CAPÍTULO 37
Puntual a la cita, la proa naranja de la Salvamar emergió tras el espigón de entrada.
La embarcación de rescate redujo máquinas con un rugido grave de sus motores, maniobrando de popa hasta amarrar al muelle con precisión quirúrgica.
En cuanto los marineros ataron los cabos a los bolardos, la rampa de desembarco se posó sobre el pavimento.
Dos sanitarios subieron de inmediato a bordo portando una camilla de tijera desplegable. Segundos después, la comitiva reapareció en cubierta llevando a Gonzalo.
Venía postrado en la camilla, envuelto en la manta dorada, con las manos vendadas descansando sobre el pecho y una mascarilla de oxígeno cubriéndole la mitad inferior del rostro.
La piel del tercio superior de la cara lucía enrojecida, las cejas chamuscadas y los ojos inyectados en sangre debajo de un rictus de aparente desorientación.
Arbona dio tres pasos al frente, interceptando el paso de los sanitarios en cuanto la camilla pisó el suelo firme del muelle.
—Un momento —ordenó el inspector mostrando la placa.
—Por favor, agente, tiene una contusión torácica e inhalación de gases —lo frenó el médico de la UVI móvil, sujetando el cabecero de la camilla—. Lo llevamos directo a Son Espases para observación y analítica de gases en sangre.
Arbona ignoró al facultativo y se inclinó sobre Gonzalo hasta quedar a escasos palmos de su cara. Torres se apostó a la derecha, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.
—Magnífica representación, Gonzalo —dijo Arbona con la voz convertida en una hoja de afeitar—. Pero el fuego en mitad del mar no borra las mentiras de tierra.
Gonzalo entreabrió los ojos con lentitud, afectado por la luz directa del sol.
Levantó una de las manos vendadas con una torpeza estudiada y se bajó levemente la mascarilla de plástico hacia la barbilla.
Un hilo de voz ronco y desgarrado salió de sus labios, acompañado de una tos seca que le hizo contraer el rostro de dolor.
—Un... un fallo eléctrico en la sentina, inspector —musitó Gonzalo, forzando la vista para sostenerle la mirada a Arbona—. El motor empezó a arder en segundos... casi no salgo vivo.
—Saliste corriendo de puerto en cuanto viste que la policía estaba en la marina —intervino Torres, dando un paso al frente—. Dejaste tu propio turismo estacionado en la plaza del amarre 412. En tu declaración dijiste que no tenías ninguna relación con ese puerto ni con la Boom-Boom .
Gonzalo cerró los ojos un instante, respirando con dificultad mientras fingía un espasmo de dolor en las costillas. Cuando volvió a mirar a Arbona, en el fondo de sus pupilas irritadas por la sal quemaba un destello frío de arrogancia.
—Estaba... muy asustado —susurró Gonzalo con la garganta deshecha, volviendo a ajustarse la mascarilla con la mano enguantada en gasas—.
Júlia descubrió que yo... que tenía una relación con otra mujer y amenazó con contárselo todo a Iris para arruinarme la vida.
Cuando vi a la policía pensé que venían por sus amenazas...
Entré en pánico y solo quise salir al mar a pensar.
Mi abogado, el señor Salom, ya está informado.
Hablaré cuando los médicos me den el alta.
—Conserva el oxígeno, Gonzalo. Lo vas a necesitar —le espetó Arbona sin pestañear—. Has hundido la lancha en el mar, pero el cerco se está cerrando. Nos vemos en el hospital.
El médico empujó la camilla con urgencia hacia las puertas traseras abiertas de la ambulancia.
Arbona y Torres se quedaron inmóviles en el muelle de Porto Pi, viendo cómo la UVI móvil cerraba las portezuelas de golpe, activaba las sirenas y salía a toda velocidad hacia la autovía en dirección al hospital.