CAPÍTULO 35
E l inspector Arbona anotó dos palabras en su libreta con un trazo firme: Boom-Boom y Port Adriano.
La llamada de Júlia había sido breve y agitada, pero les acababa de entregar el primer hilo real del que tirar.
Al otro lado del despacho, el subinspector Torres aporreaba el teclado cruzando la información con la base de datos de capitanía marítima y la administración del puerto deportivo.
El choque contra la maraña burocrática no tardó en llegar.
Sobre el papel, la embarcación de diez metros bautizada como Boom-Boom no estaba a nombre de Gonzalo Miralles, sino de una sociedad patrimonial opaca.
El contrato de alquiler del amarre figuraba firmado por un patrón de yate extranjero ilocalizable y todos los cánones de la marina se abonaban con tarjetas corporativas emitidas fuera de España.
—El tío ha montado una pantalla de libro —gruñó Torres, girando el monitor—.
Un testaferro internacional y una empresa pantalla para que nadie vincule el barco con él.
Si nos quedamos pidiendo requerimientos bancarios y resoluciones judiciales, tardaremos semanas en demostrar que esa lancha es suya.
—Los papeles mienten, Torres, pero los lugares no —sentenció Arbona, cogiendo la placa y las llaves del coche oficial—. Vámonos al puerto a preguntar a quien de verdad sabe quién sube a ese barco.
El coche patrulla camuflado frenó en seco frente a la garita de acceso de puerto a las 12:12 h. Arbona se bajó de un salto, se aproximó a la ventanilla y extendió la imagen.
—¿Conoce a este hombre de la fotografía? ¿Ha estado por aquí en algún momento?
Tomeu alargó la mano, cogió las gafas de vista cansada del mostrador, se las acomodó sobre la nariz y examinó el rostro de la foto unos segundos antes de alzar la vista.
—Sí, claro... es Gonzalo Miralles. Ha pasado hace un rato.
—¿Cuándo exactamente? —interrumpió Torres, asomándose al hombro de su superior con la voz cargada de urgencia.
—Pues... hace diez minutos —respondió Tomeu, rascándose la barbilla con parsimonia—. Entró rápido, ni se detuvo a decir nada.
—¿Sabe qué número de amarre tiene su embarcación? —preguntó Torres, inclinándose sobre el quicio de la ventana.
—No, el número exacto lo desconozco —admitió el vigilante negando con la cabeza—, pero si van al edificio de capitanía, allí se lo facilitarán en el ordenador al momento. Tienen todo el registro de plazas al día.
Arbona no lo pensó dos veces.
—Torres, ve volando a capitanía a por el amarre exacto. Yo me adelanto andando a ver si encuentro la Boom-Boom . ¡Muévete!
Torres salió a la carrera hacia el edificio de administración, mientras el inspector se internaba a paso ligero entre las pasarelas del puerto. El recinto deportivo, desplegado en una sucesión interminable de avenidas de hormigón, era un laberinto bajo el sol de mediodía.
Al tratarse de la zona reservada para las embarcaciones de gran potencia y mayor eslora, la lancha debería estar al final de la marina. A Arbona le llevó cerca de cinco minutos de carrera esquivar amarres, sorteando a marineros y turistas, hasta alcanzar el tramo del último pantalán.
Justo cuando pisaba la entrada de la pasarela de madera, el teléfono en su bolsillo sonó insistente. Era Torres.
—¡Inspector! —gritó su compañero al otro lado de la línea, con la respiración entrecortada—. ¡Es el amarre 412! ¡Al fondo del último pantalán, a la derecha!
—¡Ya estoy aquí! —respondió Arbona acelerando el paso.
El inspector corrió por el pantalán … 409, 410, 411. Sin embargo, al alcanzar la columna del amarre 412, se frenó en seco.
La plaza estaba completamente vacía. En el agua, la marejada de espuma blanca agolpada contra los pilotes y un denso olor a combustible recién quemado atestiguaban que los motores habían arrancado hacía escasos segundos.
Sobre la madera, las cuerdas de amarre yacían tiradas de cualquier manera sobre el pantalán.
Arbona se pegó al borde del pantalán y alzó la vista hacia la bocana del puerto: a medio kilómetro de la salida, la silueta aerodinámica de la Boom-Boom cortaba la superficie del mar a máxima potencia, dejando una estela furiosa en dirección a alta mar.
Gonzalo se les había escapado por el margen de un suspiro.
Arbona apretó los dientes, sintiendo cómo la adrenalina le encendía la sangre, y dio media vuelta. A unos metros de distancia, Torres aparecía corriendo con la camisa empapada en sudor y la mano apoyada en la culata de la pistola.
—¡Inspector! En capitanía confirman que la Boom-Boom es una Fairline de diez metros y...
—Llegas tarde, Torres —lo cortó Arbona señalando la marejada que se disipaba en la bocana—. Se nos acaba de escapar por dos minutos.
El subinspector miró el hueco vacío del amarre 412 y después el coche aparcado justo enfrente.
—Espera... ¿ese no es el Audi A8 Coupé de Gonzalo? Lo ha dejado perfectamente estacionado en su propia plaza.
