CAPÍTULO 20
E l silencio era absoluto en la vivienda cuando el timbre del portero automático volvió a sonar en la casa de Palmanyola.
La luz del crepúsculo ya empezaba a teñir el salón de sombras alargadas.
Gonzalo se levantó a abrir mientras Iris ponía una mano sobre el hombro de Júlia para transmitirle firmeza.
En el umbral no estaba el abogado, sino los agentes Arbona y Torres. Sus figuras erguidas en el marco de la puerta proyectaban una autoridad fría que congeló el recibidor al instante.
—Buenas tardes —dijo el inspector, mostrándose comedido pero distante—. Necesitamos hablar con la señora Serra. A solas, si son tan amables.
Gonzalo amagó con intervenir usando su habitual aplomo, pero Torres dio un paso al frente con educación firme, indicándoles la salida hacia el jardín.
Iris miró a su amiga con honda preocupación antes de cruzar el ventanal tras Gonzalo, que se quedó al otro lado del cristal, en el porche, visible pero apartado.
Júlia se puso en pie en mitad del salón. Le temblaban las manos y sentía el pecho oprimido por la llamada que había recibido dos horas antes.
—¿Por qué lo tienen ahí encerrado? —exclamó Júlia antes de que los agentes pudieran tomar asiento, con la voz rota por la impotencia—. Toni me ha llamado aterrorizado desde la jefatura... ¡Dijo que lo van a bajar a los calabozos! ¿De qué le están acusando? ¡Esto es una locura absurda!
—Señora Serra, tranquilícese —intervino Torres con voz neutra, sacando un bloc de notas—. Su marido está prestando declaración y estamos realizando las comprobaciones rutinarias para verificar su versión.
—Para eso exactamente estamos aquí —añadió Arbona, fijando en ella sus ojos oscuros y atentos—. Necesitamos que nos detalle con la mayor precisión posible qué ocurrió en esta casa la noche del jueves 4 de junio.
Júlia parpadeó, descolocada por el salto temporal en medio del pánico.
—¿El 4 de junio? Pero... hace semanas de eso. No me acuerdo de lo que cenamos antes de ayer, ¿cómo quieren que...?
—Haga el esfuerzo, por favor —la atajó Arbona con serenidad calculadora—. Tómese su tiempo.
Júlia se llevó una mano a la sien, tratando de ordenar los recuerdos en medio del torbellino que le atenazaba la cabeza.
—Cenamos aquí... en la cocina. Los chicos, Toni y yo. Una cena normal, de un día de diario cualquiera. Nada fuera de lo común.
Torres hojeó levemente la carpeta que llevaba bajo el brazo.
—¿Salió su marido de casa en algún momento de esa noche, señora Serra?
La memoria de Júlia dio un chasquido. De pronto, la imagen acudió a su mente con claridad.
—Sí... Sí, claro. Toni salió después de cenar. Se fue al Coll de Sóller. Suele subir allí muchas noches de verano a ver las estrellas con el telescopio. Le apasiona la astronomía. Salió después de cenar, debían ser las diez de la noche.
Arbona dio un paso sutil hacia ella. Su tono bajó, volviéndose engañosamente cercano.
—¿Y le oyó usted llegar de vuelta?
—Sí —respondió Júlia de inmediato. El instinto primario de construir un escudo alrededor de Toni se impuso antes de que pudiera procesar las consecuencias de su respuesta.
—¿A qué hora regresó? —inquirió Torres, con el bolígrafo posado sobre el papel.
—Sobre... sobre la una de la madrugada —aseguró ella. Un repentino latigazo de calor le recorrió el cuello.
—¿Miró el reloj de la mesilla cuando él entró en el dormitorio? —preguntó Arbona.
—No... bueno, no me hizo falta mirar la hora, sé que era sobre esa hora.
—¿Oyó el motor del coche al entrar en el garaje? —continuó Arbona, apretando el cerco con preguntas de precisión quirúrgica—. ¿Escuchó el mecanismo de la verja? ¿O sus pasos por el pasillo? ¿Le oyó entrar al baño a lavarse las manos?
