CAPÍTULO 46
E l bochorno del atardecer se pegaba a las paredes de la casa como una capa de aceite. Júlia mantenía las persianas de madera entornadas para arañarle unas décimas de sombra al abrumador calor estival, pero dentro del salón el aire seguía siendo denso, inmóvil y difícil de respirar.
Sentada a la mesa de la cocina, Júlia contemplaba la pantalla del teléfono móvil iluminada sobre el hule. Un mensaje de WhatsApp acababa de entrar:
«¿Cómo estás hoy, mi niña? Llevo todo el día pensando en ti y en el sinvivir que tenéis con lo de Toni. Ojalá estuviera ahí contigo, chiquilla. Tú avísame si necesitas que me coja un vuelo pa allá mañana mismo, ¿vale? Te quiero un mundo».
Era Sacra. Júlia rozó la pantalla con la yema del dedo, apreciando la calidez de las palabras, pero sintiendo al mismo tiempo una punzada profunda de soledad en el pecho.
Hacía casi una semana que Sacra se había marchado a Granada para ver a sus padres.
Había sido un viaje a su pesar, cargado de dudas y remordimientos por dejar a Júlia sola en el peor momento de su vida, con Fany en paradero desconocido y Toni pudriéndose en prisión preventiva por un crimen que no había cometido.
Sacra se había negado en redondo en un primer momento, pero fue la propia Júlia quien la empujó casi a la fuerza a subirse a ese avión rumbo al sur: «Llevas meses sin ver a tus padres y bastante carga has llevado ya con todo esto.
Vete unos días a tu tierra con Pep, desconecta de este infierno y relájate, te lo has merecido. Yo estaré bien».
Sacra era la única de sus amistades que no le había dado la espalda.
Sin embargo, la realidad de la casa vacía pesaba más de lo que Júlia había calculado.
Aunque se llamaban por teléfono prácticamente todos los días y mantenían un flujo constante de mensajes a lo largo de la jornada, la voz distorsionada por el altavoz y los textos en una pantalla iluminada eran un sustituto helado.
No era lo mismo que tener a Sacra al lado.
Echar de menos la calidez inconfundible de su acento andaluz resonando en el salón, la firmeza de sus abrazos al venirse abajo, el sonido de sus pasos por el pasillo o simplemente el consuelo mudo de compartir un café se había convertido en un desgaste invisible pero destructor.
Júlia apoyó los codos en la mesa y se hundió la cara entre las manos.
En la esquina del mueble, la radio emitía las noticias de la tarde.
La locutora recordaba que faltaban apenas nueve días para el eclipse solar total del 12 de agosto y que la isla se preparaba para recibir a miles de visitantes atraídos por el evento astronómico del año.
Para Júlia, la penumbra ya había llegado hacía semanas.
Respiró hondo, se secó una lágrima furtiva antes de que llegara a la barbilla y tecleó una respuesta rápida a Sacra:
«No vengas antes de tiempo, de verdad. Quédate en Granada con tus padres y disfruta de ellos. Yo sigo en pie. El jueves me veo con el inspector Arbona a ver si hay alguna novedad. Te llamo esta noche y te cuento. Te quiero mucho».
Bloqueó el teléfono y lo guardó en el bolsillo del pantalón.
La ausencia de Sacra dolía en cada rincón de la casa, pero Júlia sabía que no podía permitirse el lujo de derrumbarse.
Fany seguía sin aparecer, Toni dependía de su entereza desde la cárcel y la verdad, fuera cual fuese, no se iba a descubrir sola.