—No es estúpido, Torres, está acorralado. Ha escuchado a Júlia o nos ha visto llegar y ha tirado por la vía rápida. Ese coche es la prueba de que nos mintió en la cara sobre Port Adriano. Acordona el vehículo, llama a la científica y que levanten hasta el último resto de polvo de la tapicería.
Mientras el subinspector marcaba el número de la central, Arbona caminaba hacia el coche patrulla presionando el teléfono contra la oreja. Se conectó en multiconferencia con el centro de coordinación de salvamento marítimo de Palma y la sala de operaciones del servicio marítimo de la guardia civil.
—Habla el inspector Arbona, del grupo de homicidios.
Requiero posición fija por radar y respuesta de interceptación para una embarcación rápida clase day cruiser , diez metros de eslora, bautizada como Boom-Boom .
Rumbo sudoeste a máxima potencia desde la bocana de Port Adriano. Intenta huir mar adentro.
—Aquí el oficial de guardia del SEMAR —resonó una voz entre interferencias de radio—. Inspector, un barco de esa categoría con los motores a fondo puede desarrollar entre treinta y cinco y cuarenta nudos sin despeinarse. Va directo hacia mar abierto.
—¿A qué hora tienen una patrullera en posición de interceptarlo? —demandó el agente mientras abría la puerta del coche patrulla.
A través del altavoz se escuchó el tecleo frenético del operador de tráfico marítimo al cruzar las coordenadas.
—Imposible darle alcance por superficie, inspector.
Haga números. Nuestra Salvamar más cercana está amarrada en Porto Pi.
Entre que la tripulación arranca, suelta amarras y cubre la distancia hacia el suroeste a treinta nudos de crucero, ese barco nos sacará más de veinte millas de ventaja.
Para cuando lleguemos a su altura, estará rozando aguas internacionales.
—¿No pueden recortarle la distancia?
—Por mar, no. Lleva demasiada ventaja y más velocidad.
La única baza que nos queda para no perderlo de vista es el aire.
Voy a autorizar el despegue inmediato del helicóptero Helimer desde la base de Son Sant Joan .
Tardan unos quince minutos en calentar rotores y despegar, más doce minutos de vuelo directo.
Estarán sobre su vertical a las doce y cuarenta y cuatro.
Arbona miró su reloj de pulsera. Marcaba las 12:22 h.
—Envíen el helicóptero ya —ordenó el inspector con la mandíbula apretada—. No dejen que esa lancha desaparezca del radar. Ese tipo sabe que lo tenemos acorralado en tierra y va a hacer lo que sea para salir de la isla.
A las 12:44 h, el retumbar continuo de los rotores del helicóptero Helimer 201 cortaba el cielo despejado a casi trescientos metros sobre el mar balear. En la cabina, el piloto ajustó las gafas de sol mientras corregía la trayectoria fijada por el radar de búsqueda.
A quince millas exactas de la costa de Calvià, el azul infinito del Mediterráneo quedaba fracturado por una cicatriz inconfundible.
— Base, aquí Helimer 201 — resonó la voz del comandante por el canal de emergencia, retransmitida en directo a la emisora del coche patrulla donde Arbona apretaba el volante con los nudillos blancos—.
Contacto visual a catorce millas y media al sudoeste.
Tenemos una densa columna de humo negro subiendo en vertical.
Repito, humo denso de combustión de fibra y gasolina.
Al otro lado de la línea, Arbona contuvo el aliento.
—¿Identifican la nave? — interrumpió el inspector, pegando el teléfono a la oreja mientras circulaba por la autovía hacia el puerto de Palma.
—Es la Boom-Boom , inspector. O lo que queda de ella —informó el piloto, inclinando el aparato para iniciar una maniobra de descenso en espiral—.
La embarcación ha sufrido una explosión o un incendio catastrófico en la zona de motores.
El casco está envuelto en llamas de proa a popa y arde con extrema virulencia.
Se está anegando por la popa... se va a ir al fondo en cuestión de minutos.
—¿Y el patrón? ¿Ven al patrón? —demandó Arbona con el pulso acelerado.
El copiloto del helicóptero enfocó la cámara térmica de alta resolución hacia las aguas que rodeaban la pira de fuego y fibra de vidrio calcinada.
—Positivo, inspector —anunció el copiloto por la radio, con tono técnico y despejado de emoción—. A unos doscientos metros a sotavento de la nave en llamas hay una balsa salvavidas. Vemos a un único ocupante en el interior. Lleva chaleco salvavidas y nos está haciendo señales con los brazos.
En la cabina del coche policial, Torres miró a su superior con los ojos desencajados.
—¡El hijo de puta ha quemado el barco y se ha tirado al agua! —masculló el subinspector.
— Helimer 201 a Control —continuó la voz del piloto desde el aire—. La balsa está estable a la deriva. Iniciamos maniobra de estacionario sobre la posición para mantener contacto visual directo y guiar a la Salvamar , que viene en camino. El naufrago parece consciente y fuera de peligro inmediato.
Arbona cerró el puño sobre el volante hasta hacerse daño.
Gonzalo no huía a la desesperada hacia aguas internacionales; había planificado el sacrificio de la nave en alta mar para sepultar el plotter , los motores y cualquier resto biológico bajo el agua.
Iba a regresar a tierra no como un prófugo acorralado, sino como una víctima traumatizada de un trágico accidente en el mar.