CAPÍTULO 28
E l timbre del portero automático rompió el pesado silencio de la casa.
Júlia, que permanecía junto a la barra de la cocina con los ojos fijos en la nada, dio un leve brinco.
Sacra que había venido a verla le puso una mano en el hombro, transmitiéndole un mudo apoyo y caminó hacia la entrada para abrir.
Al cruzar el umbral del recibidor apareció Marcos Salom. El letrado vestía su habitual traje impecable y traía bajo el brazo una caja de cartón de tamaño mediano con la palabra «Familia» escrita en un lateral con rotulador negro.
—Buenas tardes, Júlia —saludó Salom tras cruzar el umbral y apoyar la caja en el suelo del recibidor—.
Quería venir a explicarte personalmente cómo están las cosas con tu marido.
Como me dijiste que te habían llamado de Son Espases para ir a por sus cosas, he decidido acercarme yo al centro y traértelas.
Bastante tienes encima como para pasar por ese mal trago.
Júlia agradeció el gesto del abogado y se acercó despacio, mirando de reojo el bulto de cartón sobre el parqué sin llegar a tocarlo. Tenía la cabeza tan colapsada que apenas le prestó atención; el agotamiento la dominaba por completo.
—¿Cómo está, Marcos? ¿Has podido hablar con él en la cárcel? —preguntó Júlia con un hilo de voz ahogado.
—Ayer tarde estuve con él en los locutorios —explicó el letrado, cruzando las manos sobre su maletín—. Toni está profundamente afectado, pero la reunión fue sumamente productiva. Me aportó dos datos cruciales que pueden dar un vuelco al atestado de Arbona.
Sacra y Júlia escucharon en tensión absoluta mientras Salom desgranaba las revelaciones de Toni.
—En primer lugar, la gargantilla que compró —prosiguió Salom con firmeza—.
Toni me juró que jamás se la entregó a Fany.
Me aseguró que la adquirió como regalo para vuestro aniversario y que, para evitar que tú la descubrieras en casa, la ocultó en su despacho de Son Espases.
Mañana mismo presentaré un escrito urgente ante el juzgado de instrucción solicitando que la policía judicial inspeccione esas cajas de archivo que han bajado al almacén.
Si el collar aparece allí con su envoltorio y el tique de compra, la hipótesis de la fiscalía sobre el regalo a Fany se desmorona.
—¿Y lo segundo? —inquirió Sacra.
—El restaurante Fera . Toni no mintió cuando dijo que llamó a Fany para pedirle recomendación sobre un sitio romántico.
Él intentó reservar por su cuenta a mediados de abril y le dijeron que estaba completo.
Fue Fany quien se ofreció a hablar directamente con el encargado de sala para conseguirle una mesa para la noche de vuestro aniversario.
Toni sostiene que Fany llegó a hacer esa gestión.
He solicitado ya la citación del responsable del restaurante para que declare como testigo.
Si confirma la versión de Toni, desmontamos el móvil pasional.
Júlia cerró los ojos, dejando escapar un suspiro de alivio tembloroso mientras apretaba los puños.
—Gracias, Marcos... De verdad, gracias —musitó.
—Mantén la calma, Júlia. Mañana muevo la maquinaria judicial. Te mantendré informada —concluyó el letrado antes de despedirse.
La puerta volvió a cerrarse. Júlia dejó la caja de «Familia» olvidada en el suelo del recibidor, bajo la banqueta de la entrada. De regreso al salón, se dejó caer en el sofá junto a Sacra.
—¿Ves cómo hay luz al final del túnel? — la animó Sacra —. Si ese collar aparece y el chico del restaurante confirma que habló con Fany, la policía tendrá que rectificar.
Júlia, sin embargo, arrugó el entrecejo, frotándose las sienes con violencia. En su cabeza las piezas comenzaban a encajar de forma espeluznante.
—No es solo eso, Sacra... Hay algo que me está reconcomiendo por dentro desde hace días y que no te he contado —confesó Júlia, con un tono de voz cargado de aprensión—. Es por Gonzalo. No me gusta nada su actitud.
Sacra la miró con extrañeza.
—¿Gonzalo? Pero si se ha portado de lujo... Ha conseguido a tu abogado y os ha arropado desde el primer segundo.
—Porque le conviene tenernos cerca y bajo control —replicó Júlia con una lucidez helada—.
Sé a ciencia cierta que engaña a Iris. La noche del viernes, mientras Iris estaba en Barcelona, vi desde mi ventana cómo despedía a una mujer en la verja de su casa a las cuatro de la mañana con un beso apasionado.
