CAPÍTULO 19 #2
—Me han preguntado dónde está Fany... Les he dicho que no tengo ni la menor idea, que yo no le he hecho nada, pero no me creen —suplicó Toni desesperado al otro lado—.
Dicen que la llamé la noche que desapareció.
Piensan que yo sé algo. Por lo que más quieras, Júlia...
búscame un abogado. Consigue un buen abogado y dile que venga inmediatamente a la jefatura de policía. ¡Que venga ya!
La llamada se cortó abruptamente con un pitido seco. Júlia dejó caer el brazo, mirando a Gonzalo con los ojos desencajados por el terror.
—Gonzalo... —susurró Júlia con el hilo de voz que le quedaba. Llama a tu abogado. Por favor. Se lo acaban de llevar a los calabozos.
Gonzalo no lo dudó un segundo. Sacó su teléfono móvil del bolsillo de la camisa, marcó un número de acceso directo y se alejó hacia el recibidor de la casa mientras Júlia, apoyada contra la pared, intentaba contener un temblor visceral que amenazaba con hacerla colapsar.
—Marcos, soy Gonzalo —dijo con voz grave, firme y acostumbrada a mandar—.
Necesito que dejes lo que estés haciendo y te plantes inmediatamente en la Jefatura de Policía de Palma.
Han detenido al marido de mi vecina, Antonio Sureda...
Sí, por el tema de la profesora, una locura absoluta.
Quiero que asumas su defensa ya mismo y te asegures de que no le hagan firmar ni una sola coma sin ti delante.
Al otro lado de la línea, Marcos Salom —uno de los penalistas más cotizados y agresivos de las Islas Baleares— no hizo preguntas innecesarias. Prometió estar en el edificio del centro de Palma en menos de veinte minutos.
Cuando Gonzalo colgó y se giró, Iris rodeaba los hombros de su amiga — Júlia, ¿te traigo un vaso de agua?
—se ofreció Gonzalo— Si, gracias — musitó con un hilo de voz.
Al momento, Gonzalo volvió de la cocina y le puso un vaso entre las temblorosas manos de su vecina.
Al cruzar la mirada con Gonzalo, ésta sintió una punzada desgarradora en el estómago: la paradoja de depender desesperadamente de la generosidad del mismo hombre al que esa madrugada había visto traicionar a su mejor amiga de la forma más vil.
—Ya está en marcha, Júlia —la tranquilizó Gonzalo, poniéndole una mano suave en el brazo—. Marcos es un sabueso. En cuanto pise la comisaría, la policía va a tener que medir cada palabra.
Júlia asintió en silencio, intentando ordenar sus pensamientos en medio del caos. Al reparar en el entorno, notó la ausencia del hijo de sus vecinos.
—¿Y Borja? —preguntó Júlia con un hilo de voz, mirando a Iris—. ¿No venía con vosotros?
—No, bonita, está en casa de mis suegros —respondió Iris, acariciándole la espalda con afecto—. Gonzalo lo dejó allí cuando iba de camino al aeropuerto para recogerme.
Fue justo en ese instante cuando el sonido de los pasos de Pau y Marc bajando las escaleras rompió el aire espeso del salón.
Ajeno por completo a la llamada telefónica que acababa de recibir su madre desde la comisaría, Pau asomó la cabeza con gesto de desconcierto al ver a Iris y a Gonzalo en casa a esa hora.
—¿Mamá? ¿Pasa algo? —preguntó el chico, mirando extrañado a su alrededor—. ¿Ha vuelto ya papá de declarar? Dijiste que tardaría poco.
Júlia se tragó el sollozo que le quemaba la garganta, se secó el rostro a toda prisa y forzó una sonrisa temblorosa, desesperada por proteger a sus hijos y ocultarle la terrible verdad a su hijo mayor.
—No... todavía no ha terminado, cariño —mintió, intentando que la voz le sonara serena—. La policía va despacio con los trámites y el papeleo. Gonzalo e Iris han venido a hacernos un rato de compañía. Subid que, en cuanto papá vuelva, os aviso.
Júlia envolvió a sus dos hijos en un abrazo breve pero apretado, ocultando el rostro descompuesto contra el hombro de Pau para impedir que la vieran romperse.
18:30 H. Jefatura Superior de Policía, Palma
Los taconazos de cuero de Marcos Salom resonaron con un eco imponente en el pasillo de la segunda planta del edificio de la policía. Ataviado con un traje de corte a medida y sosteniendo un maletín de piel, el abogado cruzó la puerta de la sala de mandos sin pedir permiso.
El inspector Arbona y el subinspector Torres levantaron la vista del borrador del atestado.
—Buenas tardes, señores —saludó Salom con una cortesía helada y calculadora—. Soy Marcos Salom. Asumo la representación letrada de don Antonio Sureda García. Exijo interlocución inmediata con mi cliente y la copia de la diligencia de derechos antes de que vuelva a salir una sola palabra de su boca.
El inspector entornó los ojos oscuros, reconociendo al instante al letrado. La presencia de un abogado de semejante categoría cambiaba las reglas del juego de golpe.
—Está en los calabozos de abajo, Salom —respondió Arbona con voz neutra—. Le hemos leído los derechos a las seis. Se ha negado a declarar tras la detención.
—Ha hecho exactamente lo que debía —sentenció el letrado, abriendo su carpeta—.
Solicito la entrevista previa y confidencial con él en el locutorio antes de que instruyan el pase a disposición judicial.
Y les aviso desde ya: si pretenden agotar las setenta y dos horas de retención sin pruebas biológicas o indicios sólidos, el lunes a primera hora presentaré un habeas corpus en el Juzgado de Guardia.
Minutos después, en la penumbra del calabozo subterráneo, la puerta de hierro se abrió. Toni, sentado en el banco de obra con la cabeza entre las manos y el rostro surcado por lágrimas secas, alzó la vista despavorido.
El letrado tendió la mano a Toni a modo de saludo y tomó asiento al otro lado de la mesa. Se ajustó los gemelos de la camisa y lo miró con una serenidad imperturbable.
—Buenas tardes, Antonio. Me envían Gonzalo y su mujer —dijo el abogado con tono tranquilizador pero tajante—. A partir de este momento, usted no responde a una sola pregunta más de los inspectores. Ni sobre Estefanía Moreno, ni sobre nada. Deje que se estrellen contra el atestado. Que suden ellos.
Toni dejó salir un sollozo ahogado, aferrándose al borde de la mesa.
—Yo no le he hecho nada, se lo juro... —balbuceó Toni.
—Lo sé —lo cortó Salom con una leve sonrisa de suficiencia—. Y mi trabajo es asegurarme de que el lunes por la mañana usted duerma en su casa.
19:30 h. Jefatura Superior de Policía
Arbona no esperó a que Salom terminara su primera entrevista con Toni en los calabozos.
Con el atestado firmado tras la detención y el informe de informática forense sobre la mesa, el inspector redactó a toda prisa la solicitud de un auto de entrada y registro dirigida al juzgado de instrucción de guardia de Palma.
—Torres, fundamenta bien el riesgo de destrucción de pruebas —ordenó mientras firmaba el escrito con trazo rotundo—.
La llamada de las 20:45 h, el borrado metódico del historial y el inicio del modo avión del teléfono de la víctima.
Necesitamos la orden para el chalé de Palmanyola, el vehículo del sospechoso y sus dependencias en Son Espases antes de que caiga la noche.
A las ocho y cuarto de la tarde, el juez de guardia concedía la autorización.