CAPÍTULO 18 #3
Con los dedos temblorosos, comenzó a devolver los tomates a la caja a toda prisa, intentando recuperar la compostura mientras el hombre, con el carro cruzado y la ceja levantada, la evaluaba con una elocuente expresión de «esta mujer no está bien de la cabeza».
Júlia soltó una última disculpa atropellada, abandonó la bolsa sobre el mostrador y se alejó a paso ligero hacia las cajas empujando el carro con torpeza Mientras colocaba los artículos sobre la cinta transportadora con las manos aún temblorosas y la cajera empezó a pasar los productos a toda velocidad, el estrépito del supermercado se vio perforado de golpe por un sonido inconfundible: las notas estridentes y festivas de “ I Don't Feel Like Dancing” de Scissor Sisters retumbando desde el fondo de su bolso.
El contraste entre el ritmo alegre del politono y el nudo de angustia que le atenazaba el estómago resultó casi grotesco. Rebuscó en su bolso a toda prisa y entre los tiques y las llaves localizó el teléfono y descolgó.
—¿Pau? —alcanzó a pronunciar, notando la garganta seca.
—¡Mamá, ven a casa ya, por favor! —la voz de su hijo mayor sonó quebrada, cargada de una extrañeza y una alarma desconocidas—. Ha venido la policía a buscar a papá. Están en la puerta... ¡y se lo acaban de llevar a la comisaría!
El teléfono estuvo a punto de resbalarle de los dedos.
Júlia sintió que el suelo cedía bajo sus pies, mientras la cajera la miraba aguardando el pago.
Con el corazón batiéndole a un ritmo desbocado en los oídos, abrió las bolsas, metió las compras como pudo sin reparar en el orden, aproximó la tarjeta al datáfono con la vista nublada y salió pitando del establecimiento, cargada y al borde de un infarto.
El trayecto de regreso en coche transcurrió como si la realidad se hubiera disuelto en un sueño, una mezcla de acelerones y curvas tomadas al límite.
Al enfilar la calle de su casa descubrió la patrulla de la policía aparcada frente al portal.
Júlia tiró de freno de mano, dejó las bolsas en el suelo del vehículo y cruzó la acera corriendo.
En el recibidor, Pau y Marc, que ya había regresado de casa de Borja, estaban pálidos. Frente a ellos se erguía una agente de uniforme con una libreta en la mano.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está mi marido? —exclamó Júlia sin aliento, poniéndose por delante de sus hijos en un gesto instintivo de protección.
La policía la miró con una sobriedad profesional, alzando levemente la mano para calmar la marea.
—Buenos días, señora. Tranquilícese —dijo la agente con voz firme pero neutra—.
Mis compañeros han trasladado a su marido a la Jefatura de la calle Simó Ballester.
Necesitan tomarle declaración en referencia a unas diligencias abiertas por el caso de Estefanía Moreno.
En cuanto terminen las preguntas, lo traerán de vuelta a casa.
—¿En referencia a Fany? —el nombre se le atascó en los labios como una espina caliente—. Pero... esto es un error absurdo. ¡Toni no tiene nada que ver con esto! Voy ahora mismo...
—No, señora Serra. Usted no puede ir a comisaría —la interrumpió la agente con contundencia, bloqueándole el paso de forma imperceptible—.
Tiene que quedarse aquí con los menores.
Si acude a la jefatura no se le va a permitir la entrada ni podrá ver a su marido mientras preste declaración. Colabore y espere aquí.
La puerta principal se cerró tras la marcha de la agente, dejando un silencio helado en el recibidor mientras Júlia, abrazada a los hombros temblorosos de Marc y Pau, sentía cómo la sospecha, la mentira y el miedo terminaban de dinamitar los cimientos de su vida.
14:30 h. Jefatura Superior de Policía, Palma
La sala de interrogatorios era un habitáculo rectangular, frío y despojado de cualquier elemento decorativo.
Bajo la luz blanca y zumbante de los fluorescentes, Toni permanecía sentado en una silla de plástico gris, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano y tamborileando los dedos sobre la superficie metálica de la mesa.
Frente a él, el inspector Arbona hojeaba en silencio el fajo de diligencias, haciendo que cada crujido de papel sonara como una amenaza suspendida en el aire.
La puerta se abrió con un chasquido metálico y el subinspector Torres entró en la estancia trayendo un vaso lleno de agua. Lo dejó caer con brusquedad junto a Toni, haciendo que unas gotas salpicaran la mesa.
—Beba, Sureda —dijo Torres con voz seca, apoyándose contra la pared y cruzándose de brazos.
Toni agarró el vaso con manos temblorosas, dio un trago corto y fijó la mirada en el inspector, intentando mantener a raya el pánico que le atenazaba la garganta.
