Mar de fondo CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

E l calor de la mañana caía plomizo sobre las avenidas del centro de Palma, pero dentro del edificio de los Juzgados de la Vía Alemania la atmósfera era de un frío glacial.

En la explanada exterior, un enjambre de cámaras de televisión y periodistas aguardaba tras las vallas de seguridad.

La filtración sobre el hallazgo del pendiente de Fany en la chaqueta de Toni había saltado a los telediarios a primera hora, desatando una auténtica cacería mediática.

En los bancos de madera del distribuidor de la primera planta, Júlia permanecía sentada como una estatua de sal.

Llevaba dos días sin apenas dormir ni probar bocado, devastada por la imagen de la joya de la bisabuela Antonia saliendo del bolsillo de la prenda de su marido y por los gritos desesperados de Toni jurando que alguien le había tendido una trampa.

A su lado, Iris le apretaba la mano en un intento en vano de transmitirle calor, mientras Gonzalo aguardaba de pie junto a la ventana, en silencio, observando el movimiento del pasillo con la mirada impenetrable.

Abajo, en la sala de vistas, la tensión rozaba el límite. Toni comparecía ante el magistrado tras dos noches en el calabozo subterráneo. Su aspecto era desgarrador: la camisa arrugada, una barba incipiente y los ojos hundidos por el terror.

La fiscal se puso en pie, se ajustó la toga y rompió el silencio con un tono tajante:

—Señoría, esta representación solicita la medida de prisión provisional comunicada y sin fianza para el investigado, Antonio Sureda García.

Nos encontramos ante indicios de extrema gravedad: el borrado metódico de las llamadas salientes, la coincidencia horaria entre el intento de contacto del sospechoso y la entrada en modo avión del teléfono de Estefanía Moreno, la falta de una coartada comprobable para la noche del 4 de junio —marcada por una ausencia de su domicilio sin que nadie pueda corroborar la hora real de su regreso— y, sobre todo, el hallazgo del pendiente de la víctima oculto en una chaqueta del investigado.

A día de hoy, el paradero de la joven sigue siendo un misterio absoluto; la policía ignora por completo si Fany está viva o muerta, lo que eleva el riesgo de destrucción de pruebas a un nivel insostenible.

Marcos Salom tomó aire para intervenir, pero la fiscal alzó la mano y desplegó un folio con el sello de la jefatura superior.

—Y hay un elemento nuevo decisivo, Señoría.

Esta representación aporta el atestado ampliatorio remitido por la policía judicial ayer domingo por la mañana.

Tras solicitar el volcado urgente de las cámaras de seguridad de El Corte Inglés de la avenida de Jaume III, los investigadores han obtenido la grabación del pasado 21 de mayo.

En las imágenes se observa al investigado probándole a la víctima un collar de oro blanco de 480 euros en el mostrador de joyería, recibiendo un abrazo efusivo por parte de la joven y abonando la compra con su tarjeta de crédito personal.

Queda completamente desmantelada la versión del sospechoso sobre una consulta inocente para una cena de aniversario.

Existía un vínculo íntimo, secreto y con entregas de regalos de elevado valor.

Un murmullo helado pareció recorrer el estrado. Toni se agarró con fuerza al borde de la mesa, con el rostro completamente desencajado y la mirada fija en el folio de la fiscal.

Salom se irguió con aplomo, dando un paso al frente con una serenidad calculadora.

—Con la venia, Señoría —intervino el letrado con voz grave y pausada— .

Que mi representado haya realizado un regalo o acompañado a una conocida de compras no lo convierte en un homicida.

Precisamente porque no se conoce el paradero de la señorita Moreno, ni existe certeza alguna de si está viva o muerta, calificar de "prueba irrefutable" un único objeto diminuto aparecido en una vivienda y un vídeo de hace un mes es una temeridad jurídica.

Lo que la policía no ha podido aportar en cuarenta y ocho horas de registro exhaustivo es ni un solo resto biológico, ni una gota de sangre, ni una huella de mi representado en el piso de la víctima, ni el menor signo de violencia en su coche.

No hay cuerpo, no hay escenario del crimen y no hay una sola prueba directa que vincule a mi cliente con su desaparición.

El juez de guardia contempló a Toni unos segundos, observando sus manos temblorosas y su postura hundida, antes de repasar los folios del atestado y las capturas del vídeo durante diez minutos de silencio sepulcral. Finalmente, ajustó el micrófono y dictó el auto con voz pausada y tajante:

—Atendiendo a la gravedad del cuadro indiciario presentado —que suma el hallazgo de la joya de la víctima, el borrado de llamadas, la falta de una coartada comprobable tras ausentarse de su domicilio la noche del 4 de junio y las evidencias gráficas y bancarias de una relación oculta previa—, así como al riesgo de destrucción de pruebas dado que se desconoce el paradero de Estefanía Moreno, se decreta la prisión provisional comunicada y sin fianza para Antonio Sureda García.

El investigado será conducido de inmediato al centro penitenciario de Palma.

Cuando la puerta de madera de la sala se abrió, no fue para dejar salir a un hombre libre. Dos agentes de la policía nacional custodiaban a Toni, que avanzaba con las esposas metálicas volviendo a brillar en sus muñecas.

Júlia se puso en pie de un brinco. Al ver a su mujer, la entereza que le quedaba a su marido se rompió en mil pedazos. Intentó dar un paso hacia ella, pero los agentes mantuvieron la distancia firme.

—¡Júlia... te lo juro por la vida de nuestros hijos, yo no puse ese pendiente ahí! —sollozó deshecho en lágrimas, con la voz rota por el pavor—. ¡El collar era para ti, te lo juro por Dios, era para nuestro aniversario! ¡Tienes que creerme, por favor...!

Júlia extendió los brazos sin poder tocarlo, ahogada por el dolor y por la imagen destructora del extracto bancario y el abrazo en la joyería que su abogado acababa de confirmarle en un susurro.

Los agentes guiaron al detenido hacia el montacargas posterior para su traslado directo al furgón penitenciario.

Al alzar los ojos entre las lágrimas mientras su marido desaparecía por el pasillo de custodia, la mirada de Júlia se cruzó con la de Gonzalo.

El vecino la observaba desde la ventana con una calma serena y una leve inclinación de cabeza, manteniendo esa fachada impecable mientras su marido era conducido a prisión.

En ese instante, con la certeza de que Toni dormiría en la cárcel y con el recuerdo del beso furtivo de Gonzalo a una desconocida en la madrugada, Júlia sintió que el verdadero infierno no estaba tras los barrotes, sino dentro de su propia vida.