CAPÍTULO 27
L a negrura sobre el mar abierto era absoluta.
A diez millas de la costa de Port Adriano, la lancha oscilaba bruscamente impulsada por un fuerte oleaje que golpeaba el casco con un rugido hueco.
El viento de la noche levantaba crestas de espuma que salpicaban la cubierta, pero la embarcación mantenía el motor al ralentí, casi imperceptible entre el fragor del agua.
En la penumbra, una sombra se apostó a estribor cubriéndose el rostro bajo la capucha de un impermeable oscuro.
Esta vez no había margen para la contemplación ni para recrearse en la maniobra; la mala mar volvía peligrosa la estabilidad de la borda.
Con movimientos rápidos, precisos y calculados, fue sujetando uno a uno varios bultos pesados, cuidadosamente envueltos en tela gruesa de lino y afianzados con nudos apretados de cuerda de yute.
Los alzó con firmeza y los arrojó al agua.
El impacto sordo contra la cresta de una ola se ahogó de inmediato, y el lastre arrastró la carga hacia las profundidades del abismo marino.
Sin perder un solo segundo en observar cómo se hundían, el hombre viró el timón y metió gas, dejando atrás el rastro de espuma para emprender el regreso a puerto.
Tres cuartos de hora más tarde, la furgoneta avanzaba a velocidad moderada hacia la salida de la marina del puerto.
Al aproximarse al control de acceso, los focos del vehículo iluminaron la caseta de cristal y la barrera metálica bajada.
El vigilante de noche salió del cubículo ajustándose la gorra del uniforme para comprobar el paso.
El conductor bajó la ventanilla mientras reducía la marcha.
—Esta noche no ha habido suerte, Tomeu; el mar estaba muy picado.
—Otra vez será —afirmó el vigilante mientras accionaba el mecanismo.
La barrera de seguridad se elevó lentamente. El hombre engranó la marcha y aceleró, internándose en la penumbra de la carretera y dejando sepultados en el fondo del mar los últimos vestigios de la verdad.
5 horas antes. Platja del Mago. Calvià
La pequeña cala de la Platja del Mago parecía suspendida fuera del tiempo.
Sobre la arena fina, una manta de picnic acogía una cesta de mimbre de la que asomaban fiambres ibéricos, una cuidada tabla de quesos curados y fresas maduras.
La versión de “Fever” de Michael Buble sonaba a través de un altavoz bluetooth.
Una pequeña linterna de luz cálida proyectaba sombras suaves a su alrededor, iluminando lo justo para adivinar las miradas en la penumbra.
Arriba, el cielo de junio brillaba con una nitidez abrumadora, revelando un manto denso de estrellas sobre el mar en calma.
—Hay lugares a los que se viene a pedir perdón y otros a los que se viene a pecar —murmuró él con voz pausada y grave, dejando brotar un hilo dorado de cava en las copas de cristal.
Ella dejó escapar una carcajada suave y cantarina, negando con la cabeza antes de tomar la copa.
—Eres peligroso... Siempre sabes qué decir para que parezca que no existe otra opción en el mundo.
—No es peligro, es devoción —respondió él con una sonrisa, rozando los dedos de ella al brindar—. Por las noches que merecen no ser olvidadas jamás.
El cristal tintineó en el silencio de la cala. Él la observó beber, deleitándose en la vulnerabilidad de su gesto, antes de inclinarse hacia ella.
—Sabes qué noche es hoy, ¿verdad? —preguntó en un susurro embriagador.
—La Nit de Sant Joan —asintió ella, saboreando el dulzor de una fresa— . La noche más corta y mágica del año. En Palma la gente estará agrupada alrededor de las hogueras en C'an Pere Antoni, quemando lo viejo, saltando olas y bebiendo.
—Pero aquí no necesitamos fuego. La verdadera tradición mallorquina en las calas solitarias es mucho más íntima —prosiguió él, incorporándose despacio y tendiéndole la mano con elegancia—.
Dicen los viejos marineros que, justo al dar la medianoche, hay que caminar hacia la orilla, dejar que la primera ola de la madrugada te cubra los pies desnudos y pedir un deseo con los ojos cerrados.
Si el mar te escucha, te concede lo que pidas antes de que termine el verano.
A las doce en punto, caminaron juntos hacia el agua que les envolvió los tobillos con un abrazo fresco y arrancó un pequeño escalofrío en ella.
Él la sujetó por la cintura, pegándola a su pecho mientras el agua oscilaba a sus pies.
Entrelazaron sus dedos y cerraron los ojos para formular sus deseos en silencio.
Ella sonrió en la oscuridad, entregada por completo al embrujo de la noche, sin llegar a percibir el frío cálculo con el que él la contemplaba a la luz de las estrellas.
—También dicen que si revelas el deseo pierde su embrujo —murmuró él, estrechándola un poco más contra su costado—, pero me muero de curiosidad. ¿Qué le has pedido al mar?
Ella soltó una risita contenida y bajó la vista hacia el agua, donde la espuma chispeaba bajo el reflejo tenue de las estrellas.
—Ha sido algo sencillo... —admitió con la voz teñida de una sincera vulnerabilidad—. Le he pedido que esto no sea solo un espejismo de verano. Que lo nuestro vaya en serio, que se afiance y se convierta en algo verdaderamente sólido.
Él asintió despacio, dibujando con las yemas de los dedos una caricia lenta a lo largo de su espalda que le erizó la piel.
—Un deseo hermoso —susurró él cerca de su oído, disfrutando de la entrega ciega de su víctima.
—¿Y tú? —preguntó ella, girándose entre sus brazos para mirarlo fijamente a los ojos, contagiada por el romanticismo de la Nit de Sant Joan—. ¿Qué ha pedido un hombre como tú?
Él esbozó una sonrisa indescifrable, una mueca pulcra donde la seducción enmascaraba una frialdad absoluta.
—Yo no tengo tanta paciencia para esperar a que termine el verano —respondió él con voz grave y pausada, rozando con el pulgar el pómulo de ella mientras el sedante comenzaba a tejer su efecto invisible—. He pedido algo mucho más inmediato. Espero que mi deseo se cumpla esta misma noche.