—Volvamos a los días 4 y 5 de junio —dijo, levantando ligeramente la ceja izquierda mientras escudriñaba la declaración escrita que tenía sobre la mesa—.
Según su versión, usted hizo vida completamente normal.
El día 4 fue a trabajar a las nueve de la mañana a Son Espases, comió en el bar del hospital y, al acabar su jornada, fue a jugar un partido de pádel con Francisco Bonet, un compañero de trabajo.
—¡Correcto! —asintió Toni de inmediato, aferrándose con desesperación a la lógica de su rutina—. Pueden preguntarle a Xisco.
—Después fue a su domicilio para cenar y, sobre las diez de la noche, se desplazó al Coll de Sóller para una observación nocturna de la Luna y demás cuerpos celestes, regresando a su casa hacia las dos de la madrugada.
—Sí, exactamente así lo tengo apuntado en mi agenda —recalcó Toni, tragando saliva con dificultad—. Como ya les he mencionado, soy aficionado a la astronomía y ese día había unas condiciones atmosféricas excelentes. Pueden confirmarlo con mi mujer.
—Sigamos... —prosiguió Arbona—. Según su declaración, el día 5 volvió a hacer vida normal: de casa al trabajo y del trabajo a casa.
—Así es —confirmó Toni, esforzándose por sostenerle la mirada al inspector—. Ni un solo desvío.
Arbona reclinó la espalda contra la silla y entornó los ojos con la serenidad calculadora de quien ha escuchado mil excusas similares.
—Una rutina impecable, Antonio. Si es así, no tendrá ningún inconveniente en dejarnos su teléfono móvil un momento para comprobar esas anotaciones de la agenda de la que habla, ¿verdad?
Toni dudó solo una fracción de segundo. Creyendo que el aparato serviría para refrendar su coartada de normalidad, sacó el teléfono del bolsillo trasero de los pantalones y lo deslizó por la mesa hasta los dedos del inspector.
—No tengo nada que ocultar —musitó Toni.
Arbona tomó el aparato, lo sopesó en la palma y miró a Torres.
—Hay algo que me llama poderosamente la atención, Sureda —comentó, dando un golpecito con el bolígrafo sobre el informe telefónico—.
En esa rutina tan tranquila hay detalles que no encajan.
Tenemos registradas hasta seis llamadas telefónicas entre su número y el de Estefanía Moreno en los últimos dos meses.
Seis. Sin embargo, no hay ni un solo mensaje de WhatsApp entre ustedes. Ni uno.
Toni se rascó la nuca con gesto alborotado, mirando alternativamente a los dos policías.
—Se lo he explicado antes... no quería que Júlia se enterara de lo que estaba planeando —respondió Toni atropelladamente, pasándose la mano por la frente—.
Júlia a veces coge mi teléfono para mirar fotos o la música, y los mensajes dejan notificaciones flotantes en la pantalla con vista previa.
Si Fany me escribía algo, mi mujer lo habría visto en el acto y habría arruinado la sorpresa de nuestro veinte aniversario.
Por eso solo manteníamos contacto telefónico.
Llamadas directas cuando yo estaba a solas en el hospital.
¡Le pedía consejo sobre restaurantes, eso es todo!
El policía sostuvo la mirada fija en él unos segundos eternos, en absoluto silencio. Luego intercambió una seña imperceptible con su compañero. Sin añadir una sola palabra, él recogió los folios del informe que había sobre la mesa, se puso en pie y caminó hacia la salida.
Ambos agentes abandonaron la sala de interrogatorios, dejando a Toni solo frente a su vaso de agua, con el eco sordo de la puerta de hierro cerrándose de golpe tras de sí.
En la penumbra del pasillo, lejos del alcance de las paredes insonorizadas del habitáculo, Arbona se detuvo. Torres guardó el terminal en un sobre de pruebas de plástico transparente y lo precintó con trazo rápido.
—Llévate esto pitando al equipo de informática —ordenó en voz baja pero tajante—. Que procedan de inmediato al vaciado completo del teléfono: registros eliminados, geolocalizaciones de las antenas, fotos, todo.
—¿Y mientras tanto qué hacemos con él? —preguntó Torres, sujetando la carpeta bajo el brazo.
—Dejémoslo un buen rato solo ahí dentro —sentenció el inspector, echando un vistazo por la pequeña mirilla de cristal reforzado hacia la figura hundida de Toni—. Que sude y que piense. Vamos a dejar que se ablande del todo antes de volver a apretarle las tuercas.
El policía dio media vuelta, bajó las escaleras que conducían al patio de luces del edificio y, bajo el calor asfixiante de la tarde, encendió con mano firme el enésimo cigarrillo del día.