Mar de fondo CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

L a luz fría que se filtraba por el cristal del locutorio hacía que el tiempo pareciera congelado.

Cuando el funcionario abrió la puerta de hierro del módulo de preventivos, la figura de Toni apareció encogida, dando pasos cortos y vacilantes.

Llevaba una barba de una semana sin arreglar, ojeras moradas marcadas como estigmas bajo los ojos y una expresión de abatimiento absoluto que le destrozaba el alma.

Júlia apretaba las manos sobre el borde de la mesa metálica, sintiendo el impulso físico de atravesar la mampara para tocar a su marido.

Al sentarse al otro lado de la mesa, Toni alzó la vista y sus ojos se llenaron de lágrimas de inmediato al ver a su mujer.

—Júlia... —musitó con la voz rota y áspera por el cansancio.

—¿Te llegó la ropa? —preguntó Júlia a toda prisa, pegando las palmas al cristal con desesperación—. Le di una bolsa con dos mudas limpias, camisetas y pantalones a Marcos para que te la trajera ayer. ¿Te la han entregado?

Toni asintió despacio, tragando saliva con dificultad.

—Sí... me la dieron anoche en el módulo. Gracias, cariño.

—¿Cómo estás? Por favor, dime la verdad... ¿Te están tratando bien aquí dentro? —inquirió ella, recorriendo con la mirada cada herida invisible en el rostro de su marido.

—Estoy destruido, Júlia. Esto es una pesadilla —sollozó Toni, apoyando los codos en la mesa y cubriéndose la cara durante unos segundos antes de volver a mirarla—.

Te juro por la vida de Marc y de Pau que soy inocente.

Yo no le he hecho nada a Fany. ¡No le he tocado un solo pelo!

Si no te conté desde el primer día que había ido con ella en la cafetería del hospital fue solo por miedo, te lo prometo...

Tenía pánico de que malpensaras, de que te hicieras ideas raras sobre nosotros o te imaginaras una historia que jamás existió cuando solo intentaba prepararte algo bonito para nuestro aniversario.

Júlia lo escuchó en silencio, sintiendo un nudo opresivo en la garganta mientras el amor y la duda se disputaban el control de su pecho.

—Marcos vino a verme —prosiguió su marido atropelladamente, pegándose al cristal—.

Me dijo que está moviendo ficha. Pidió el jueves al juez una revisión urgente de las cajas de mi despacho que la policía no se llevó y que deben haber trasladado al almacén del hospital para encontrar el collar y el tique de compra, y también ha solicitado que citen a declarar al encargado del restaurante donde quería llevarte a cenar.

Con eso se demuestra que no había ningún romance ni nada oculto.

—Lo sé —dijo Júlia en un susurro.

Pasaron un largo minuto en silencio. Júlia entornó los ojos, apretando los labios con amargura antes de lanzar la pregunta que llevaba días carcomiéndole las entrañas:

—Cariño... si solo era eso, ¿por qué no me lo contaste todo el día que Fany desapareció? ¿Por qué no te me acercaste y me dijiste la verdad en cuanto vimos que la policía empezaba a buscarla?

Toni cerró los ojos, dejando escapar un suspiro tembloroso cargado de culpa.

—Estuve a punto de hacerlo, Júlia... Te lo juro.

¿Te acuerdas del domingo de la paella? Aquel primer fin de semana de junio, cuando estábamos en el porche, los niños jugaban en el césped y a ti te entraron los mensajes de Sacra avisándote de que la familia de Fany había puesto la denuncia en comisaría...

En ese instante me quedé helado junto a la barbacoa.

Te juro que se me pasó por la cabeza contártelo todo.

Se pasó las manos por la cara, deshecho por el recuerdo de su propia cobardía.

—Pero me dio un pánico atroz. Tuve un miedo irracional.

Pensé que, si confesaba que me había estado con ella, las sospechas recaerían inmediatamente sobre mí, que todo el mundo me señalaría y que tú no me creerías.

Y al final... mira lo que ha pasado. Mi cobardía y mi miedo han provocado exactamente la pesadilla que intentaba evitar.

Júlia pegó la palma de la mano contra la superficie fría del cristal, clavando la mirada en los ojos enrojecidos de su marido. La angustia que le había atenazado el pecho durante días empezó a disiparse, sustituida por una certeza rotunda y limpia.

—Te creo, Toni —susurró Júlia con la voz firme, sintiendo cómo las lágrimas le resbalaban por las mejillas—. Te creo. Sé que eres inocente.

Toni dejó escapar un sollozo ahogado, apoyando su propia mano sobre el vidrio, justo del otro lado de la de su mujer.

—Gracias, Júlia... Dios mío, gracias...

—Pero me siento tan culpable por no haber podido corroborar la hora exacta a la que llegaste a casa la noche que desapareció Fany... Como me tomé el somnífero, me quedé completamente traspuesta y ni siquiera te oí entrar...

—Ni se te ocurra culparte por eso, Júlia —respondió él de inmediato, apretando la mano con fuerza contra el cristal—.

Dijiste la verdad a la policía, tal y como fueron las cosas: que estabas dormida por la pastilla y que no podías saberlo.

Bastante estás haciendo ya. Además, los datos del GPS de mi teléfono móvil indican claramente dónde estuve en todo momento durante esa franja horaria.

—Ahora escúchame bien, Toni, porque no tenemos mucho tiempo —continuó ella, inclinándose hacia la mampara y bajando el tono de voz hasta un susurro veloz y concentrado—.

