Mar de fondo CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

E l calor sofocante del asfalto se filtraba a través de las ventanillas abiertas del coche patrulla mientras Arbona, que había encendido otro cigarrillo, conducía de regreso a la jefatura de policía.

A su lado, Torres repasaba por enésima vez la lista de sociedades patrimoniales vinculadas a la familia Miralles, con la corbata aflojada y el rostro sombrío tras la embestida legal de Marcos Salom en urgencias.

El teléfono del inspector, apoyado sobre el salpicadero, empezó a vibrar furiosamente. Era la inspectora jefa de la policía científica desplegada en Port Adriano. Arbona conectó el manos libres.

—¿Qué tenéis, Elena? —fue al grano Arbona.

Torres soltó una maldición entre dientes y se hundió contra el respaldo del asiento.

—Ese malnacido lo tenía todo calculado —musitó Arbona, apretando el volante con fuerza—. Sabía que iríamos a por su turismo. Lo dejó allí como un señuelo para hacer responder a la policía y ganar tiempo, consciente de que el coche no nos daría nada.

—Si trasladó el cuerpo de la víctima o sus pertenencias desde la finca, desde luego no utilizó este turismo, Arbona —concluyó la jefa de la científica antes de colgar.

Arbona sostuvo la mirada de Torres durante un segundo.

—No usó su coche personal porque no es un aficionado —sentenció el inspector, cambiando de carril con brusquedad hacia la autovía de circunvalación—.

Para mover un cadáver o deshacerse de bultos voluminosos necesitó un vehículo de carga.

Un vehículo de la empresa familiar o de la constructora que no llame la atención en los caminos de Sencelles...

Una furgoneta, Torres. Búscame cualquier vehículo industrial o furgón registrado a nombre de sus sociedades.

Mientras Torres marcaba desesperadamente el número de la DGT para rastrear la flota corporativa, Arbona seleccionó el contacto de Júlia en la pantalla del teléfono y puso la llamada en privado.

Al segundo tono, Júlia descolgó con la voz entrecortada por la angustia.

—¿Inspector? ¿Qué ha pasado? He visto en las noticias que una lancha ha salido ardiendo en alta mar...

—Júlia, escúcheme bien y mantenga la calma —la cortó Arbona en tono firme pero pausado—. Es cierto. La Boom-Boom se ha hundido en el mar. Gonzalo ha quemado la lancha antes de saltar a una balsa salvavidas.

Se produjo un silencio helado al otro lado de la línea, roto solo por la respiración agitada de la mujer.

—Dios mío... Se ha salido con la suya. El barco ha desaparecido...

—Y hay algo más —continuó el inspector, mordiéndose el labio—. La científica acaba de procesar el turismo de Gonzalo aparcado en puerto. Está completamente limpio. No hay huellas biológicas, ni restos de sangre, ni pruebas que lo vinculen en este momento con la desaparición de Fany.

—Pero... pero eso es imposible —susurró Júlia, al borde del colapso—. Usted mismo vio la finca, vio las pruebas.. .

—Gonzalo está atrincherado en el hospital con su abogado, el señor Salom —advirtió Arbona, endureciendo la voz—.

Y ya ha empezado a mover sus piezas. Ha preparado una historia para Iris y para la policía: sostiene que tú lo estás amenazando y extorsionando por un asunto privado de faldas para destruir su matrimonio.

Está intentando desacreditarte como testigo antes de que puedas pisar un juzgado.

—¡Es un monstruo! —ahogó Júlia un sollozo—. ¡Se está inventando todo para hacerme parecer una loca despechada!

—Lo sé. Por eso necesito que no salga de casa, que no hable con Iris y que no responda a ninguna llamada que no sea la mía.

Gonzalo ha quemado su barco y limpiado su coche, pero cometió un error al mover los restos.

Se confió y usó un segundo vehículo. En cuanto lo localicemos el juego de su abogado se habrá terminado. Manténgase fuerte, Júlia.