CAPÍTULO 36
E l rumor sordo de los rotores cortó el silencio del mar abierto mucho antes de que la sombra del helicóptero proyectara su silueta sobre el agua.
Tirado en el fondo gomoso de la balsa autoinflable, Gonzalo apenas podía mover los hombros.
El esfuerzo desmesurado de aflojar los manguitos, la sacudida de la deflagración que lo había arrojado contra la borda de la lancha y el frenesí por saltar al agua le habían dejado los nudillos desollados, la piel abrasada por el salitre y las costillas palpitando bajo un dolor agudo.
A un par de cientos de metros, la estructura de la Boom-Boom era ya una pira informe que se hundía irremediablemente por la popa, dejando una mancha iridiscente de combustible sobre la superficie.
Desde la compuerta lateral del helicóptero, un rescatador con casco e indumentaria de alta visibilidad le hizo señales enérgicas con los brazos abiertos: quédese abajo, mantenga la posición . Segundos después, la voz amplificada por la megafonía de a bordo resonó sobre el trueno de los motores:
Balsa localizada. Mantenga la calma. Embarcación de salvamento marítimo a tres minutos de su posición.
—Gonzalo volvió a dejarse caer hacia atrás, apretando los dientes para ahogar una mueca.
Todo estaba saliendo según lo planeado. La maniobra era limpia: el barco en el lecho marino a trescientos metros de profundidad y él, rescatado oficialmente en alta mar con el cuerpo cubierto de magulladuras que atestiguaban un supuesto accidente catastrófico.
Poco después, el bramido pesado de dos motores diésel de gran cilindrada anunció la llegada de la unidad de rescate.
La Salvamar emergió a toda velocidad entre la marejada, cortando las olas con su característico casco naranja y blanco, levantando dos murallas de espuma a cada lado.
Al aproximarse a la balsa, el patrón redujo revoluciones con pericia, dejando la nave a la deriva por la banda de babor a escasos metros del flotador para no volcarlo con la marejadilla de la estela.
Dos marineros pertrechados con chalecos y cascos amarillos se apostaron en la borda de popa. Uno de ellos le lanzó un cabo con peso en el extremo.
—¡Asegure el cabo a la guirnalda de la balsa! —gritó el marinero por encima del ralentí de los motores—. ¡Tranquilo, amigo, ya lo tenemos!
Gonzalo cobró el cabo con torpeza calculada, sujetándolo con manos temblorosas al estrobo de la barca de goma.
Con maniobra firme, los marineros tiraron del cabo hasta pegar la balsa al costado del barco de rescate.
Dos pares de brazos robustos se inclinaron sobre la borda, lo sujetaron por las axilas y el chaleco salvavidas, y lo izaron de un solo tirón sobre el suelo metálico antideslizante de la cubierta.
El impacto contra el aluminio le sacó un gemido sordo.
—Paso a cubierta, sujeto consciente, pero con hipotermia ligera y magulladuras —informó el marinero por el walkie-talkie mientras lo cubría de inmediato con una manta térmica dorada—. Vamos adentro, señor, se va a poner bien.
Mientras lo guiaban en volandas hacia la cabina climatizada para tomarle las constantes, Gonzalo se dejó llevar, manteniendo la mirada perdida y los labios entreabiertos.
Bajo la manta de aluminio, sintió cómo el corazón se le estabilizaba.
La Boom-Boom era ya historia en el fondo del mar.
Que viniera ahora el inspector Arbona a pedirle explicaciones.
El marinero acompañó a Gonzalo hasta el banco fijado a la cabina. Gonzalo se dejó caer con pesadez, encorvándose sobre sí mismo mientras tiritaba bajo la manta dorada. El papel térmico crujía con cada uno de sus espasmos simulados, pero el dolor físico que sentía era completamente real.
El técnico de rescate se arrodilló frente a él con el maletín de primeros auxilios abierto.
Al retirarle el chaleco, la luz fluorescente de la cabina dejó al descubierto las heridas de la deflagración: el flequillo y las cejas estaban parcialmente chamuscados, la piel del rostro mostraba un moretón, y unas finas líneas de hollín le marcaban las fosas nasales y la comisura de los labios.
Con manos ágiles, el marinero le colocó un pulsómetro en el índice y le ajustó una mascarilla de oxígeno.
—Tranquilo, respire despacio por la nariz —le indicó el técnico, mientras le examinaba las manos—. Tiene ampollas de segundo grado superficial en las palmas y la piel de los nudillos desollada. ¿Dónde le duele?
Gonzalo se presionó el costado izquierdo con un gemido sordo, apartando la vista. Los ojos, inyectados en sangre y llorosos debidos al humo del incendio, apenas podían aguantar la luz.
—El... el pecho —musitó con una tos perruna y afónica que sonaba desgarradora tras la mascarilla—. La onda expansiva me tiró... contra la borda del barco antes de saltar.
El técnico le levantó con cuidado el polo húmedo, descubriendo un hematoma violáceo que ya empezaba a verse sobre las costillas flotantes.
—Inhalación de humo moderada, saturando al noventa y tres por ciento —dictaminó el marinero, tomándole el pulso—. Quemaduras superficiales en cara y manos, contusión torácica severa y los ojos muy irritados por el combustible. Conserve el aire, no hable más.
En la rueda de timón, el patrón de la Salvamar ya tenía el micro del equipo de radiocomunicaciones pegado a los labios mientras daba todo el gas a los motores, poniendo proa hacia la bahía de Palma.
—Salvamento Palma, aquí Salvamar . Rescate completado a las doce y cuarenta y siete horas —transmitió el patrón con tono profesional por el canal de servicio—. Tenemos a bordo al único ocupante de la embarcación Boom-Boom .
— Recibido, Salvamar —respondió la voz del operador desde el Centro de Coordinación—. ¿Estado del náufrago?
—Varón de cuarenta y siete años. Consciente, pero en estado de shock —informó el patrón leyendo la nota que le mostraba su compañero—.
Presenta inhalación de gases de combustión con problemas en las vías respiratorias altas, cejas chamuscadas, ampollas por quemadura en ambas palmas, traumatismo torácico por contusión directa y conjuntivitis por humo. Saturación remontando con oxígeno.
— Copiado. ¿Requerimientos para la llegada a puerto?
—Solicitamos asistencia médica de urgencia en tierra.
Coordinen con el 112 una UVI móvil de Soporte Vital Avanzado del SAMU 061 esperándonos en el pantalán de nuestra base en Porto Pi.
Estimamos tiempo de tránsito de cuarenta y cinco minutos.
Hora prevista de llegada al muelle: trece y cuarenta y cinco.
— Entendido, Salvamar. Avisamos a la central médica y a la policía judicial de homicidios. Mantengan canal seis para novedades.
El patrón colgó el micro. En el interior de la cabina climatizada, arrullado por el rugido constante de los motores cortando las olas a treinta nudos, Gonzalo cerró los ojos tras el plástico de la mascarilla.
Esas quemaduras y la fisura en las costillas dolían como el infierno, pero eran la mejor cobertura que podía haber deseado: la excusa perfecta para permanecer en silencio en el hospital mientras su abogado tomaba el control.