Gonzalo es un mentiroso frío, Sacra. Un actor nato que proyecta una imagen de marido modélico mientras lleva una vida secreta a espaldas de todo el mundo.
Júlia se llevó las manos a la cara, sobrecogida por un pensamiento aterrador que acababa de cobrar fuerza en su mente.
—Y hay algo más, Sacra... La mañana del sábado, cuando entré en su casa con los croissants , Marc y Borja se levantaron inusualmente somnolientos, embotados y quejándose de dolor de cabeza.
Se aseguró de que los niños se quedaran profundamente dormidos arriba, en sus habitaciones, mientras él metía a una mujer a medianoche, descorchaba champán y la despedía de madrugada...
y lo hizo drogándolos. En la nevera tenía un frasco de Paidoterín que debió colarles en los refrescos.
Un tipo capaz de sedar a su propio hijo para tener una cita clandestina no tiene escrúpulos de ninguna clase.
Sacra se quedó petrificada, escuchando con los ojos abiertos de par en par.
—¿Y sabes qué es lo peor, Sacra? —continuó Júlia, poniéndose en pie con la respiración agitada—.
Que Gonzalo puede haberse dado cuenta de que yo lo sé.
El sábado por la mañana estuve inspeccionando disimuladamente su salón, vi las dos copas de champán en el lavavajillas con carmín en el borde y me notó nerviosa. Él sospecha que conozco su aventura.
Júlia caminó hacia el recibidor y se detuvo justo frente al perchero, señalando la pared con la mano temblorosa.
—¡El pendiente, Sacra! La policía encontró el pendiente de Fany en el bolsillo de la chaqueta de Toni que estaba colgada justo aquí.
El sábado por la tarde, cuando se llevaron a Toni a declarar, Gonzalo estuvo parado en este mismo recibidor a solas mientras llamaba al abogado.
Tuvo acceso directo a la ropa de Toni para deslizar el pendiente en el bolsillo antes de que viniera la policía científica a registrar.
Al incriminar a Toni no solo consigue un cabeza de turco para librarse de la policía, sino que se venga de mí y me destruye para que nadie crea una sola palabra de lo que yo pueda decir sobre su romance.
Volvamos a los chats de Ladys Institute : un hombre maduro, atractivo, rico, obsesionado con la discreción.
Y si le hizo algo a Fany... ¿dónde la llevaría? Jamás usaría su propia casa...
Júlia se llevó la mano a la boca al recordar la conversación con Iris durante la fiesta de cumpleaños.
—¡Sencelles! —soltó Júlia, con la mirada fija en el infinito—. Iris me contó que Gonzalo tiene una finca aislada en el campo, el viejo huerto de su abuelo en Sencelles. Un sitio en mitad de la nada al que le gusta irse completamente solo a «desconectar». El refugio perfecto para esconder a Fany.
20:30h
Hacía media hora que Sacra se había ido cuando el timbre del portero automático volvió a sonar, rompiendo la densa atmósfera que reinaba en la casa.
Júlia se levantó con pesadez del sofá, pero al asomarse por el resquicio del visillo comprobó que no se trataba de ningún periodista, sino de Iris.
Apretó el botón y se dirigió a la puerta de la entrada.
Su vecina subió las escaleras del porche sosteniendo una bandeja de aluminio aún tibia.
—Hola preciosa. Te he traído la cena —dijo Iris nada más cruzar la puerta, depositando sobre la encimera de la cocina una lasaña precocinada de la sección gourmet del supermercado.
Cocinar jamás había sido su fuerte, pero el gesto destilaba una solidaridad sincera—.
¿Cómo estás, Júlia? ¿Dónde están Marc y Pau?
No he visto sus bicicletas en el porche.
—Los he enviado a Ca’n Picafort con mis padres —suspiró Júlia, frotándose las sienes con cansancio—.
La presión mediática es insoportable. Había cámaras en la puerta, fotógrafos esperándonos en la esquina...
Marc está aterrorizado y Pau no levanta cabeza.
Allí, con los abuelos, estarán alejados de todo este circo, protegidos y pudiendo ir a la playa tranquilos.
—Haces bien, es lo mejor para ellos —asintió Iris con compasión, sirviendo dos vasos de agua.
Júlia observó a su amiga en silencio un segundo antes de hablar, midiendo cada palabra.
—Oye, Iris... con toda esta pesadilla de la detención y los juzgados se me olvidó darte las gracias por hablarle a Gonzalo de Marcos Salom. Y ni siquiera te he preguntado qué tal te fue el viaje a Barcelona, se me fue la pinza….
—¡Ay, Júlia, por favor, ni se te ocurra darme las gracias!