Nos están engañando a todos. La persona que te ha tendido esta trampa y que le hizo algo a Fany está muy cerca de nosotros. Es Gonzalo.

Toni arrugó el entrecejo, descolocado por la revelación.

—¿Gonzalo? —balbuceó, negando con la cabeza—. ¿Nuestro vecino? Júlia, pero si se ha volcado con nosotros. Él nos buscó a nuestro abogado.

—¡Porque le convenía tenerme controlada y vigilada!

—aseguró Júlia con un pulso helado—. Gonzalo es un actor formidable, Toni.

La noche del viernes, mientras Iris estaba de viaje, yo vi con mis propios ojos desde nuestra ventana cómo despedía a una mujer en la verja de su casa a las cuatro de la madrugada.

Le plantó un beso apasionado en la boca.

Tiene una doble vida a espaldas de todo el mundo.

Toni se quedó petrificado en la silla, asimilando las palabras de su esposa.

—¿Una amante? Pero Júlia... ¿qué tiene que ver eso con el pendiente en mi chaqueta?

—Piénsalo bien, Toni. El sábado por la tarde, cuando la policía te llevó a la jefatura para tomarte declaración, Gonzalo vino a casa y estuvo a solas en nuestro recibidor durante un buen rato con la excusa de llamar por teléfono a su abogado.

Tu chaqueta estaba colgada en el perchero, a medio metro de él.

Tuvo tiempo de sobra y la tranquilidad absoluta para deslizar el pendiente de Fany en tu bolsillo antes de que viniera la Científica a registrar la casa.

A Toni se le desencajó el rostro mientras la sombra de la comprensión comenzaba a aterrorizarlo.

— La mañana siguiente a la cita con esa mujer, fui a su casa y vi a Marc y a Borja levantarse completamente aletargados, mareados y quejándose de dolor de cabeza. Estoy segura de que los sedó.

— ¿Los sedó? —preguntó su marido con extrañeza.

— Con Paidoterín, no me cabe la menor duda. Les debió administrar el antihistamínico durante la cena para dormirlos del todo y evitar así que a ninguno le diera por despertarse o bajar a por agua en mitad de la noche mientras él estaba con su amante.

Toni se pasó las manos por el pelo, horrorizado al ver encajar todas las piezas del engranaje.

—Un hombre capaz de sedar a su propio hijo no tiene reparos... —musitó Toni, sobrecogido—. Pero Júlia, ¿cómo podía saber Gonzalo que yo había estado a solas con Fany? Yo no se lo conté a nadie.

Júlia apretó los labios con una sonrisa amarga de pura lucidez y se inclinó hacia el vidrio. Los ojos le ardían, pero en su mente las piezas del puzle encajaban de pronto con una lucidez helada y aterradora.

—No lo sabía, Toni. Al principio no tenía ni idea de que la conocías; debió suponer que al llevarte la policía a declarar debían tener algún indicio o prueba contra ti.

Te eligió por dos motivos mucho más oscuros: porque eras la víctima perfecta, alguien cercano y fácil de manipular para desviar la atención de la policía, y porque sospechaba que yo lo había visto con esa mujer.

Al meter el pendiente en tu chaqueta, Gonzalo no solo construyó un chivo expiatorio para salvarse él, sino que ejecutó una venganza calculada contra mí: si te hundía a ti, me destrozaba la vida a mí.

Júlia tragó saliva, sintiendo un escalofrío al rematar la trampa.

—Y entonces cometimos el error de confiar en Marcos Salom.

Le confesaste en secreto tus llamadas y tu cita con Fany para que preparara tu defensa.

Salom rompió el secreto profesional y corrió a contárselo a Gonzalo.

En ese instante, a Gonzalo le tocó la lotería: descubrió que su maniobra ciega de venganza se convertía en la coartada perfecta y terminaba de rematar la trampa que él te había tendido.

Toni la miró a través del cristal con los labios entreabiertos, sin poder articular palabra.

—Es una monstruosidad... ¿Y dónde se llevó a Fany?

—Sencelles —sentenció Júlia con la mirada fija en su marido—.

Ayer vino Iris a traerme la cena y, sin darse cuenta, me dio las dos pistas definitivas.

Me contó que la mismísima noche de la desaparición de Fany, Gonzalo se quedó a dormir en Sencelles porque había quedado con el fontanero.

Volvió a casa al día siguiente con dolor de espalda.

Le dijo a Iris que se había lesionado moviendo sacos, pero yo sé lo que fue ese dolor, Toni: fue el esfuerzo agónico de cargar con un peso muerto, el cuerpo de Fany.

Toni la escuchaba en shock.

—Y hay más —añadió Júlia, pegando aún más el rostro al vidrio—.

Iris me confesó también que hace cosa de un año Gonzalo se compró un barco.

Gonzalo es ese supuesto romance con barco del que presumía Fany, y la finca aislada en Sencelles es el posible escenario del supuesto crimen.

Voy a hacer que la policía lo investigue todo, Toni, te lo juro.

No me voy a rendir hasta sacarte de aquí.

Un golpe seco del funcionario en la puerta de hierro anunció el final del turno de visitas. Júlia pegó una última vez los labios al cristal antes de levantarse. Se alejó despacio sin apartar la mirada de su marido, dolorida por dejarlo atrás en aquella jaula de cemento.

Hoy, precisamente hoy, era el día de su vigésimo aniversario de boda.