CAPÍTULO 30
E l inspector Arbona estaba absorto pensando en cuándo podría tomarse un par de días de vacaciones.
El ritmo de trabajo que llevaba el último mes estaba a punto de acabar con él.
Ya no estaba para esos trotes. Torres entró en su despacho tras un breve toque en la puerta y dejó sobre la mesa dos sobres oficiales recién llegados del juzgado de instrucción.
—¿Has visto lo de la abogada? —preguntó Torres, sirviéndose un vaso de agua de la jarra de plástico.
El policía giró la cabeza levemente, arrugando el entrecejo.
—He oído algo en el cambio de turno. ¿Una denuncia de esta madrugada?
—Sí, una abogada de unos cuarenta años, penalista, soltera —asintió el subinspector, hojeando la primera página de la nota interior—.
La vieron por última vez la víspera de Sant Joan , el veintitrés de junio.
La familia pensaba que se había ido de viaje de negocios fuera de la isla, pero al no presentarse ayer a una vista en los juzgados saltaron todas las alarmas.
—¿El comisario jefe nos lo va a endosar a nosotros? —inquirió Arbona con un matiz de cansancio, pensando en la presión mediática que ya soportaban.
—No, de momento no. Le ha dado el caso al equipo de investigación dos. Todavía está en fase muy inicial y, en principio, no le ven ninguna relación con lo nuestro. Son perfiles completamente distintos y no hay un solo punto de contacto con el entorno de Fany ni de Antonio Sureda.
—Bueno, ¿qué me traes Torres? — preguntó por fin Arbona
—Las actuaciones completas sobre las peticiones de la defensa, inspector —anunció bajando la vista hacia los folios firmados por la policía judicial— . El juzgado nos dio prioridad absoluta y los equipos han cerrado las dos comprobaciones este fin de semana.
Arbona se reclinó en su sillón, entornando sus ojos oscuros con su habitual escepticismo.
—Empieza por el hospital, Torres. ¿Apareció la famosa joya del aniversario?
—Cero absoluto —sentenció el subinspector, negando con la cabeza—.
La policía científica se desplazó al almacén del subterráneo del hospital, donde el servicio de limpieza y archivo había depositado las cajas empaquetadas del despacho de Sureda.
Registraron una a una las carpetas de informes clínicos antiguos que había en las cajas, tal como indicó el abogado en su escrito.
Ni rastro de la bolsa, ni del tique de compra, ni de la gargantilla de 480 euros.
Arbona dejó ir un resoplido pesado, tamborileando los dedos sobre la mesa. Para el veterano policía, el resultado negativo no era más que la confirmación de lo que sospechaba desde el interrogatorio.
—Un farol de manual —murmuró con voz seca—. Antonio Sureda improvisó la historia del regalo escondido en el despacho para dar la sensación de que colaboraba y ganar tiempo en la audiencia provincial. Sabía perfectamente que allí no había nada.
—Y en cuanto al segundo punto... —prosiguió Torres, pasando la página del informe—, tampoco hemos podido obtener la declaración del encargado del restaurante.
Arbona alzó una ceja, fijando la mirada en su compañero.
—¿Por qué? ¿Se ha negado a declarar?
—No ha sido por falta de voluntad, jefe, sino por imposibilidad médica absoluta —explicó Torres—.
El encargado de sala, Miquel Oliver, estuvo de baja por una operación de menisco durante todo el mes de mayo.
Apenas un par de días antes de la desaparición de Fany, el hombre sufrió una complicación grave: una trombosis venosa derivada de la propia cirugía que degeneró en una embolia pulmonar masiva el dos de junio.
Arbona escuchó en silencio mientras Torres resumía el parte médico adjunto al atestado.
—Ingresó de urgencia en la UCI —precisamente en el mismo Son Espases— y desde entonces permanece en coma inducido y con ventilación mecánica.
Los agentes de la policía judicial se personaron en la unidad este sábado con la orden de citación, pero la dirección médica emitió un certificado tajante: la situación del paciente es crítica, está totalmente sedado e incomunicado, y los facultativos no prevén que pueda recuperar la consciencia a corto plazo para responder a un interrogatorio.
Arbona recogió los dos informes, los guardó en la carpeta principal del caso y la cerró con un golpe seco que resonó en el despacho.
Sin el collar en el almacén del hospital y con el único testigo del restaurante en la UCI, la estrategia de Salom para desmantelar el móvil pasional quedaba totalmente paralizada.
—Sureda se queda sin coartada y sin pruebas que ofrecer a la audiencia provincial —concluyó Arbona, poniéndose en pie y ajustándose la chaqueta de lino—. El auto de prisión provisional sigue tan firme como el primer día.
