Mar de fondo CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

E l silencio en el salón era sobrecogedor.

Júlia llevaba cuatro horas caminando en círculos entre la cocina y la cristalera del jardín, incapaz de fijar la vista en nada mientras Marc y Pau permanecían en el piso de arriba, sobrecogidos por la escena.

Cada vez que su móvil emitía cualquier vibración, el corazón le daba un brinco. Sin noticias.

Dos golpes secos y urgentes en la puerta de entrada la sobresaltaron. Atravesó el recibidor a trompicones y abrió de par en par.

En el umbral aparecieron Iris y Gonzalo. Ella aún llevaba el bolso de mano colgado del hombro y el semblante fatigado de quien acaba de aterrizar. Gonzalo sostenía las llaves del coche en la mano, con la camisa levemente desabrochada.

—¡Júlia! ¿Qué demonios ha pasado? —exclamó Iris nada más verla, abalanzándose sobre su amiga para darle un abrazo apretado—.

Acabamos de llegar a casa, Gonzalo me recogió en el aeropuerto y el vecino de al lado nos ha parado en seco en la acera...

Nos ha dicho que la policía se ha llevado a Toni en un coche patrulla.

La verja de la entrada estaba abierta y hemos venido a ver qué pasaba.

Júlia sintió que el abrazo de su amiga la sostenía de milagro, pero al alzar la vista por encima del hombro de Iris, se topó de lleno con la mirada de Gonzalo.

Un escalofrío helado le recorrió la espina dorsal.

Ahí estaba el marido modélico, apoyado con aplomo contra el marco de la puerta, apenas unas horas después de que ella lo hubiera visto besando apasionadamente a otra mujer junto a la verja.

La mezcla de terror por Toni y el peso sofocante de semejante secreto en presencia de Iris casi la hizo colapsar.

—Se lo han llevado a la jefatura... —balbuceó con la voz rota, obligándose a hablar mientras los hacía pasar al recibidor—. Vinieron dos agentes... dijeron que necesitan tomarle declaración sobre la desaparición de Fany. Me dijeron que no podía ir con él, que me quedara en casa con los chicos.

—¿Sobre Fany? —repitió Iris, llevándose las manos a la boca con auténtica estupefacción—. Pero si Toni no tiene nada que ver con esa chica... Esto es un error grotesco, Júlia. Estarán tomando declaración a medio instituto y a todo su entorno.

—No tengo noticias suyas... Han pasado horas y no me coge el teléfono —añadió Júlia, pasándose las manos temblorosas por la cara, al borde del llanto—. Gonzalo... tú que entiendes de estas cosas, dime la verdad... ¿Debería consultar a un abogado ya mismo? ¿Debería mandar a alguien a la comisaría?

Gonzalo dio un paso al frente con actitud serena y protectora, poniendo una mano firme sobre el hombro de Júlia para infundirle calma.

—Tranquilízate, Júlia. En estas primeras horas, si va como testigo o a aclarar un detalle, ponerle un abogado de entrada puede hacer que la policía piense que tiene algo que ocultar —explicó Gonzalo con voz pausada y convincente—.

Ahora mismo lo estarán interrogando de forma rutinaria.

Pero escucha: si la cosa se alarga, si ves que dan las nueve de la noche y no lo traen de vuelta a casa, no lo dudes.

Te pongo en contacto con el mío. Es un penalista de Palma de absoluta confianza, de los mejores de la isla, y se presenta en la comisaría en diez minutos.

Júlia asintió débilmente, aferrándose a las palabras de Gonzalo como a un clavo ardiendo, sin poder quitarse de la cabeza la imagen monstruosa de que el hombre que le ofrecía su ayuda tan generosamente escondía una vida secreta a espaldas de su amiga.

17:30 h. Jefatura Superior de Policía, Palma

En el pasillo del segundo piso, la puerta de cristal opaco del laboratorio de informática se abrió y Torres salió a paso ligero con una carpeta de manila bajo el brazo.

Arbona, que aguardaba apoyado contra la pared junto a la máquina de café, se despegó del muro en cuanto vio la expresión tensa de su subinspector.

—¿Qué tenemos? —preguntó en un susurro.

—El vaciado rápido del terminal ya está listo —explicó, abriendo la carpeta para mostrar la gráfica de llamadas y eventos de red.

El equipo de informática ha extraído la imagen física del teléfono.

Sureda nos dijo que mantenía contacto con Fany solo por voz para no dejar rastro de mensajes, pero omitió un detalle clave: las llamadas registradas por la compañía entre su número y el de la chica han sido borradas manualmente del historial de su aparato.

Arbona arrugó el entrecejo, clavando la mirada en los folios.

—Las borró una a una del terminal —continuó Torres.

Y hay un dato técnico decisivo: como ya sabíamos la última llamada que le hizo fue el jueves 4 de junio a las 20:45.

En ese preciso instante, el teléfono de Fany ya figuraba en modo avión, por lo que la llamada ni siquiera llegó a dar señal.

Sin embargo, Sureda se molestó en borrar ese intento de llamada de su registro inmediatamente.

