Mar de fondo CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

L a puerta del despacho del comisario se cerró con un chasquido sordo que pareció aislar el espacio del zumbido constante de la comisaría.

El inspector Arbona permaneció de pie frente a la gran mesa de caoba, mientras el comisario examinaba el expediente de Antonio Sureda con el ceño fruncido y una taza de café humeante entre las manos.

—Espero que tengas una razón muy sólida para interrumpirme a esta hora, inspector —dijo el comisario sin levantar la vista del informe—. La prensa sigue presionando con la prisión provisional de Sureda y no estamos para perder el tiempo.

—Tiene que ver con la abogada desaparecida, comisario —empezó Arbona, con la voz grave y calmada—. La penalista de cuarenta años que se esfumó la semana pasada.

El comisario alzó la cabeza, quitándose las gafas de lectura con un gesto cansado.

—Te dije que el caso lo lleva el grupo dos. No hay puntos de conexión.

—Los hay si miramos más allá del expediente oficial —insistió Arbona, dando un paso hacia el escritorio—.

Ayer por la tarde vino a verme Júlia Serra, la mujer de Sureda.

Estaba desesperada, pero no me trajo llantos ni súplicas vacías.

Me dio nombres, horas y detalles concretos.

Me habló de su vecino, Gonzalo Miralles.

El comisario entrecerró los ojos, recordando la ficha del entorno de Palmanyola.

—Miralles... El empresario que le buscó al abogado penalista, ¿no? El hijo del hostelero.

—El mismo —asintió Arbona—. Júlia lo vio despedir a una mujer a las cuatro de la madrugada con un beso apasionado el 19 de junio, mientras su esposa estaba de viaje.

Sabe que tiene una finca aislada en Sencelles y que se compró una embarcación hace un año.

Pero hay algo peor: Gonzalo estuvo a solas en el recibidor de la casa de Júlia, junto al perchero donde colgaba la ropa de Toni, antes de que la científica encontrara el pendiente de Fany en el bolsillo.

El comisario dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco.

—Arbona, esa mujer está intentando salvar a su marido a la desesperada. Es comprensible, pero acusar al vecino que la está ayudando, basándose en un lío extramatrimonial y un perchero...

—¡Mire la fotografía de la prueba tres del registro, comisario!

—lo cortó Arbona, sacando la ficha del atestado del bolsillo de su chaqueta y golpeando el informe sobre la mesa con el índice—.

Es una cazadora de entretiempo de tejido denso y forro reforzado.

El 4 de junio en Palma estábamos a más de veinticuatro grados a las diez de la noche.

Nadie sale a la calle ni se va al Coll de Sóller a mirar las estrellas con una prenda así.

Toni no la llevaba puesta esa noche; llevaba colgada en la entrada desde abril.

Quien le plantó la perla no conocía el armario de Sureda ni su rutina; simplemente metió la mano en la primera chaqueta que encontró a mano en el recibidor mientras fingía llamar por teléfono a su abogado.

El comisario arrugó el entrecejo, examinando durante unos segundos la imagen de la cazadora colgada en el perchero antes de reclinar la espalda contra su sillón.

—Sigue siendo una interpretación circunstancial, Arbona. ¿Y la abogada?

—Piénselo, comisario —prosiguió Arbona con rotundidad—. Una joven y atractiva profesora desaparecida a principios de junio sin dejar rastro biológico. Y ahora, una abogada de cuarenta años que se esfuma la víspera de San Juan, el veintitrés de junio. Si ambos casos están relacionados...

—Arbona, el grupo dos tiene esa carpeta prácticamente cerrada —lo interrumpió el comisario, mostrándole una nota interior sobre la mesa—.

El dos de julio entró un correo electrónico oficial desde el servidor corporativo de la abogada dirigido al bufete y a sus padres.

Explica claramente que ha conocido a alguien allí y que ha decidido quedarse a vivir en Brasil.

Arbona soltó una carcajada amarga, negando con la cabeza.

—¡Un correo electrónico lo envía cualquiera desde un portátil en cualquier rincón del mundo, comisario! Es una pantalla de humo digital de manual. El tipo que se llevó a Fany sabe perfectamente cómo montar una coartada informática para ganar tiempo.

—El grupo dos está haciendo las comprobaciones internacionales de rutina con Interpol —zanjó el comisario con severidad—. No voy a permitir que mezcles la investigación de Antonio Sureda con un asunto privado. Deja trabajar a tus compañeros.

El silencio se adueñó del despacho. El comisario se levantó de la silla y caminó hacia la ventana, observando el tráfico del Paseo de Mallorca mientras sopesaba las palabras de su mejor inspector.

Sabía que Arbona raramente se equivocaba cuando se le metía un pálpito entre ceja y ceja, y el detalle técnico de la cazadora fuera de temporada en el registro le inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Gonzalo Miralles es un tipo con recursos, relaciones y un apellido pesado en Mallorca —advirtió el comisario, girándose despacio—. Si damos un paso en falso contra él sin pruebas directas, nos lloverán querellas por todas partes.

—No pido una orden de registro ni una detención, comisario —repuso Arbona con la mirada fija en su superior—. Solo pido margen para tirar del hilo.

El comisario suspiró, volviendo a apoyarse en el borde de su mesa.

—De acuerdo. Haz un rastreo silencioso. Que Torres busque absolutamente todo lo que haya sobre Gonzalo Miralles: propiedades a su nombre o de sociedades, movimientos bancarios, amarres y licencias de armas si las tiene. Y luego, vete a verle.

—¿Le cito en comisaría?

—No, nada de citaciones oficiales por ahora —sentenció el comisario— .

Búscalo en su terreno. Hazle un interrogatorio informal, como una simple toma de contacto de rutina para completar el atestado del vecindario.

Apriétale de manera sutil y observa cómo reacciona.

Quiero saber si ese empresario perfecto se pone nervioso cuando la policía le nombra Sencelles.