Sin embargo, en la mente del veterano inspector persistía una única pieza que se negaba a encajar en aquel puzle perfecto de la acusación: el insalvable descuadre de los quince minutos entre la señal de Toni en la antena del Coll de Sóller y la desconexión final del teléfono de Fany en Palma.
16:30 h.
Arbona estaba solo en su despacho echando una cabezadita y una llamada desde la recepción de la primera planta interrumpió su siesta.
Dos minutos después, Júlia cruzaba el umbral del despacho.
La tarjeta de visita que le había dado el policía, arrugada por el roce de sus dedos en el fondo del bolso, era la única ancla al que se aferraba.
Ignoraba por completo el resultado de las peticiones que el abogado había hecho al juzgado; en su cabeza solo retumbaba la urgencia de revelar lo que había descubierto sobre su vecino.
El inspector la recibió con una mueca de extrañeza.
—Señora Serra... No esperaba su visita.
—Me dio esto el día que vino a interrogarnos al instituto —dijo Júlia, depositando la tarjeta sobre la madera del escritorio con la mano temblorosa—. Me dijo que, si recordaba cualquier detalle o veía algo fuera de lo común, viniera a buscarlo.
Arbona entornó sus ojos oscuros y se reclinó despacio en su sillón.
—La escucho.
—Se están equivocando de persona. La persona que se llevó a Fany no es Toni, es Gonzalo Miralles, mi vecino —soltó Júlia sin anestesia, con una firmeza que hizo que Torres irguiera la cabeza de golpe.
Júlia no esperó réplica. Desplegó su hilo argumental de forma atropellada pero metódica: le habló del beso de madrugada en la verja mientras Iris estaba de viaje que estaba convencida de que había sedado a los niños con un antihistamínico que vio en su casa para tener la noche libre y, sobre todo, apuntó directamente al recibidor de su propia casa.
—El sábado por la tarde, cuando se llevaron a Toni a declarar, Gonzalo estuvo completamente solo en mi recibidor durante un rato —reveló Júlia, inclinándose hacia delante—.
Estaba junto al perchero, con el pretexto de llamar al abogado.
Tuvo tiempo de sobra para meter el pendiente de Fany en el bolsillo de la chaqueta de mi marido antes de que ustedes vinieran a registrar.
Y hay más: Iris me confesó que Gonzalo se compró un barco hace cosa de un año...
y tiene una finca totalmente aislada en Sencelles. ¡Investíguenlo, por favor!
El silencio que siguió fue denso. Arbona la contempló durante unos segundos eternos, evaluando la intensidad de sus palabras. El veterano policía dejó ir un largo suspiro, apoyando los codos sobre el escritorio.
—Señora Serra... Entiendo su angustia y que necesite encontrar una explicación que libere a su marido. Pero acusar al hombre que le ha conseguido al mejor penalista de la isla, basándose en sospechas sobre un perchero y un romance, no es una prueba judicial.
—¡Le estoy diciendo que ese hombre tiene una doble vida y que le tendió una trampa a mi marido! — suplicó Júlia con un nudo en la garganta — Además, si el teléfono de Fany se apagó a las diez y cuarto de la noche y a las diez mi marido estaba en la montaña, no pudo estar con Fany.
—Nosotros trabajamos con hechos probados, no con suposiciones —sentenció Arbona con voz grave, aunque de forma casi imperceptible desvió la vista hacia su libreta de notas y garabateó la palabra Sencelles en un margen—. Vuélvase a casa, Júlia. Deje que la policía haga su trabajo.
Júlia se puso en pie, abatida por la frialdad del inspector, pero advirtiendo el fugaz movimiento del bolígrafo de Arbona sobre el papel. Sabía que no la creía del todo, pero la semilla de la duda acababa de ser plantada en la comisaría.
En cuanto la puerta del despacho se cerró, Arbona volvió a abrir la carpeta del registro. Miró fijamente la fotografía de la cazadora colgada en el perchero y se pasó la mano por el mentón canoso.
Se fijó bien en la prenda. Era una cazadora de entretiempo de tejido grueso.
El veterano inspector se rascó el mentón canoso mientras la memoria le devolvía el parte meteorológico del jueves 4 de junio: en Palma, a las diez de la noche, el termómetro marcaba veinticuatro grados.
Nadie saldría a la calle ni se iría a una observación astronómica al Coll de Sóller vistiendo una cazadora tan calurosa en pleno junio en la isla.
Era una prenda que llevaba semanas colgada en el perchero, olvidada desde la primavera. Toni no la llevaba puesta esa noche.
Un chispazo de certeza le recorrió la nuca a Arbona: Júlia no estaba loca. Quien había metido el pendiente en ese bolsillo actuó con prisas, metiendo la mano en la primera prenda que encontró colgada en el recibidor mientras disimulaba con el teléfono en la oreja.