Mar de fondo CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

J úlia colgó el teléfono y dejó caer el brazo a lo largo del cuerpo, sintiendo cómo el temblor de sus dedos amenazaba con hacer volar el terminal contra el suelo.

Las palabras de su nuevo abogado aún resonaban en sus oídos con el peso de una sentencia definitiva.

Los agentes habían registrado hasta la última caja del despacho de Toni en el hospital y la gargantilla no había aparecido por ninguna parte.

Para rematar el desastre, el letrado le acababa de confirmar que el encargado del restaurante continuaba en coma inducido.

Sin joya en el almacén y sin testigo a quien interrogar, todas las puertas se le cerraban en la cara.

La desesperación la ahogaba. La pérdida de peso era alarmante, toda la ropa le venía grande.

Atrapada entre cuatro paredes y devorada por la impotencia, decidió salir a dar un paseo para despejar la mente.

La marea de periodistas y cámaras de televisión que durante días había asediado el portal finalmente se había disipado al no haber novedades, permitiéndole pisar la calle sin el temor de ser asaltada por los micrófonos.

Al cruzar el umbral y disponerse a cerrar la puerta, Júlia se frenó en seco. Al otro lado de la verja la esperaba Borja, que se había quedado con la mano alzada a milímetros del timbre.

—¡Hola, Júlia! —saludó el pequeño con la espontaneidad inocente de sus ochos años recién cumplidos—. ¿Ha vuelto ya Marc de casa de sus abuelos?

—Todavía no, cariño —respondió Júlia, haciendo un esfuerzo sobrehumano por recomponer el gesto y disimular la angustia de su rostro—. Sigue con sus abuelos.

Buscando un instante de cortesía para no hacerle un feo al hijo de su vecina, Júlia se inclinó levemente hacia él con una sonrisa amable.

—¿Y tú qué tal, Borja? ¿Cómo van las vacaciones? ¿Has hecho algo especial estos días?

—No mucho... Lo de siempre —respondió el niño encogiéndose de hombros, aunque enseguida se le iluminó la mirada—.

Pero me voy hoy mismo de campamento a La Victoria con los del cole.

Estoy preparando la mochila y en un rato me pasará a recoger el bus para ir a Alcudia.

Ah, y el otro día mi papá me llevó a dar un paseo en una lancha enorme que es de la empresa.

Júlia sintió cómo la sangre se le congelaba en las venas y el color desaparecía por completo de sus mejillas.

Tuvo que aferrarse al marco de la puerta para no dar un paso atrás.

“Una gran lancha. La embarcación de la empresa de Gonzalo” pensó.

Con el corazón batiéndole desbocado en la garganta, contuvo el aliento y logró modular su voz para sonar casual, como si solo fuera una vecina curioseando.

—Ah, ¿sí? Qué suerte... ¿Y dónde dice tu padre que tiene amarrada esa lancha tan grande? — preguntó mientras se dirigía a la verja que daba a la calle.

—En Port Adriano —respondió el niño sin el menor titubeo, columpiándose sobre sus zapatillas.

Una sonrisa amarga y victoriosa se dibujó de forma imperceptible en la comisura de los labios de Júlia. Las piezas del puzle acababan de encajar con una precisión escalofriante.

—¿Y te lo pasaste bien? —preguntó Júlia, acariciándole la cabeza.

—¡Genial! Molaba un montón porque corría muchísimo sobre el agua.

—Me alegro mucho, Borja —le dijo Júlia—. Pásalo muy bien en el campamento y en cuanto hable hoy por teléfono con Marc le digo que le mandas recuerdos.

—¡Vale! ¡Dile que me llame cuando vuelva! — gritó el crío mientras salía de vuelta hacia su jardín.

Júlia echó la llave a la verja. Al pisar el asfalto de la calle bajo el sol abrasador de la mañana, la desesperación que la atenazaba minutos antes se había transformado en una determinación helada. Sacó el teléfono del bolsillo para llamar al inspector Arbona.

Sin embargo, tras dar apenas unos pasos, se frenó en seco y se giró bruscamente.

—¡Borja! —gritó Júlia alzando la voz sobre la calma matutina de la urbanización. ¿Cómo se llama la lancha de tu padre?

El niño, que ya había entrado en el jardín y estaba a punto de abrir la puerta principal de la vivienda, se dio la vuelta y se ahuecó las manos alrededor de la boca para responder a voces:

—¡Boom-Boom! ¡Se llama Boom-Boom!

Júlia asintió, memorizando la clave exacta que le entregaría a la policía, y retomó su marcha a paso ligero.

Jamás llegó a percatarse del leve crujido de las hojas al otro lado del muro.

En el jardín, agazapado tras la hiedra tupida y con las tijeras de podar suspendidas en el aire, Gonzalo permanecía petrificado. Lo había escuchado todo.