Mar de fondo CAPÍTULO 40
65%

CAPÍTULO 40

G onzalo cruzó el umbral de su casa apoyándose con delicadeza en el hombro de Iris.

Traía la piel del rostro tirante por las pomadas, las cejas a medio cicatrizar y las palmas envueltas en un vendaje más liviano que le permitía mover los dedos con torpeza.

El olor a limpio de la vivienda, mezclado con el aroma del café recién hecho, lo recibió como un bálsamo.

—Con cuidado, apóyate en mí —murmuró Iris, guiándolo hasta el sofá del salón y acomodándole un par de cojines a la espalda con una solicitud casi maternal.

—Estoy bien, Iris, de verdad... Solo necesito un poco de tranquilidad —suspiró Gonzalo, dejando caer la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos con un estudiado cansancio.

Iris se sentó a su lado en el amplio sofá antes de tomarle una de las manos vendadas entre las suyas.

—Al menos ha sido un alivio enorme que Borja esté estos días en el campamento de La Victoria —comentó ella, dejando escapar un largo suspiro de desahogo—.

No me quiero ni imaginar el trago que habría pasado el niño viendo todo este despliegue de ambulancias y abogados. Así nos ahorramos preocuparlo.

—Sí, menos mal... —asintió Gonzalo en voz baja.

—Por cierto, tu madre ha estado llamando estos días desde Tailandia —añadió Iris, mirándolo con ternura—.

Te llamaron y como tu teléfono no daba señal porque se perdió en el mar durante la explosión, me llamaron a mí y tuve que explicarles lo que había pasado.

Tu padre y ella están preocupadísimos, ya sabes cómo se ponen en cuanto se enteran de algo a medias.

No quise que hablaran contigo mientras estabas en el hospital; preferí decirles que estabas sedado y descansando para que no te agobiaran.

Gonzalo esbozó una sonrisa cansada y apretó levemente los dedos de su mujer.

—Has hecho bien, Iris. También ha sido una suerte que estuvieran de viaje. Luego, en cuanto esté un poco más despejado, les llamo y los tranquilizó.

—Marcos también ha llamado mientras veníamos de Son Espases —continuó Iris, cambiando el tono a uno mucho más firme—.

Dice que la policía no tardará en mover ficha, pero me ha jurado que no vas a tener que pisar una comisaría en este estado.

Yo misma me voy a encargar de que nadie cruce esa puerta para molestarte.

No voy a permitir que te hundan por intentar proteger a tu familia.

—Gracias, cielo. Sin ti no sé qué haría.

A través de los grandes ventanales del salón, la vista del jardín alcanzaba a ver la propiedad de Júlia.

Las persianas de la casa de enfrente estaban bajadas a cal y canto.

Un escalofrío de helada satisfacción le recorrió la nuca a Gonzalo: se sentía intocable.

El barco estaba destruido, sabía que si registraban su coche no encontrarían nada e Iris estaba completamente blindada bajo su control.

Jefatura Superior de Policía, Palma

Arbona daba la última calada a su pitillo y lo apagaba en el cenicero mientras cerraba la ventana de su despacho.

Sobre la mesa reposaba el expediente abierto de la desaparición de Fany, flanqueado por las actas negativas de la policía científica sobre el turismo de Port Adriano. Torres puso con un golpe seco un sello oficial sobre un documento recién impreso y se lo tendió a su superior.

—Aquí está la citación oficial para Gonzalo Miralles —dijo el subinspector con tono desganado—. En calidad de investigado no detenido, tal como exige el protocolo al no tener orden de arresto de la fiscalía.

Arbona tomó el documento, revisó la fecha señalada para la comparecencia y estampó su firma con un trazo enérgico.

—Sabes perfectamente lo que va a pasar cuando le entreguemos esto en su casa, ¿verdad, inspector?

—añadió Torres, cruzándose de brazos—. Salom se presentará con él, nos entregará un escrito de tres líneas alegando que su cliente se acoge a su derecho a no declarar por prescripción médica y se lo llevará de vuelta a su sofá en diez minutos.

—Me da igual —espetó Arbona, dejando la pluma sobre la mesa con un golpe seco—. Que sepa que la policía no se ha ido a casa. Que sienta el aliento de la placa en su nuca cada vez que mire por la ventana.

—No tenemos nada sólido contra él, Arbona. El barco está bajo el agua y el coche no tiene ni una microgota de sangre. Salom nos tiene atados de pies y manos.

Arbona se levantó de la silla, se acercó a la ventana que daba al patio interior de la Jefatura y contempló el bochorno de julio sobre los tejados de Palma.

—Gonzalo ha construido una historia perfecta para el juez y ha convencido a su mujer para que esté de su lado.

Pero las mentiras perfectas son como el cristal: parecen sólidas hasta que les das en el punto más débil.

Tarde o temprano cometerá un error. Y cuando encontremos por dónde movió a esa chica, ni su abogado va a poder salvarlo. Envíale la citación hoy mismo.

Menos de dos horas después de que la científica confirmara que el Audi R8 estaba impoluto, el subinspector Torres dejó sobre la mesa de Arbona un listado oficial de la DGT.

—La sociedad patrimonial de Gonzalo, Servicios Industriales Miralles S.L. tiene cuatro vehículos comerciales registrados a su nombre —explicó Torres, señalando las líneas impresas—: dos furgonetas de reparto medianas, un furgón de gran tonelaje y una Peugeot negra con cristales tintados.

Arbona no lo dudó. Redactó una solicitud urgente de auto de inspección y registro dirigida al juzgado de instrucción número cuatro, solicitando el precinto de la flota de la empresa para aplicar reactivos de luminol y búsqueda de fibras biológicas.

La respuesta de la defensa no tardó ni tres horas en caer sobre el juzgado de guardia. Marcos Salom, haciendo gala de su habitual agresividad procesal, presentó un escrito de oposición cargado de advertencias legales.

—«Se pretende someter a los bienes de una mercantil a una verdadera cacería a ciegas» —rebotó la voz de Salom a través de las alegaciones dirigidas al magistrado—.

«No existe una sola prueba, ni un solo indicio biológico, ni una sola grabación que vincule a un vehículo concreto con la persona desaparecida.

Autorizar el precinto e inspección con reactivos químicos de cuatro vehículos de trabajo de una empresa en activo constituye una clara y flagrante pesquisa prospectiva, vulnerando el derecho a la libertad de empresa y a la presunción de inocencia de mi representado».

La resolución del juez de instrucción cayó como un jarro de agua helada sobre la mesa de la jefatura al final de la tarde.

El magistrado denegaba el auto de registro de forma tajante: «Sin la concreción de un vehículo determinado mediante indicios directos, la inspección de la totalidad de la flota empresarial excede los límites constitucionalmente permitidos, constituyendo una investigación prospectiva no amparada por la ley».

Arbona arrojó el escrito sobre la mesa y volvió a encender un cigarrillo frente a la ventana. Salom les había ganado el primer asalto en los tribunales, dejando a la policía con las manos atadas a menos que encontrasen una prueba directa sobre un vehículo específico.