Mar de fondo CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

D esde la terraza cubierta del chalé de los Miralles en Puntiró, la bahía de Palma se desplegaba como un lienzo azul perfecto, recortado por la silueta lejana de la catedral y el parpadeo sutil del mar bajo el sol abrasador de julio.

A esa altura, a varios cientos de metros sobre el nivel del mar, la brisa de la tarde aliviaba el bochorno de la costa, haciendo de la sobremesa un refugio de calma absoluta.

Tras la comida familiar, el padre de Gonzalo se había retirado al interior de la vivienda a echarse la habitual siesta, dejando a Mara, Iris y Gonzalo disfrutando tranquilamente del café en la penumbra del porche.

Gonzalo reposaba en uno de los sofás de teca y lino blanco con la elegancia de siempre.

Ya completamente recuperado, sin rastro del cansancio físico ni de la tensión de las semanas anteriores, vestía un polo azul marino que acentuaba su aspecto saludable y relajado.

Había vuelto a tomar las riendas de sus empresas, a moverse con la seguridad que lo caracterizaba y a habitar su vida de siempre, como si la sombra de los interrogatorios e inspecciones policiales hubiera sido apenas un paréntesis insignificante.

Abajo, en el césped que descendía hacia la piscina sin fin, el pequeño Borja corría tras Ringo, el bulldog francés de la familia. El perro, con su andar rechoncho y sus resoplidos cómicos, perseguía una pelota de goma roja entre las risas del niño, rompiendo la tranquilidad de la tarde.

—Míralos... por lo menos el niño ya vuelve a sonreír —dijo Mara en tono bajo, cuidando de no alzar demasiado la voz para no molestar el descanso de su marido, mientras dejaba su taza de café sobre la mesa de cristal—.

No sabéis el alivio que me da verte así, Gonzalo.

Han sido unas semanas inhumanas, una verdadera pesadilla para todos nosotros.

—Ha sido una cacería, que es distinto —intervino Iris, ajustándose las gafas de sol sobre el pelo recogido mientras servía un chorro de tónica en su copa—.

La policía buscando desesperadamente a quién colgarle el muerto para salir en las noticias, y la prensa carroñera alimentándose de la reputación de nuestra familia.

Menos mal que al final las cosas caen por su propio peso.

Gonzalo esbozó una sonrisa franca, tomando un sorbo de su combinado con hielo.

—La justicia tarda, pero llega —comentó con tono pausado y condescendiente—. Era cuestión de tiempo que se dieran cuenta de que no tenían nada. Un montaje de sospechas sin un solo hilo del que tirar.

—A mí lo que me parece lamentable es el papelón de esa mujer...

la tal Júlia —añadió Mara, negando con la cabeza y cruzándose de brazos con desdén—.

Entiendo que tener al marido en la cárcel debe de ser un trago desolador, no digo que no, pero esa obsesión enfermiza por señalarte a ti para intentar salvarlo a él...

Es de una bajeza moral absoluta. Andar por ahí montando el espectáculo y acusando a gente de bien sin una sola prueba.

—Es el despecho y la ignorancia, Mara —sentenció Iris con frialdad esnob—.

Gente de esa calaña busca cualquier clavo ardiendo para desviar la atención de lo que hizo su marido.

Se nota a la legua que está dispuesta a arruinar la vida de cualquiera con tal de sacarlo de prisión.

Pretendían convertir el caso en un circo mediático para hacernos chantaje.

—Júlia está desesperada, Iris —intervino Gonzalo con una falsa benevolencia magistralmente calculada, mirando a su mujer desde la comodidad del sofá—.

Ve cómo se hunde su marido y la policía le vendió humo para cubrir su propia incompetencia.

No le guardo rencor, simplemente da lástima ver cómo se destruye a sí misma aferrándose a mentiras.

—Pues a mí me parece que bastante paciencia has tenido —replicó Mara, mirando con orgullo a su hijo—. Cualquier otro les habría puesto una querella por injurias el primer día. Pero tú siempre has sido un señor, Gonzalo. Siempre.

Un chasquido seco interrumpió la charla cuando Ringo atrapó finalmente la pelota y Borja celebró la victoria con un grito alegre desde el jardín.

Gonzalo contempló la escena con una paz imperturbable.

Las olas de la bahía brillaban a lo lejos, la brisa de Puntiró olía a pino y jazmín, y la maquinaria de su coartada había borrado cualquier rastro del pasado.

En esa terraza, mientras su padre dormía plácidamente en el interior de la casa y protegido por el dinero, el apellido y la devoción ciega de los suyos, el mundo volvía a pertenecerle por completo.