El espacio en el salón pareció encogerse. Júlia sintió que el aire se volvía denso, casi irrespirable. Las preguntas de Arbona se sucedían sin tregua, percutiendo sobre cada pequeño detalle de su afirmación.
—Él... él entró en la habitación despacio, sin hacer ruido, para no despertarme —balbuceó Júlia, entrelazando los dedos con tanta fuerza que los nudillos se le quedaron blancos.
—Señora Serra —la interrumpió el inspector con una calma helada— , si su marido hizo todo lo posible por no despertarla... ¿cómo sabe con tanta certeza a qué hora cruzó esa puerta? ¿Estaba usted despierta?
El silencio cayó sobre la estancia como una losa.
Afuera, a través de la cristalera, Júlia veía las siluetas de Iris y Gonzalo observándola con angustia.
Sentía que se ahogaba. La mentira improvisada se le deshacía entre los dedos, incapaz de sostenerla bajo la mirada afilada e impenetrable del inspector.
Tragó saliva con dificultad, notando la boca completamente seca.
—Tengo... padezco insomnio desde hace tiempo —confesó al fin, al borde de las lágrimas, desinflándose por completo—. Hay noches en las que me resulta imposible conciliar el sueño. Por eso... a veces tomo somníferos.
—¿Y esa noche tomó alguna pastilla? —preguntó Torres.
Júlia cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, no pudo sostener la mirada de los investigadores.
—Sí —susurró con un hilo de voz—. Tomé una pastilla fuerte poco después de que él saliera. Caí en un sueño muy profundo.
—En consecuencia —sentenció Arbona con gravedad—, usted no puede afirmar que oyera a su marido llegar a casa. Ni tampoco a qué hora lo hizo.
Júlia apretó los labios, sintiendo una punzada de culpa feroz que le desgarraba el pecho. No respondió. No hizo falta. En su silencio abatido, la coartada de Toni acababa de quedar destruida para siempre.
21:00 h Hospital Son Espases
Una dotación de la Policía Nacional se presentaba en el Hospital Universitario.
La llegada de los agentes a la planta de laboratorio clínico provocó un murmullo helado entre el personal de guardia.
Ante la mirada atónita de los compañeros de turno de Toni, la policía precintó su despacho, inspeccionó su taquilla personal y clonó el disco duro del ordenador de su puesto de trabajo, llevándose archivadores y agendas en cajas de cartón.
21:00 h. Residencia de Júlia y Toni.
El despliegue en Palmanyola fue un golpe devastador.
Paralelamente a la intervención en el lugar de trabajo de Toni, dos patrullas de la policía nacional y una furgoneta blanca de la policía científica se apostaron frente al portal de la vivienda donde aguardaban Arbona y Torres.
Las luces giratorias de los coches patrulla teñían de un azul estridente la fachada del chalé, atrayendo las miradas de los vecinos que se asomaban con disimulo tras los visillos de las ventanas.
La puerta del segundo coche patrulla se abrió y de él descendió Toni.
Venía custodiado por dos agentes, con la cabeza gacha, la mirada perdida y las manos amarradas con unos grilletes metálicos cuyo brillo resultó hiriente a la luz del atardecer.
La imagen de su marido esposado, despojado de toda su dignidad y traído a su propia casa como un criminal de peligro, provocó en Júlia un ahogo visceral.
Marcos Salom, presente en el acceso para velar por las garantías legales, le dedicó un asentimiento sobrio a su cliente para infundirle entereza.
Flanqueado por la policía, el detenido cruzó el umbral de su hogar. Al ver a su mujer en el recibidor, intentó dar un paso hacia ella con la voz quebrada.
—Júlia, por favor, te juro que yo...
—Sureda, manténgase en silencio y no se acerque a los testigos —lo cortó en seco uno de los agentes, interponiendo el brazo de forma expedita para evitar cualquier contacto físico o verbal entre el matrimonio.
