Mar de fondo CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

E n el salón de Sacra las persianas a medio bajar mantenían un refugio de penumbra y calma artificial.

Júlia dejó caer dos maletas medianas junto al recibidor, dejando escapar un suspiro cargado de agotamiento físico y mental.

Salir de la casa de Palmanyola esa mañana había sido una odisea: las unidades móviles de televisión y los fotógrafos seguían apostados tras el muro exterior, escudriñando cada ventana tras la confirmación del ingreso de su marido en prisión.

—¿Cuándo volverá papá, mamá? —preguntó Marc desde el sofá, fijando en su madre una mirada exhausta y confundida—. En la tele dijeron ayer que lo habían llevado a la cárcel.

Júlia se arrodilló frente a su hijo y le sostuvo las manos con firmeza, esforzándose por tragar el nudo de llanto que le atenazaba la garganta.

—Escúchame bien, Marc —dijo Júlia, endulzando la voz con una serenidad que no sentía—. Hubo un malentendido muy grande en el juzgado y papá tiene que quedarse unos días allí mientras su abogado aclara las cosas con el juez. Papá no ha hecho nada malo, os lo juro.

—Quiero hablar con él —insistió el chico con la voz quebrada—. Pásame tu teléfono.

—Ahora mismo no es posible, cariño —le dijo Júlia acariciándole la mejilla—.

En cuanto los abogados nos den luz verde, hablaréis con él.

Por eso es mejor que os vayáis hoy a Ca’n Picafort con los abuelos.

Allí estaréis tranquilos, lejos de los periodistas y del jaleo que hay en la puerta de casa y además podréis ir cada día a la playa con el abuelo Juan y coger cangrejos, y Pau podrá hacer snorkel , que tanto le gusta —dijo Júlia mientras hacía un guiño a su hijo mayor, que estaba sentado junto a su hermano.

El marido de Sacra, que estaba de vacaciones esa semana, apareció en el distribuidor con las llaves del coche en la mano y una sonrisa tranquilizadora.

—Venga, chicos, cargamos las maletas en el coche y nos vamos, antes de que se colapse la autopista —intervino con tacto—. Vuestros abuelos os están esperando.

Cuando la puerta del piso volvió a cerrarse y el coche se alejó por la avenida, el silencio en la casa se volvió espeso. Júlia se dejó caer sobre una silla de la cocina y se cubrió el rostro con las manos.

—Tuve que apagar el móvil a primera hora —murmuró Júlia con voz ahogada, señalando el teléfono negro y mudo sobre la mesa—. No dejaba de sonar. Mensajes de conocidos de Palmanyola, del hospital, periodistas pidiendo declaraciones... Es una pesadilla.

Por suerte, la mañana en que Toni compareció ante el juez, Júlia terminó en el PAC de urgencia.

Ante el evidente estado de nervios y crisis de ansiedad en que se encontraba, el médico de cabecera le tramitó una baja de quince días que la liberaba de ir a trabajar.

Fue Sacra quien se encargó de llevar el parte al instituto a la mañana siguiente.

Sacra le sirvió una taza de café recién hecho y se sentó a su lado, apretándole el antebrazo con fuerza.

—Júlia, mírame —le pidió su amiga con firmeza—. No te me derrumbes, mi arma.

—Es que no me entra en la cabeza —sollozó Júlia, alzando los ojos enrojecidos—.

Las pruebas que sacaron ayer en el juzgado...

lo del collar, el abrazo... La policía dice que Toni me engañaba con Fany, pero yo conozco a mi marido.

Llevamos veinte años juntos, Sacra. No puedo creer que me estuviera mintiendo a la cara ni mucho menos que le haya hecho daño a Fany.

—Yo tampoco lo creo, chiquilla —coincidió Sacra sin dudar un segundo, haciendo gala de su acento franco y cálido—.

Toni no es ningún monstruo ni un mentiroso compulsivo.

Aquí hay algo que se le está escapando a la policía, te lo digo yo.

Si a Fany le ha pasao algo malo... porque a estas alturas las dos sabemos que no se ha ido por su propia voluntad, el culpable tiene que ser otro.

—Y luego está el lío de los tiempos de esa noche, Sacra —añadió Júlia, clavando la mirada en la taza de café mientras el tormento de la culpa le atenazaba el pecho—.

La policía usa el rastro del teléfono para acorralarlo porque la antena del Coll de Sóller lo ubica allí a las diez en punto de la noche del 4 de junio.

Toni sostiene que estuvo en la montaña haciendo una observación astronómica y que regresó a casa a las dos de la madrugada...

Pero lo peor, Sacra, lo que me está matando por dentro, es que yo no puedo ratificar esa hora ante la policía.

Sacra la miró con pesar, comprendiendo el sufrimiento de su amiga.

—Por lo de la pastilla... —susurró Sacra.

—¡Por la dichosa pastilla para dormir! —exclamó Júlia con una mezcla de rabia e impotencia, llevándose las manos a la cabeza—.

Esa noche me tomé un somnífero potente poco después de que él saliera y me quedé profundamente dormida.

Cuando Arbona me apretó en el salón haciéndome preguntas de detalle, tuve que admitir que no oí el coche, ni la puerta, ni los pasos de Toni por el pasillo.

Tuve que reconocer que no podía asegurar a qué hora regresó realmente.

Siento que lo he dejado completamente vendido, Sacra.

Toni afirma que volvió a las dos, pero por mi culpa su coartada no existe.

—Escúchame una cosa, Júlia —la atajó Sacra, cogiéndole las dos manos por encima de la mesa—.

Ni se te ocurra cargarte esa culpa a la espalda.

Tú dijiste la verdad sobre tu insomnio y no podías inventarte lo que no viste.

Además, piénsalo fríamente: las antenas sitúan el teléfono en una celda de cobertura, mi niña, no dicen lo que está haciendo la persona.

—¡Exacto! —asintió Júlia con un chispazo de lucidez—.

Un mapa informático solo dice dónde estaba el aparato, no si el teléfono se quedó sobre el salpicadero mientras él caminaba, ni si Toni estaba solo o con alguien más.

Pero hay algo peor que Arbona se niega a ver: si el móvil de Fany se apagó en su piso de Palma a las diez y cuarto, ¿cómo iba Toni a estar en el Coll a las diez y a la vez apagar el teléfono de ella en la ciudad quince minutos después?

¡Es físicamente imposible! Toni no podía estar en dos sitios a la vez.

—La policía ha dao por hecho que la llevó allí simplemente porque el móvil de Toni daba señal en esa ladera —reflexionó Sacra, sacudiendo la cabeza—. Han estado días peinando la montaña a ciegas por puro sesgo.

—El tipo del dinero —asintió Júlia, erguida por una repentina punzada de certeza—. El culpable real tuvo que ser ese hombre.

Sacra sacó su propio teléfono y abrió el historial de conversaciones de WhatsApp con Fany de las semanas previas a su desaparición. Las dos amigas se inclinaron sobre la pantalla, releyendo cada mensaje, cada emoticono y cada sospecha.

—Tengo que hablar con Toni cara a cara —dijo Júlia con la mirada fija en los mensajes, sintiendo una mezcla de rabia y necesidad imperiosa de respuestas—.

Necesito mirarle a los ojos, que me mire a mí y me vuelva a decir que es inocente, pero hasta el fin de semana no autorizan los locutorios para familiares.

—Tienes que aguantar hasta el sábado, chiquilla —le aconsejó Sacra con contundencia—. Hasta entonces, tenemos que encajar nosotras las piezas que Arbona no quiere ver.