CAPÍTULO 23
L a niebla matinal descendía pesada sobre los márgenes del Coll de Sóller, envolviendo los pinares y el asfalto gastado de la antigua carretera de montaña.
A diferencia del trazado rectilíneo del túnel, aquella vía carecía de cámaras de control o peajes automatizados, convirtiéndola en un trayecto idóneo para desplazarse en la penumbra sin dejar huella visual.
El subinspector Torres ajustó el cuello de su cortaviento mientras repasaba la carpeta del caso al borde de un mirador.
El cansancio acumulado de cinco días se reflejaba en su rostro al resumir el mapa de pruebas que sostenía la acusación contra Toni: la última llamada recibida en el terminal de Fany procedía de su número, la puerta de la vivienda no presentaba signos de forzamiento —lo que demostraba que ella abrió a alguien de confianza—, el pendiente de perla hallado en el bolsillo de la chaqueta de Toni lo acorralaba y la posible motivación de acallar un chantaje antes de que su esposa se enterase le proporcionaba el móvil perfecto.
—Teníamos una línea temporal que encajaba de libro, inspector —admitió Torres rotulando el papel con un bolígrafo—.
Pensábamos que Toni fue a su piso a última hora, la convenció para salir o la dejó inconsciente allí mismo, apagó el teléfono de Fany para evitar el rastreo y la subió en su coche por esta carretera vieja hacia el Coll para deshacerse del cuerpo a resguardo de las cámaras.
Arbona observó el abismo que bordeaba la calzada.
—Pero el reloj no perdona —murmuró el inspector.
—En absoluto —asintió Torres—. La celda de la antena ubica el teléfono de Toni en este punto de la montaña a las diez en punto de la noche del 4 de junio.
Sin embargo, los registros informáticos acaban de ratificar que el móvil de Fany no se desconectó en su piso de Palma hasta las diez y cuarto.
Quince minutos después. Si Toni ya estaba arriba en el Coll a las diez, es físicamente imposible que él fuera quien apagara el teléfono de ella en la ciudad a las diez y cuarto. No podía estar en dos sitios a la vez.
La hipótesis policial sobre la que habían construido el despliegue del 21 al 25 de junio terminaba de resquebrajarse.
—Y lo peor es nuestro propio sesgo —añadió Torres—.
Si una tercera persona la atacó en Palma a las diez y cuarto, dar por hecho que la trajo al Coll solo porque Toni estaba aquí es un error garrafal.
Toni podía estar tranquilamente en la cumbre mirando las estrellas, mientras el verdadero asesino trasladaba a Fany a cualquier otra parte de la isla: un acantilado en la costa norte, una nave abandonada o una finca del interior.
Arbona observó el horizonte con la mandíbula apretada mientras los agentes recogían el precinto policial, consciente de que, tras cinco días de rastreo ininterrumpido por las laderas de la montaña, la búsqueda concluía sin haber encontrado un solo rastro de la desaparecida ni indicio alguno del crimen.