Toni tragó saliva, incapaz de sostenerle la mirada a su esposa mientras lo guiaban hacia el salón bajo una custodia asfixiante. Júlia contempló la escena en silencio desde el umbral, abrazada a Iris y sintiendo cómo el acero de las esposas parecía congelar el aire de la casa.
“Menos mal que los niños se han ido a dormir a casa de Sacra” pensó Júlia con un hilo de alivio.
En cuanto su amiga se enteró de lo que estaba pasando con la policía, vino volando a buscarlos para darles cobijo en su casa.
“Mañana ya veré cómo les explico esta pesadilla…” El viernes acabaron las clases y empezaban oficialmente las vacaciones de verano.
El registro arrancó en un ambiente tenso y metódico.
Durante más de dos horas, cuatro técnicos ataviados con monos blancos, mascarillas y maletines de toma de muestras siguieron inspeccionando cada rincón.
Rastrearon con luz ultravioleta el garaje, el maletero del coche familiar y la barbacoa del jardín.
Registraron el ordenador del estudio, retiraron ropa del armario de Toni y empaquetaron varios pares de zapatos en bolsas de precinto transparente.
Uno de los agentes se acercó al inspector Arbona a paso rápido, sosteniendo entre las manos una pequeña bolsa de plástico transparente para muestras.
—Inspector —llamó el técnico, haciendo una seña a Arbona—. Mire lo que hemos encontrado en el bolsillo de una de las chaquetas del sospechoso que estaba colgada en el perchero de la entrada.
Arbona extrajo un par de guantes de látex del bolsillo de su chaqueta, se los enfundó con un chasquido seco y abrió la bolsa de muestras. Deslizó con cuidado su contenido sobre la palma de su mano: un elegante pendiente de oro con una pequeña perla en el centro.
Júlia, que observaba desde el salón, sintió que el suelo cedía bajo sus pies.
Se llevó ambas manos a la boca, ahogando un grito de puro terror mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.
No podía creérselo. Conocía ese pendiente a la perfección: era una de las joyas más preciadas de Fany, una pieza que su compañera lucía casi a diario.
No era una bisutería cualquiera. Formaba parte de la valiosa herencia familiar de Antònia, la bisabuela de Fany.
Los pendientes pertenecían originalmente a los botones del gipó —el jubón tradicional del traje de payesa mallorquín— que la bisabuela había mandado transformar en valiosas joyas para repartirlas entre sus hijas, hasta llegar a manos de Fany.
El subinspector Torres se acercó de inmediato, sacó del expediente oficial la carpeta de la víctima y extrajo una fotografía en alta resolución del rostro de Fany capturada de sus redes sociales.
Acercó la imagen a la palma de Arbona y cotejó el pendiente con la joya que la chica lucía en la oreja izquierda en la foto.
—Coincide al cien por cien, inspector —sentenció Torres con gravedad, alzando la vista hacia Arbona—. Es el pendiente de Estefanía.
—¡Eso no es mío! —gritó Toni desesperado, con la voz rota en un aullido chillón que retumbó en las paredes del salón—.
¡Se lo juro por Dios, eso no es mío! ¡No he visto ese pendiente en mi vida!
¡Yo no he puesto nada en esa chaqueta! ¡Alguien me está tendiendo una trampa, Júlia, por favor, créeme! ¡Yo no lo puse ahí!
—¡Siéntese y cállese, Sureda! —bramó Torres, abalanzándose sobre él junto al otro agente para sujetarlo con firmeza por los hombros y forzarlo de nuevo a hincarse en el sofá, mientras el choque metálico de los grilletes resonaba con violencia.
Júlia, con la vista nublada por las lágrimas y las manos aún apretadas contra la boca, dio un paso atrás horrorizada, viendo a su marido debatirse entre la custodia policial mientras el cerco sobre él se cerraba de forma irremisible.
Al filo de la medianoche, cuando el furgón policial se alejó de Palmanyola llevándose de vuelta a Toni esposado a los calabozos, la reputación profesional de su marido, el calor de su hogar y la intimidad de su vida familiar habían quedado completamente reducidos a escombros.