Mar de fondo CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

E l coche patrulla camuflado avanzaba a trompicones entre el tráfico denso de la avenida del Paseo Marítimo. En el interior, el aire olía a cuero recalentado y a humo denso.

El subinspector Torres tosió levemente y bajó la ventanilla un par de centímetros para dejar salir la nube gris que se acumulaba en el techo.

—¿No habías dejado de fumar, inspector? —preguntó Torres, mirando de reojo el cigarrillo que Arbona sostenía entre los dedos.

Arbona apuró la calada antes de sacudir la ceniza por la rendija del cristal.

—Casi lo había conseguido —respondió el veterano con voz áspera—. Pero el caso que tenemos entre manos me ha hecho recaer. Con días de veinte horas frente a la pantalla y la presión del comisario en el cuello, el tabaco es lo único que me mantiene despierto.

El Paseo Marítimo de Palma, denominado oficialmente avenida de Gabriel Roca, recorre cinco kilómetros y medio bordeando la bahía.

Nace a los pies del Parc de la Mar, donde la majestuosa silueta de la Seu —cuya construcción se inició en 1229 y se prolongó durante unos tres siglos— se refleja sobre el lago artificial junto a las antiguas murallas.

Pegado a la catedral se alza el Palau de la Almudaina, escenario de la tradicional recepción estival de la familia real.

Siguiendo la línea de la costa se suceden el Consolat de Mar, sede de la presidencia del Govern de les Illes Balears, y Sa Llonja, joya del gótico civil del siglo XV que funcionó como centro neurálgico del comercio marítimo entre Europa, el norte de África y Oriente.

Más adelante, la fachada marítima alberga el Real Club Náutico de Palma y el Club de Mar acabando en Porto Pi cuyo puerto histórico alberga uno de los faros en funcionamiento más antiguos del mundo y un centro comercial.

Tras tres años de obras, el paseo ha culminado una remodelación integral orientada a reducir el tráfico rodado, ganar zonas verdes y devolver el protagonismo a los peatones.

El inspector tiró la colilla por la ventanilla y giró el volante para encarar el tramo final de la avenida, donde se alzaba el imponente edificio de cristal donde Gonzalo Miralles tenía sus oficinas.

Mientras apuraban los últimos minutos antes de llegar, los dos policías repasaron por enésima vez el mapa que habían ido componiendo durante las últimas veinticuatro horas.

—El volcado de datos de ayer ha sido demoledor —resumió Torres, consultando su libreta de notas—.

Tras un día entero cruzando registros de la capitanía marítima, licencias de navegación, matrículas de vehículos industriales y escrituras de propiedad en el suroeste de la isla, las piezas empiezan a encajar.

Tenemos confirmada la finca de Sencelles: el viejo huerto del abuelo, rehabilitado a nombre de una sociedad patrimonial de la familia Miralles.

Un sitio totalmente aislado, rodeado de matorral y sin vecinos a la vista.

—Un lugar perfecto para aislar a alguien sin levantar sospechas —añadió Arbona, ajustándose el espejo retrovisor—. ¿Y el tema de la embarcación?

—En capitanía marítima nos consta oficialmente que Gonzalo es armador del Sant Antoni , un llaüt tradicional de madera amarrado en el club náutico de Palma —explicó Torres.

Arbona sonrió de lado, con una mueca fría y calculadora.

—Por eso le vamos a tender una trampa —sentenció el inspector, aparcando el vehículo en la zona reservada frente al edificio de cristal—.

Sabiendo que en Port Adriano no hay ni rastro de su nombre en los papeles y que oficialmente solo consta su llaüt , le soltaremos de sopetón que tenemos constancia de que tiene una segunda embarcación amarrada allí.

Si no oculta nada, se extrañará o se reirá del error.

Pero si tiene algo que ver con la lancha rápida de Port Adriano y la desaparición de Fany, saltará de inmediato a cubrirse las espaldas usando la coartada del llaüt .

Cinco minutos después, el ascensor panorámico los dejó en la última planta. Las oficinas de Gonzalo Miralles destilaban el lujo sobrio del éxito financiero: suelos de mármol pulido, mamparas de cristal insonorizado y ventanales con vistas privilegiadas sobre el puerto deportivo de la ciudad.

Gonzalo los recibió en su despacho sin perder la compostura. Vestía una camisa de lino azul, con las mangas ligeramente remangadas, y les ofreció asiento con una sonrisa de anfitrión acostumbrado a controlar cualquier situación.

—Inspectores... ¡Qué sorpresa! — dijo Gonzalo, apoyando las manos sobre su gran mesa de diseño —. Supongo que vienen a informarme sobre cómo va la situación de mi vecino Toni. Júlia está destrozada y en el barrio todos estamos consternados con el rumbo que ha tomado el caso.

Arbona se mantuvo de pie, paseando la mirada por el amplio ventanal antes de clavarla fijamente en los ojos del empresario.

—En realidad, señor Miralles, estamos cerrando algunas comprobaciones rutinarias sobre el entorno y las propiedades de los vecinos de Palmanyola — empezó con tono distendido—.

Por ejemplo, sabemos que pasa usted bastante tiempo en el interior de la isla, en la casa situada en el término municipal de Sencelles.

Gonzalo no inmutó el gesto. Sostuvo la mirada del inspector con una serenidad perfecta y dibujó una mueca de suave nostalgia.

— Ah, Sencelles... Sí, es una propiedad familiar —respondió Gonzalo con fluidez —.

Mi abuelo cultivaba allí la tierra. Le tengo un cariño enorme y me he gastado un dineral en rehabilitar la casa.

Voy algunas tardes a cuidar de cuatro acelgas y desconectar del estrés de Palma.

Es un refugio muy tranquilo, pero no creo que mis hortalizas tengan mucho que ver con la desaparición de la señorita Estefania Moreno.

— Un sitio muy aislado, ideal para buscar tranquilidad — comentó Arbona, dando un paso hacia el escritorio —.

Y hablando de vías de escape y afición al mar, queríamos confirmar otro detalle.

Sabedor de su pasión por la navegación, tenemos registrado que tiene una embarcación amarrada en Port Adriano.

La sonrisa de Gonzalo no desapareció, pero sus ojos sufrieron un microsegundo de fijeza absoluta. La reacción fue tan rápida que un observador inexperto la habría pasado por alto, pero los agentes notaron cómo la mandíbula del empresario se tensaba de forma imperceptible.

Gonzalo reclinó la espalda contra el sillón de piel, dejó escapar una leve risotada llena de condescendencia y negó con la cabeza antes de responder con una precisión milimétrica, casi memorizada:

—Se equivocan de cabo a rabo, inspector.

Mi barco es un llaüt tradicional de madera de ocho metros, el Sant Antoni .

Está amarrado en el club náutico de Palma, no en Port Adriano ni en Puerto Portals.

Además, lleva tres meses varado sin salir al agua porque tengo el eje del motor averiado a la espera de un recambio del astillero.

Puede llamar al capitán del puerto o revisar las cámaras del pantalán cuatro; el barco no ha movido el casco de allí en lo que va de verano.

El silencio que siguió en el despacho fue denso.

Gonzalo sostuvo la mirada del inspector con una calma impenetrable.

Sin embargo, al ver la rapidez y la seguridad matemática con la que el empresario se había apresurado a escudarse en el llaüt averiado para desvincularse por completo de un puerto donde teóricamente no había ningún registro a su nombre, Arbona supo en ese preciso instante que Júlia no estaba loca: Gonzalo Miralles acababa de picar el anzuelo.