CAPÍTULO 45
E l cristal reforzado del locutorio número cuatro parecía más grueso y sucio bajo el tórrido calor de agosto.
Al otro lado de la mampara, Toni ya no era el hombre templado y elegante que dominaba las situaciones de su vida.
Traía la piel cetrina, los ojos hundidos en cuencas oscuras y los hombros vencidos dentro del chándal gris que el centro le había asignado.
Llevaba más de cuarenta días privado de libertad y el órdago judicial se estaba cobrando su factura mental.
—Júlia... dime si el abogado de oficio tiene algo —suplicó Toni, pegando la frente a la madera del mostrador mientras sus manos temblorosas buscaban a tientas el marco del vidrio—. Dime que la audiencia va a responder esta semana.
Júlia tragó saliva con dificultad, notando cómo el nudo de la garganta le sofocaba el aire. Le dolía el alma viendo el deterioro de su marido.
—Morales ha presentado un escrito de impulso procesal —mintió piadosamente Júlia, sosteniéndole la mirada con una entereza que se le resquebrajaba por dentro—.
Sabes que en agosto la actividad judicial está al mínimo, pero jura que la sección segunda tiene el recurso sobre la mesa. No te rindas ahora, por favor.
— ¿Y Miquel Oliver, ya se ha despertado del coma? —preguntó Toni con un hilo de esperanza.
Júlia bajó la cabeza negando apesadumbrada.
—¡Es que ya no puedo más, Júlia! —estalló él en un sollozo ahogado, dando un manotazo desesperado contra la repisa metálica—.
¡Me estoy volviendo loco aquí dentro! Desde que Salom nos abandonó y nos tocó el turno de oficio, siento que este abogado no cree en mi inocencia y que me estoy pudriendo en vida por un crimen que no cometí.
Morales me dijo en la última visita que lo tenemos casi imposible si no aparece una prueba nueva, y la prisión provisional se alarga como una condena sin juicio.
Júlia pegó ambas palmas al cristal, intentando transmitirle a través del metacrilato una calidez que el pabellón de preventivos les negaba.
Había sido su único sostén con el exterior durante aquellas cinco semanas de pesadilla.
Acudía a cada turno autorizado, llevándole ropa limpia, libros y las pocas noticias que podían mantenerlo con vida por dentro.
La crudeza de las visitas familiares había sido especialmente devastadora las dos únicas veces que Júlia se atrevió a llevar a los chicos.
Ver a Marc romper a llorar pegado a la mampara sin comprender por qué no podía abrazar a su padre, o contemplar la mirada llena de rabia y vergüenza contenida de Pau al ver a su referente en ropa de presidiario, terminó por destruir la poca entereza de Toni.
Tras la segunda visita, fue él mismo quien suplicó entre lágrimas a Júlia que no los volviera a llevar a la cárcel: prefería que lo recordaran al otro lado del muro.
Al menos, en mitad de la tempestad, Júlia daba gracias a Dios por el hecho de que Toni era hijo único y sus padres habían fallecido años atrás.
No tener que dar explicaciones a unos suegros destrozados ni gestionar el dolor de una familia política le ahorraba una cuota de desgaste que habría sido incapaz de asumir.
Toda la protección de su familia se concentraba ahora en Ca’n Picafort.
Marc y Pau continuaban refugiados en la casa de los abuelos maternos, alejados del circo mediático y del asfalto abrasador de Palmanyola.
Júlia conducía hasta el noreste de la isla un par de veces por semana para quedarse un día con ellos.
Aunque sus propios padres estaban emocionalmente hundidos por la acusación contra su yerno, la brisa de la bahía y el silencio del entorno de la zona mantenían a los chicos al margen de la tragedia.
Donde el infierno era cotidiano y real era en Palmanyola.
Júlia se había convertido en la paria oficial de la urbanización.
Las unidades móviles de televisión se habían retirado paulatinamente al no haber novedades en el caso, pero la condena social era feroz.
Las vecinas que antes la saludaban en la farmacia ahora cruzaban la acera o bajaban la vista; las persianas del chalé de enfrente se mantenían echadas a cal y canto cada vez que el coche de Júlia enfilaba la acera, e Iris actuaba como si la casa de Júlia estuviera habitada por fantasmas.
El hecho de estar de vacaciones porque el curso escolar había acabado a finales de junio tampoco ayudaba. Tener la mente ocupada en las tareas escolares propias de su trabajo habrían ayudado a Júlia a aliviar o al menos desconectar un poco de la realidad en la que estaba inmersa.
Cuando el funcionario de prisiones anunció el fin del tiempo de visita, Toni alzó la vista con ojos suplicantes.
Júlia le dedicó un último beso contra la frialdad del vidrio y prometió volver el martes.
Salió bajo la luz blanca y deslumbrante del mediodía, sintiendo que la soledad y la mentira de Gonzalo se cobraban cada día un pedazo más de su propia vida.