CAPÍTULO 38
E l pitido rítmico del monitor de constantes y el olor a antiséptico dominaban el aire helado del box número cuatro.
Gonzalo yacía sobre la camilla articulada, con las gasas de las manos amarilleadas por la pomada para quemaduras y una vía periférica conectada a la muñeca izquierda.
Frente a él, una enfermera con pijama sanitario azul ajustaba la rosca del suero para regular el goteo de los analgésicos.
De pronto, la puerta corredera de cristal se abrió de golpe. Iris irrumpió en el habitáculo con el rostro desencajado, el pelo revuelto por la prisa y el bolso colgado del antebrazo con tanta fuerza que los nudillos se le marcaban blancos.
—¡Gonzalo! —exclamó con la voz rota, dando dos pasos precipitados antes de frenarse en seco al ver el estado de su marido.
—Tranquila, por favor —intervino la enfermera, poniéndole una mano suave en el hombro para frenar su avance—.
Ya está fuera de peligro. Tiene quemaduras superficiales, una contusión torácica y algo de irritación en los pulmones por el humo, pero la analítica ha salido limpia.
Solo estamos esperando a que nos confirmen que hay una cama libre para subirlo a la planta de traumatología.
Iris apenas escuchó a la sanitaria. Mantenía la mirada fija en las cejas chamuscadas de Gonzalo y en el rodillo de gasas que le cubría las palmas.
La enfermera le dio una última palmadita de consuelo, recogió la funda del termómetro y salió del box, cerrando la cristalera tras de sí para darles intimidad.
Iris se acercó despacio a la camilla. Le temblaba el labio inferior.
—Me ha llamado Marcos —musitó, aferrándose al borde de la barra metálica de la camilla—. Me ha dicho que habías tenido un accidente terrible en la lancha, que la Boom-Boom se había quemado en mitad del mar y que te traían aquí.
Gonzalo cerró los ojos con lentitud, dejando salir un suspiro ronco y doliente desde el fondo del pecho.
—Estoy bien, Iris... El motor explotó... casi no me da tiempo a saltar.
—No, Gonzalo, no me hables del barco —lo cortó Iris en un susurro áspero y cargado de pánico, inclinándose hacia él—.
Marcos me ha ordenado expresamente que, si la policía me abordaba en la entrada de urgencias o me llamaba por teléfono, no abriera la boca.
Que no dijera absolutamente nada sin él estar delante.
¿Y por qué saliste disparado de casa sin decirme una palabra?
¿Por qué la policía iba a querer hablar conmigo sobre el incendio de tu barco? ¿Qué demonios está pasando, Gonzalo?
Gonzalo tragó saliva con dificultad, ahogando una tos seca que le hizo fruncir el ceño de dolor. Clavó sus ojos inyectados en sangre en los de su mujer, dejando que una mezcla estudiada de culpa y vulnerabilidad se apoderara de su rostro.
—Cometí un error, Iris... Un error estúpido —empezó a susurrar con la voz quebrada por el humo—. El fin de semana que estuviste de viaje... casi tengo un desliz con una mujer. Y ahora me está acosando.
Iris dio un paso atrás, con la boca entreabierta y los ojos desorbitados por el impacto.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando, Gonzalo? ¿Quién es esa mujer?
—Una ejecutiva de la sede de Cuba... —respondió él, respirando con parsimonia—.
De los hoteles de mi padre. Vino a la isla hace unos días para revisar las cuentas en una auditoría de rutina y tuve un par de reuniones con ella.
Mientras revisábamos los papeles, descubrí algo grave, Iris.
Descubrí que mi padre está desviando dinero desde las sociedades de Cuba a un paraíso fiscal.
Iris se llevó una mano a la boca, tambaleándose levemente.
—¿Tu padre?
—Sí. Y esa mujer se dio cuenta de que yo lo había detectado. En lugar de callarse, usó esa información para coaccionarme. Me amenazó directamente: o accedía a acostarme con ella o ponía a la Agencia Tributaria al tanto de los trapos sucios de mi padre. Iba a arruinar a nuestra familia, Iris.
—Dios mío... —jadeó ella, apretándose el pecho.
Gonzalo extendió con torpeza una mano vendada y le sujetó los dedos a su mujer, buscando su mirada con una súplica desgarradora.
—Pero escúchame bien, Iris... Te lo pido por lo que más quieras: este secreto no puede salir jamás de aquí.
Mi padre no puede enterarse bajo ningún concepto de que tú y yo sabemos lo de sus cuentas offshore .
Si mi padre se entera que lo he descubierto, la brecha entre nosotros será irreversible.
Y sobre todo... mi madre. Si Mara llega a sospechar algo de esto, con la devoción ciega que le tiene a mi padre y lo delicada que es para el corazón y las apariencias, le da un síncope.
No quiero darle semejante disgusto a mi madre, Iris. Destruiría a la familia entera.
Iris asintió con la respiración agitada, apretándole la mano con una mezcla de conmoción y sincera empatía.
—Tranquilo... Te lo prometo, Gonzalo. Tu padre no sabrá que lo sabemos y tu madre no se enterará jamás.
—Gracias, mi amor... —musitó Gonzalo, fingiendo un hilo de voz ahogado antes de continuar su relato—.
La noche antes de su vuelo de regreso, esta mujer insistió en verse conmigo a solas para cerrar el asunto.
Como no quería que nos vieran en un hotel o un restaurante, vino a nuestra propia casa.
Allí se me insinuó, presionándome con el chantaje...
