CAPÍTULO 42
E l aire acondicionado del despacho de interrogatorios zumbaba con un tono monótono que apenas lograba disipar el bochorno acumulado.
El inspector Arbona estaba sentado al fondo de la mesa de metal, con las manos entrelazadas sobre una carpeta de cartón vacía.
A su lado, apoyado contra la pared y con los brazos cruzados, el subinspector Torres no quitaba los ojos de la puerta.
A las diez en punto, Marcos Salom giró el pomo y entró en la sala, precediendo a su cliente. Gonzalo caminaba despacio, luciendo una estudiada fragilidad: vestía una camisa de lino holgada para no rozar las quemaduras del torso y llevaba las manos parcialmente vendadas con apósitos limpios.
—Señores —saludó Salom con frialdad, apartando una de las sillas para Gonzalo antes de ocuparla él mismo—. Cumpliendo con la citación recibida, aquí está mi cliente. Como ya les advertí, su estado de salud sigue siendo delicado por recomendación médica, por lo que seremos breves.
Arbona ni pestañeó. Fijó la vista en Gonzalo, buscando cualquier atisbo de duda en su mirada.
—Gracias por acudir, señor Miralles —dijo el inspector con voz pausada—.
Como sabe, le hemos citado en calidad de investigado no detenido.
Queremos aclarar los motivos de su huida a alta mar el pasado sábado, la destrucción de la embarcación Boom-Boom y su posible vinculación con la desaparición de Estefanía Moreno.
Salom dio un golpecito con el nudillo sobre la mesa.
—La palabra "huida" sobra en esta acta, inspector. Mi representado va a proceder a la lectura de un breve escrito aclaratorio. Posteriormente, amparándose en el artículo 520 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, se acogerá a su derecho a no responder a ninguna de sus preguntas.
Gonzalo sacó del bolsillo de la camisa un folio cuidadosamente doblado. Sus dedos vendados temblaron sutilmente al desdoblarlo, un gesto medido para la cámara de la sala. Aclaró su voz, que sonó rasposa y ahogada.
—«El sábado 4 de julio —comenzó a leer Gonzalo en tono bajo—, sufrí una severa crisis de ansiedad provocada por un episodio continuado de chantaje y acoso personal por parte de una vecina Júlia Serra.
Presionado por el pánico a que dicha persona cumpliera sus amenazas de destruir mi matrimonio con acusaciones falsas, salí de mi domicilio sin rumbo fijo.
Me dirigí a Port Adriano, subí a bordo de la lancha Boom-Boom , propiedad de una sociedad de mi familia, con la única intención de navegar a solas y despejarme en alta mar».
Gonzalo hizo una pausa dramática, tragó saliva y continuó:
—«A quince millas de la costa, se produjo un fallo en el sistema eléctrico del compartimento de motores que provocó una deflagración inmediata y un incendio incontrolable.
Salté al agua tras desplegar la balsa de salvamento y fui rescatado por salvamento marítimo.
Niego rotundamente cualquier relación con la desaparición de la ciudadana Estefania Moreno, a quien no conocía. Eso es todo cuanto tengo que declarar».
Gonzalo volvió a doblar el papel y se lo tendió a Salom, quien lo depositó sobre la mesa de Arbona.
—¿Sabe lo que opino, Gonzalo? —intervino Torres desde la esquina, dando un paso al frente con el rostro tenso—. Opino que incendió esa lancha porque era su última oportunidad de quemar pruebas biológicas.
—El subinspector se está extralimitando —zanjó Salom de inmediato, poniéndose en pie y abotonándose la chaqueta—.
Mi cliente ha dejado clara su versión de los hechos.
No va a responder a provocaciones ni a más interrogatorios.
Si no hay una orden formal de detención por parte del juez de instrucción, nos retiramos.
Arbona permaneció inmóvil. Recogió el folio, miró a Gonzalo directamente a los ojos y esbozó una leve sonrisa carente de calidez.
—Puede irse a casa, señor Miralles. De momento.
Gonzalo sostuvo la mirada un segundo antes de levantarse con la ayuda de Salom. Cruzaron la puerta del despacho y sus pasos se perdieron por el pasillo de la jefatura, dejando tras de sí un silencio denso y cargado de frustración.