva.
El juez no te va a firmar un auto de entrada para la finca de Sencelles sin pruebas materiales, seguimos sin localizar el furgón que pretendías buscar y el turismo de Port Adriano está impoluto.
No vas a seguir malgastando recursos de esta jefatura persiguiendo fantasmas en Palmanyola.
—¡Sureda no dejó ese pendiente en su chaqueta, comisario! —insistió Arbona dando un paso al frente—. Se lo colocó Gonzalo en el recibidor mientras llamaba a su abogado. Le tendió una trampa perfecta para librarse.
—¡Basta ya, Arbona! —elevó la voz el comisario jefe, poniéndose en pie con ademán tajante. Además, las teorías que te inventaste sobre una red de desapariciones en la isla se han caído por su propio peso.
El comisario abrió una carpeta lateral y le arrojó una copia del informe definitivo redactado por el grupo dos.
—Ahí tienes las conclusiones sobre la abogada que dabas por desaparecida —añadió el jefe con sorna—.
No hay ningún asesino en serie actuando en la sombra.
La tarde del jueves 25 de junio, sus socios y su familia recibieron un mensaje de WhatsApp enviado desde su propio teléfono: «Me ha salido un tema urgente con un cliente internacional en São Paulo.
Salgo para allá esta noche. Dejo todo organizado y espero regresar el lunes 29. Nos vemos a la vuelta».
—¿Y se creyeron un simple mensaje? —intervino Arbona con escepticismo.
—No se creyeron solo el mensaje, se creyeron la cadena de pruebas —replicó el comisario golpeando el folio—.
El billete de avión a Brasil con escala en Lisboa se compró desde la propia IP de su piso y con su tarjeta de crédito.
Esa misma noche del 25 de junio, a las 23:40 horas, los tornos automáticos del ABC System en el control de pasaportes de Son Sant Joan registraron la lectura del chip de su pasaporte físico.
La policía federal brasileña, a través de la contestación formal de Interpol que nos ha entrado esta semana, nos confirma su ficha de inmigración: aterrizó en el aeropuerto de Guarulhos el 26 de junio y consta su entrada legal.
El comisario abrió una carpeta lateral y le arrojó una copia del informe definitivo enviado por el grupo dos.
—Ahí tienes las conclusiones sobre la abogada que dabas por desaparecida —añadió el jefe con sorna—.
El dos de julio me dijiste que aquel correo donde decía que había conocido a alguien y se quedaba a vivir allí era una «pantalla de humo digital» inventada por un asesino en serie.
Pues aquí tienes la contestación oficial de Interpol y la Policía Federal brasileña que nos acaba de entrar este mes.
El comisario golpeó el folio impreso con el índice.
—Se han cotejado las lecturas del chip de su pasaporte físico en el control de aduanas de Son Sant Joan la noche del 25 de junio y su entrada oficial en el aeropuerto de Guarulhos.
Interpol confirma que está localizada en São Paulo y viviendo allí por voluntad propia.
No hay ningún depredador actuando en la sombra, Arbona.
Tu teoría de la conexión entre ambos casos se ha caído por su propio peso.
Arbona observó la copia del correo con fecha del 2 de julio.
La coartada digital y burocrática del cambio de vida en Sudamérica estaba armada con un rigor impenetrable, pero una punzada de desconfianza instintiva le recorrió la nuca.
Todo encajaba demasiado bien, casi con la pulcritud artificial de un guion de cine.
—Tengo órdenes superiores directas de archivar provisionalmente las actuaciones contra Miralles y reasignar a tu equipo a las inspecciones estivales de seguridad —sentenció el comisario, fijando una mirada severa en el veterano policía—.
Recoge las notas de tu despacho y limpia el tablero de corcho. El caso Fany pasa a reserva.
Arbona sostuvo la mirada de su superior durante unos segundos implacables, con el rostro endurecido como el granito. No dijo una sola palabra. Se dio la vuelta en silencio y abandonó la oficina, dejando tras de sí el eco pesado de sus pasos sobre el pasillo de mármol.
De regreso a su mesa, el despacho del grupo de homicidios estaba en penumbra.
Torres lo observaba desde su silla con la mirada gacha, consciente del veredicto del comisario.
Arbona se acercó al gran tablero de corcho que presidía la pared principal, donde las fotografías de los escenarios, los mapas de Palmanyola y los esquemas de las llamadas telefónicas formaban una maraña de frustración.
Con gesto cansado pero enérgico, el inspector empezó a descolgar las fichas de los vehículos, las notas de Port Adriano y los mapas de Sencelles, arrojándolos a la papelera metálica. Sin embargo, cuando su mano llegó a la esquina superior izquierda del tablero, sus dedos se detuvieron.
Allí continuaba clavada la fotografía de Estefanía Moreno: Fany sonriendo a la cámara en una tarde de verano, luciendo en la oreja izquierda el destello sutil de la perla de la bisabuela Antonia.
Un peso aplastante le oprimía el pecho. Mañana jueves tenía fijada una reunión con Júlia, y la sola idea de mirarla a los ojos le revolvía el estómago.
Apesadumbrado, anticipaba el nudo en la garganta al tener que darle la peor noticia posible: que el juzgado daba carpetazo a la causa contra Gonzalo Miralles, que la investigación oficial se congelaba y que Toni se quedaba solo frente al abismo de la cárcel.
¿Cómo explicarle a esa madre que el sistema había decidido rendirse?
Arbona acarició el borde del papel fotográfico, recordando el llanto desesperado de Júlia en la comisaría y la mirada hundida de Toni en los calabozos. Desoyendo tajantemente la orden del comisario jefe, dejó la fotografía de la chica perfectamente fijada en el centro del corcho desnudo.
A través de la ventana abierta, la sintonía de un anuncio de radio en el taller del patio interior volvía a resonar en el aire cargado de bochorno: «Faltan siete días para que la penumbra cubra Mallorca...
Preparen sus gafas para el eclipse total del 12 de agosto» .
Arbona contempló el rostro de Fany bajo la luz enrarecida de la mañana, abatido por la cita de mañana, pero con la certeza matemática de que la verdad no estaba sepultada en el fondo del mar, sino esperando en la penumbra de una finca en Sencelles.