Yo... entré en el juego, flirteé con ella para ganar tiempo y no encender las alarmas, pero me dio tal golpe de culpa que me zafé como pude.
Le puse la excusa de que nuestro hijo y un amiguito suyo estaban durmiendo en el piso superior y que podían bajar en cualquier momento.
Gonzalo hizo una pausa dramática, cerrando los ojos como si recordar la escena le provocase náuseas.
—La acompañé hasta la calle para que se fuera de una vez. Al despedirnos junto a la puerta, me pilló completamente desprevenido, se me echó encima y me besó en la boca. Y Júlia nos debió ver desde su casa.
—¿Júlia? —repitió Iris en un hilo de voz, con el corazón martilleándole en las sienes.
—Sí, Júlia. Ella vio el beso, malinterpretó todo y pensó que yo te estaba engañando fríamente en tu propia casa.
Desde entonces no ha dejado de amenazarme con contártelo todo y destrozar nuestro matrimonio.
Por eso me volví loco, Iris. Por eso salí corriendo hacia el puerto, porque pensé que la policía venía a buscarme por una denuncia de acoso o un lío montado por ella.
Entré en pánico... y al final todo ha acabado con el barco en llamas en mitad del mar.
—¿Y qué pasó con esa mujer? —preguntó Iris en un hilo de voz, con la mirada clavada en él.
—En cuanto se fue, me pasé la noche revisando sus propios informes —respondió Gonzalo, bajando aún más el tono para darle un matiz de confidencialidad absoluta—.
Descubrí que ella también estaba metiendo la mano en la caja de la sede de La Habana.
A la mañana siguiente la llamé antes de que cogiera el avión en el aeropuerto y le dije que, si acudía a Hacienda contra mi padre, yo la hundía a ella en Cuba con pruebas de su propio desfalco.
Estamos en una especie de guerra fría; ella no mueve ficha porque sabe que destruyo su carrera.
15:15 h.
Marcos Salom se ajustó el nudo de la corbata de seda mientras salía del ascensor de la planta cero.
Con sesenta años bien llevados, el abogado penalista avanzaba por los pasillos del hospital.
Gonzalo lo había alertado a través de su teléfono móvil mientras se alejaba a toda velocidad de la costa y Salom ya traía la coraza legal perfectamente diseñada en la cabeza.
Al doblar el recodo hacia la zona de boxes de observación, reconoció de inmediato las siluetas del inspector Arbona y el subinspector Torres, apostados junto a la cristalera con la actitud de dos sabuesos haciendo guardia.
—Señores —interrumpió Salom, acortando la distancia con paso firme y una sonrisa helada que no le alcanzaba los ojos—. Imagino que tienen una orden de detención firmada por el juzgado de guardia para estar custodiando a mi cliente como si fuera un preso.
Arbona se giró despacio, encarando al letrado con los ojos fijos y tensos.
—Salom. No me sorprende volver a encontrarte en el camino.
—A mí tampoco me sorprende verle intentando interrogar a un hombre que acaba de sobrevivir milagrosamente a un incendio catastrófico en alta mar —replicó el abogado, colocándose estratégicamente entre los policías y la puerta del box—.
Gonzalo Miralles es, a todos los efectos legales, la víctima de un accidente marítimo.
No está investigado ni detenido y, según el informe preliminar de urgencias que acabo de examinar, padece inhalación de gases, traumatismo torácico y un cuadro agudo de shock.
No está en condiciones de responder a una sola pregunta.
—Tu cliente zarpó a la desesperada de Port Adriano en cuanto nos vio llegar, quemó una lancha de cientos de miles de euros a quince millas y nos mintió sobre la propiedad de la Boom-Boom —intervino Torres, dando un paso al frente con la mandíbula apretada.
—Mi cliente sufrió una crisis de pánico desencadenada por una situación de acoso y extorsión personal que afectaba al honor de su familia —sentenció Salom, elevando la voz con la cadencia exacta para que resonara en el pasillo—.
Un asunto privado del que rendirá declaración voluntaria cuando la junta médica le dé el alta.
Si intentan abordarlo o coaccionarlo sin una imputación formal, presentaré una denuncia ante el Juzgado de Instrucción por vulneración de derechos fundamentales antes de que acabe el turno de tarde.
Arbona sostuvo la mirada del penalista durante cinco segundos implacables. Sabía que Salom jugaba sobre seguro: sin una orden judicial previa ni pruebas biológicas que vinculasen formalmente a Gonzalo con la desaparición de Fany, el escudo de la atención médica era impenetrable.
—No vas a poder blindarlo para siempre, Marcos —musitó Arbona en un tono bajo e incisivo—. La verdad acabará por salir a la superficie, por mucho que hayan hundido el barco.
—No necesito blindar nada, inspector. Solo exijo que respeten la ley. Buenas tardes.
Salom deslizó la puerta corredera, se internó en la penumbra del box y volvió a cerrarla, dejando a los dos policías al otro lado del cristal.
En el interior, Iris se volvió hacia él con el rostro pálido y los labios temblorosos. El letrado le dedicó una inclinación de cabeza tranquilizadora, adoptando una estudiada pátina de protector paternal.
—Tranquila, Iris —le susurró, colocándose al lado de la camilla y echando un vistazo al monitor de constantes—.
La policía está dando palos de ciego y busca un chivo expiatorio para justificarse.
Tu marido ha rozado la muerte para proteger el apellido de su familia.
Ahora mismo tú no vas a cruzar ni una sola palabra con esos agentes. Dejadme la estrategia a mí.