Mar de fondo CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

E l vapor del café recién servido se elevaba despacio sobre la barra de la cocina.

Júlia sostenía la taza entre las manos heladas, buscando una tibieza que no lograba traspasarle la piel.

En la pantalla del televisor, fijado en la pared, el estruendo seco de un cohete retumbó a través de los altavoces a las ocho en punto de la mañana.

—¡Ahí está el primer cohete! ¡Se abren las puertas del toril en la cuesta de Santo Domingo!

—vociferó el locutor con un entusiasmo desbordante sobre el murmullo de la multitud—.

¡Arrancan los Sanfermines! Vemos ya a la manada encabezada por los cabestros, cogiendo una velocidad tremenda en este primer tramo de la carrera.

¡Mucha tensión en la curva de Mercaderes, cuidado con los caídos!

La voz del periodista, vibrante y llena de una euforia festiva, resonaba contra los azulejos de la cocina chocando de frente con el silencio espeso y mortecino que envolvía la casa. Júlia miraba la marea blanca y roja corriendo a tumba abierta sin verla realmente.

En la parte inferior de la pantalla, un faldón de última hora rompía la retransmisión taurina: «Sucesos: La policía científica busca pistas tras el incendio y hundimiento de la lancha de Gonzalo Miralles en aguas de Mallorca».

—Recordemos que en apenas unos minutos conectaremos en directo con la jefatura de Palma para conocer la última hora sobre el milagroso rescate del empresario Gonzalo Miralles...

—añadió el comentarista, cambiando el tono durante un segundo antes de volver a chillar con el encierro—: ¡Atención a ese mozo que acaba de coger uno de los toros en la entrada a la calle Estafeta!

Júlia dejó la taza sobre la barra con un golpeteo sordo.

Sentía un nudo opresivo en el estómago. En la televisión no hacían otra cosa que repetir las tomas aéreas del helicóptero sobrevolando la mancha de combustible a quince millas de la costa, acompañadas por las declaraciones enlatadas del letrado Marcos Salom defendiendo la tesis de la avería eléctrica.

La opinión pública veía a un hombre afortunado que había vuelto a nacer; solo ella sabía que se trataba de la maniobra desesperada de un asesino para destruir las pruebas.

Cogió el mando del televisor y lo apago.

Alcanzó el teléfono móvil y puso una playlist al azar.

La inconfundible voz de Michael Bublé envolvió el ambiente en cuanto empezó a sonar “Close your Eyes”.

Júlia desplazó la mirada hacia el ventanal.

Al otro lado de la calle, la casa de los Miralles se levantaba impasible bajo el sol matutino.

Ayer lunes, hacia mediodía, había escuchado el motor del coche de Iris al aparcar en la entrada.

Entreabrió la persiana lo justo para ver cómo lo ayudaba a bajar del vehículo, arropándolo con delicadeza mientras lo guiaba hacia el porche.

La cercanía resultaba asfixiante. Gonzalo estaba ahí mismo, en la casa de enfrente, recuperándose entre almohadones.

Y lo más aterrador de todo era la certeza de que él sabía que ella lo había descubierto.

Él sabía que Júlia ataba cabos entre la lancha quemada, la fuga a la desesperada y aquella copa de vino marcada con carmín en el lavavajillas.

Mientras tanto, Toni continuaba encerrado en una celda de la cárcel de Palma, pagando por un crimen que no había cometido.

Júlia apoyó los codos en la barra y se hundió la cara entre las manos.

Con la policía bloqueada por las argucias legales de Salom, Iris ejerciendo de escudera abnegada y Gonzalo vigilándola desde la ventana de enfrente, se sentía completamente acorralada.