Y lo más perturbador, inspector: volviendo a revisar el móvil de Fany éste permaneció en modo avión durante un par de horas hasta que se apagó definitivamente a las 22:50.

Además, la celda de la antena ubica el teléfono de Sureda situado exactamente en el Coll de Sóller, a esa hora de la noche.

Arbona cerró la carpeta con un golpe seco. La pátina de marido modélico y profesional abnegado que proyectaba Toni acababa de agrietarse sin remedio.

—Se acabó la cortesía —sentenció el inspector. Prepara la lectura de derechos.

La puerta de la sala de interrogatorios se abrió con un chasquido rotundo. Toni dio un brinco en la silla, irguiéndose al instante. Llevaba más de una hora a solas con el rumor del fluorescente, el sudor frío secándosele en la camisa y la mente girando desbocada en un bucle de paranoia.

Arbona y Torres entraron sin prisa. Torres se colocó detrás de Toni, bloqueando la salida, mientras el inspector se sentaba al otro lado de la mesa, apoyaba las manos sobre la mesa y fijaba sus ojos oscuros en el sospechoso.

—Antonio —empezó con una calma helada—, nos ha dicho hace un rato que no tenía nada que ocultar y que sus llamadas con la desaparecida eran exclusivamente para organizar una cena sorpresa a su mujer.

—Así es... se lo juro —balbuceó Toni, notando que la boca se le quedaba seca de nuevo.

—Una explicación muy bonita, Antonio. Pero si solo eran consultas inocentes...

¿por qué el jueves 4 de junio, a las ocho y cuarenta y cinco de la tarde, antes de esa supuesta salida al Coll de Sóller, llamó a Fany y se molestó en borrar inmediatamente el registro de esa llamada de su pantalla?

¿Por qué borrar un intento fallido justo cuando el teléfono de la chica acababa de entrar en modo avión?

La palidez de Toni se volvió mortal. La trampa acababa de cerrarse sobre su coartada.

—¡Las borraba todas por inercia! —estalló Toni, al borde del colapso, golpeando la mesa con las palmas de las manos—.

¡Se lo juro por mis hijos! La llamé a última hora de la tarde desde casa para ver si había podido averiguar algo sobre la reserva antes de que se hiciera más tarde.

Vi que no daba señal ni sonaba y borré el registro al momento para que Júlia no me preguntara a quién llamaba.

Como ya les he dicho, si Júlia cogía mi móvil y veía una llamada saliente a una compañera de trabajo, se iba a pensar lo peor.

¡Estaba intentando evitar una discusión y tener que contarle la verdad!

Yo no sé nada de ese modo avión ni de a qué hora se apagó su móvil.

El aire de la sala pareció congelarse.

El inspector no pestañeó. Se inclinó aún más hacia delante, invadiendo el espacio vital de Toni, y apoyó los puños sobre la mesa con una presión sofocante.

—¿Dónde está Fany, Antonio? —preguntó Arbona con voz grave, vocalizando cada sílaba—. ¿Dónde está Estefanía Moreno?

A Toni se le desencajó por completo la mandíbula. Las lágrimas de desesperación le brotaron de golpe en los ojos mientras negaba con la cabeza de forma frenética.

—¡No tengo ni idea! —suplicó Toni con la voz rota y destrozada por el pánico—. ¡Se lo juro, no tengo ni la menor idea de dónde está ni de lo que le ha pasado! ¡Yo no le he hecho nada! ¡No le he tocado un solo pelo de la cabeza!

Arbona mantuvo la mirada fija en él unos segundos eternos antes de ponerse de pie despacio.

—Antonio Sureda García, a partir de este momento queda usted detenido como presunto autor de un delito de detención ilegal en relación con la desaparición de Estefanía Moreno.

—¿Qué? ¡No! ¡Esto es una locura! —gritó Toni, intentando ponerse en pie, pero la mano firme del subinspector sobre su hombro lo devolvió de golpe a la silla.

—Tiene derecho a guardar silencio y a no declarar si no lo desea —recitó Torres con voz monótona y profesional, sacando los grilletes del cinturón— , a no declararse culpable, a la asistencia letrada de un abogado y a que se informe a un familiar del lugar de su detención...

—¡Llamen a mi mujer! —suplicó Toni con lágrimas de auténtico pavor agolpándose en sus ojos mientras sentía el metal frío de las esposas cerrándose alrededor de sus muñecas. ¡Déjenme llamar a Júlia, por favor! ¡Necesito hablar con ella!

En el recibidor del chalé de Palmanyola, la vibración del teléfono sobre la mesa del comedor hizo que Júlia, Iris y Gonzalo se quedaran petrificados. Júlia se abalanzó sobre el terminal y descolgó con los dedos temblorosos.

—¿Toni? ¡Toni! ¿Dónde estás?

—Júlia... —la voz de su marido al otro lado de la línea sonó rota, sofocada por un sollozo ahogado que a Júlia le encogió el corazón. Júlia, escúchame bien... me han detenido. Me van a bajar a los calabozos.

—¡¿Qué?! ¡Dios mío, Toni, no! —gritó Júlia, apoyándose contra la pared para no caerse mientras Iris se llevaba las manos a la boca de la impresión.