Faltaría más —respondió su vecina, dándole un toque cariñoso en la mano—.
Y lo de Barcelona fue muy bien, la verdad.
De momento las personas que quieren contratar al despacho han decidido darme la gestión legal de la empresa más pequeña que tienen en el grupo.
Quieren probar cómo trabajo como una fase de ensayo y, si todo sale bien, ampliarán el contrato para llevar también el resto de las sociedades grandes. Es una oportunidad de oro.
—Me alegro muchísimo por ti, Iris... Te lo mereces —sonrió Júlia con tibieza.
Hizo una pausa calculada, entrelazando las manos sobre la mesa para simular una conversación casual mientras buscaba el modo de sonsacarla—.
Sabes... a raíz de toda esta locura que me está pasando con Toni, me he quedado sobrecogida.
De pronto te das cuenta de lo frágiles que son las relaciones.
A veces me pregunto si realmente conocemos a la persona con la que dormimos.
Gonzalo pasa tantas horas fuera entre sus empresas, sus viajes y sus cosas...
¿Nunca te ha entrado la paranoia o la duda de si podría tener una amante?
Iris soltó una carcajada limpia y espontánea, desestimando la idea con un ademán de la mano.
—¿Gonzalo? ¡Por Dios, Júlia! —se rio, acomodándose la melena sobre los hombros—.
Si Gonzalo apenas tiene tiempo libre para respirar entre el trabajo y las tardes que se mete en el huerto de Sencelles a cuidar sus hortalizas.
¡Es que no para! Bueno, a veces se pasa de la raya...
Como el mismísimo día que desapareció Fany, que se quedó a dormir en Sencelles porque se le había roto un goteo del sistema de riego y tenía que esperar allí al fontanero para arreglarlo.
Pues volvió al día siguiente hecho un cromo, con un dolor de espalda y un tirón en el hombro terribles, de no poder ni mover el brazo.
Me dijo que se lesionó levantando unas sacas de sustrato a oscuras en el garaje...
Es demasiado transparente para esas cosas, se le notaría en la cara a la legua.
Ponerme celosa o dudar de él es lo último que se me pasaría por la cabeza.
Te aseguro que en nuestra casa no hay secretos de ese tipo.
Júlia tragó saliva, sintiendo una punzada de lástima y horror ante la fe ciega de su amiga.
Mientras el recuerdo de la mujer besando a Gonzalo le abrasaba la memoria, en su cabeza retumbaba la mención de Sencelles, la excusa del fontanero y ese repentino dolor de espalda: el esfuerzo brusco e inestable de cargar con un cuerpo inerte.
—Aunque bueno... pensándolo bien, caprichos sí que se da el señor —añadió Iris con una sonrisa de complicidad, sirviéndose un poco más de agua—.
Hará cosa de un año se empeñó en que necesitaba una vía de escape para los fines de semana y se compró un barco.
A mí me pareció una locura de dinero, pero como es de su cuenta personal ni me metí. Sé que lo tiene amarrado en...
En ese preciso instante, el tono de llamada del teléfono de Iris —una melodía estridente y ejecutiva— tronó desde el interior de su bolso, cortando la frase en seco.
Iris hizo un gesto de disculpa con la mano, sacó el móvil y miró la pantalla. Al ver el nombre del contacto, su rostro cambió por completo, borrando la relajación de un plumazo.
—Es del despacho... —murmuró Iris, descolgando a toda prisa mientras se ponía en pie—. ¿Sí? Hola, Carlos... ¿Cómo que han adelantado la firma? No, no, la documentación de la filial de Barcelona la tengo yo en el ordenador... Voy para allá ahora mismo. Dadme quince minutos.
Colgó el teléfono con la respiración acelerada, guardó el terminal en el bolso a la velocidad de la luz y le dio un beso rápido en la mejilla a una Júlia que se había quedado completamente petrificada en mitad de la cocina.
—Júlia, lo siento muchísimo, me tengo que ir pitando —dijo Iris atropelladamente mientras recogía su chaqueta—. La reunión con los clientes de Barcelona se ha adelantado a mañana a primera hora y tengo que ir a la oficina. Te dejo la lasaña en la encimera. ¡Hablamos luego, guapa!
La puerta principal se cerró con un golpe seco, dejando a Júlia sola en el silencio de la cocina, con el corazón latiéndole a mil por hora en el pecho.
Las piezas encajaban con una nitidez aterradora: la coartada de quedarse a dormir en Sencelles para esperar al fontanero, las secuelas físicas del traslado de un cuerpo inerte que le provocaron ese dolor de espalda al volver al día siguiente y la confirmación definitiva de que Gonzalo tenía un barco.