CAPÍTULO 24
C ruzar los controles de acceso del centro penitenciario, era un ritual lento y farragoso: arcos detectores de metales, la verificación de la tarjeta del Ilustre Colegio de Abogados de Baleares y el sonido sordo y metálico de los portones abriéndose y cerrándose de forma mecanizada.
Marcos Salom avanzaba por el corredor de servicios con su maletín bajo el brazo y el paso firme de quien conoce de memoria cada recoveco de la burocracia penitenciaria.
Tras franquear la puerta del área de locutorios, el abogado ocupó una de las salas privadas. A través del cristal y sobre la mesa de fórmica, la atmósfera olía a desinfectante industrial y a cautiverio.
Segundos después, el cerrojo del módulo de preventivos chasqueó y un funcionario hizo pasar a Toni.
Toni vestía un chándal gris holgado, sin cordones en la cintura ni en las zapatillas, y lucía una barba descuidada.
Sus ojos, rodeados por ojeras oscuras y profundamente hundidos, reflejaban un terror primario.
Desde su traslado esa misma tarde en el furgón blindado de la guardia civil —tras ingresar por la puerta de servicio, someterse al cacheo integral, la entrega de sus pertenencias en una bolsa numerada y la asignación de celda en el módulo de preventivos hacía apenas un par de horas—, el mundo de Toni se había reducido al estrépito de los barrotes, la megafonía constante y la sombra del estigma.
—Toma asiento, Antonio —ordenó Salom con voz pausada pero tajante, indicándole la silla al otro lado de la mesa. Desde el primer cruce en las dependencias policiales hasta la vista preliminar, la rigidez inicial había dado paso al tuteo y a una relación más cercana entre cliente y abogado.
Toni no se sentó con normalidad; se dejó caer sobre la silla, apoyando los codos en la mesa con los dedos entrelazados, temblándole las manos a un ritmo desbocado.
—Marcos... por favor, dime que esto es una pesadilla y que me vas a sacar de aquí —suplicó Toni con un hilo de voz roto y ahogado—. No puedo quedarme aquí dentro... ¡Yo no he hecho nada, Marcos, ¡te lo juro por Dios!
—Escúchame bien, Antonio. Mantén la calma y mírame —sentenció el letrado, inclinándose hacia delante para fijar su mirada penetrante en su cliente—.
Salimos golpeados de la vista de esta mañana, pero ya estoy preparando el recurso de apelación ante la audiencia provincial contra el auto de prisión provisional.
Vamos a atacar la falta de pruebas biológicas y el carácter meramente circunstancial de la acusación.
Pero la fiscalía y el juez de instrucción han jugado fuerte con la cinta de El Corte Inglés y el pendiente. La presión mediática es enorme.
—¡Es que todo tiene una explicación, Marcos!
—estalló Toni, dando un golpe seco con la palma sobre la mesa que hizo eco en el habitáculo—.
¡El pendiente no es mío! ¡Se lo juro por la vida de mis hijos que yo no puse eso ahí!
Además, ni siquiera llevaba esa cazadora la noche que salí.
Esa chaqueta llevaba colgada en el perchero desde febrero.
Alguien metió el pendiente en el bolsillo antes de que viniera la policía.
¡Tengo que volver a declarar, Marcos! ¡Pide una comparecencia urgente con el juez ya mismo!
—Volver a declarar a ciegas sin aportar una prueba nueva y contundente es un suicidio —lo frenó el abogado con firmeza—. El juez te tomará por un mentiroso acorralado que cambia de versión según avanzan las diligencias.
—¡Tengo la prueba! —sollozó Toni, acercándose al cristal con los ojos desorbitados—. ¡Te lo juro, la tengo! Hay dos cosas que la policía no ha querido buscar bien.
Salom desenfundó su pluma, abrió su libreta y lo miró con suma atención.
—Te escucho.
—La primera: la gargantilla que compré en El Corte Inglés.
Dijeron en la vista que era un regalo para Fany...
¡Mentira! El collar está en mi despacho del hospital —reveló Toni atropelladamente, tragando saliva con dificultad—.
Lo compré para Júlia, para darle la sorpresa en nuestro aniversario de bodas.
Como a veces viene al hospital o mira mis cosas, no me atreví a llevarlo a casa.
Lo escondí en mi despacho, al lado de la estantería del fondo, oculto dentro de una de las cajas de informes clínicos antiguos.
¡Tiene que estar allí! ¡Con su envoltorio y su tique!
Si la policía busca de verdad en esas cajas, encontrarán la joya intacta y quedará demostrado que jamás se la entregué a Fany.
Seguro que los agentes no han encontrado el collar en su piso porque lo tengo yo.
Salom anotó el detalle con trazo rápido en su bloc, sopesando de inmediato el peso estratégico del hallazgo.
—¿Y lo segundo? —inquirió el letrado.
—El restaurante —prosiguió Toni, secándose las lágrimas con la manga del chándal—.
La policía dice que llamé a Fany para vernos a solas.
Ya te conté que le pedí consejo sobre un sitio romántico.
Ella me recomendó el Restaurante Fera . Llamé al local a mediados de abril para intentar reservar mesa para la noche de nuestro aniversario, el veintisiete de junio.
Me dijeron que lo sentían mucho, pero que para esa fecha tenían completo desde hacía meses así que volví a llamar a Fany para pedirle otro sitio.
Ella me dijo que conocía al encargado de sala y me contó un rollo de que le debía un favor.
Me dijo que le llamaría y se aseguraría de que nos buscara un hueco.
También me dijo que le daría mi contacto para que él me llamara directamente a mí y confirmar la reserva.
Como pasaba el tiempo y no recibía respuesta del encargado del restaurante, el día de su desaparición tuve la brillante idea de volverla a llamarla para saber que pasaba, pero no me contestó.
¡Llama al encargado de Fera , Marcos! Si la policía o tú le interrogáis, podrá corroborar que Fany habló con él y todo lo que te digo es verdad.
El abogado dejó la pluma sobre la libreta y permaneció unos segundos en silencio, analizando el engranaje de las dos revelaciones.
Si el collar aparecía guardado en el despacho del hospital y el jefe de sala corroboraba la llamada de Fani, la narrativa de la fiscalía sobre el móvil pasional y la relación oculta con Fany se agrietaba de forma definitiva.
—De acuerdo, Antonio —sentenció Salom, cerrando su carpeta con un golpe seco que infundió un destello de esperanza en los ojos del recluso—.
No vamos a pedir una nueva declaración todavía.
Primero voy a moverme yo. Mañana mismo me presento en Son Espases para supervisar la recogida de tus enseres y solicitaré la citación como testigo del jefe de sala del Fera .
Si todo encaja como dices, le desmontamos el atestado a Arbona en la audiencia provincial.
Toni apoyó la frente contra la superficie de la mesa, dejando ir un sollozo ahogado de puro alivio mientras Salom se ponía en pie, listo para mover las piezas que podían abrir la celda de su cliente.