CAPÍTULO 18 #2
A esas horas del día solía haber poco movimiento en la sede central de la policía.
A través de la ventana del despacho que ocupaba el inspector jefe — un edificio que hacía esquina con el propio Paseo de Mallorca — se filtraba el rumor lejano de las bocinas del propio paseo y el murmullo de varios equipos de televisión apostados a las puertas del edificio.
Sobre la mesa, una taza de café frío servía de peso para impedir que los recortes de prensa se volaran con la brisa del ventilador.
El inspector Arbona dejó caer sobre la mesa un fajo grueso de documentos impresos con el sello de la guardia civil marítima y el registro de vuelos de la terminal ejecutiva del aeropuerto de Son Sant Joan.
—Tenemos el informe completo sobre Alexander Vance, comisario —anunció, descansando las manos en el respaldo de la silla.
El comisario, que estaba de pie junto a la ventana observando a las cámaras de televisión de la calle, se puso las gafas de lectura dispuesto a leer la documentación que le acababan de facilitar.
—Arbona, dime que tenemos la orden de detención lista para firmar —ordenó el superior.
—Todo lo contrario, jefe —suspiró con voz grave, girándose despacio— . El británico nos mintió, pero no porque tenga nada que ver con Estefanía. Nos mintió porque es un imbécil adúltero con pánico a perder su patrimonio.
Torres, a su lado, abrió la carpeta y señaló los datos destacados en fluorescente amarillo.
—La lancha de Blue Wave Holdings Ltd. no regresó al puerto porque sufrió una avería en el motor de babor a tres millas de la costa la madrugada del viernes 5 —explicó el subinspector—.
Fue remolcada de urgencia a las instalaciones del astillero privado STP en el puerto de Palma.
Y en cuanto a la mujer que subió a bordo con él la noche del jueves 4...
los técnicos de científica han logrado limpiar los fotogramas del pantalán. No era Estefanía Moreno.
El comisario arrugó el entrecejo, hojeando las ampliaciones fotográficas.
—¿Quién demonios es entonces?
—La esposa de un conocido financiero suizo con residencia de verano en la isla —respondió el subinspector—.
Entró en el puerto de incógnito, zarpó con Vance y pasaron la noche en la embarcación hasta que el motor falló.
A las siete de la mañana un vehículo privado la recogió en el varadero para llevarla directamente a la terminal FBO de aviación ejecutiva.
Tomó un jet privado rumbo a Zúrich a las ocho y diez.
Su itinerario está cien por cien verificado.
El silencio cayó como una losa en la oficina. El comisario se quitó las gafas con mano temblorosa, mirando alternativamente la ficha de Vance y la fotografía de Fany que presidía el corcho de la pared.
—Dos semanas... —murmuró el comisario con un hilo de voz ahogado por la rabia—. Hemos malgastado un tiempo precioso persiguiendo a un multimillonario británico, mientras los abogados de Madrid nos han estado acribillando a requerimientos.
—Vance prefirió aguantar la presión policial antes que admitir la infidelidad y arruinar su acuerdo de divorcio —añadió Arbona, frotándose los ojos con cansancio—. Es una vía muerta, comisario. Una pista falsa de manual.
—¿Y dónde nos deja esto, Arbona? —inquirió el comisario, dando un golpe seco con la palma sobre la mesa—.
Con los telediarios abriendo en un par de horas y la investigación en el punto de partida.
No ha habido ningún movimiento ni de su cuenta bancaria ni de sus tarjetas de crédito...
A estas alturas hay que empezar a considerar que Estefanía ha fallecido.
Arbona se acercó a la mesa, recogió la fotografía de Fany y la contempló en silencio unos segundos.
—Nos deja de vuelta en la realidad —sentenció con firmeza—.
El hombre que se llevó a Fany no tiene un yate de diez metros ni vive en una mansión de Son Vida.
No necesita deslumbrar con millones porque conoce de memoria la rutina de la chica.
Está aquí mismo, en Palma, haciendo su vida normal y convencido de que nos hemos vuelto locos buscando en el mar.
Justo en ese instante, el teléfono corporativo de Torres emitió una vibración insistente. El subinspector consultó la pantalla, leyó el documento que acababa de entrarle firmado por informática forense y alzó la vista con el rostro desencajado por el impacto del hallazgo.
—Jefe, Arbona... me acaba de entrar esto del laboratorio —anunció mostrando la pantalla antes de cantar los datos —. La científica ha terminado por fin el análisis de todos los dispositivos informáticos de Fany.
Arbona y el comisario prestaron atención al instante.
—¿Qué han sacado del ordenador? —preguntó Arbona, entornando sus ojos oscuros.
—Nada, blanco total —respondió Torres, negando con la cabeza—.
El portátil personal de la chica solo contenía documentación de trabajo: láminas de dibujo técnico, exámenes, proyectos del instituto y burocracia del departamento.
Ni rastro de diarios, archivos personales ni carpetas ocultas sobre su vida privada.
Toda su actividad personal la concentraba en el teléfono.
—¿Y el volcado del móvil? —inquirió el comisario, impaciente.
—Ahí es donde salta la sorpresa. El teléfono que encontramos apagado sobre la mesa de su recibidor revela que la última llamada entrante que recibió Fany el jueves 4, pocas horas antes de su desaparición, no vino de ninguna sociedad pantalla ni de un terminal británico —explicó Torres, señalando la línea del informe informático—.
Corresponde a un número particular registrado a nombre de Antonio Sureda García.
El comisario arrugó el entrecejo, buscando en su memoria entre el mar de nombres del expediente.
—¿Antonio Sureda? ¿Quién narices es Antonio Sureda?
—Es el marido de Júlia Serra, la profesora de química que interrogamos en el instituto donde trabaja Estefanía y nos facilitó las capturas del chat Ladys Institute .
El comisario se quedó petrificado, con las gafas de lectura a medio ajustar y una mueca de absoluta extrañeza dibujada en el rostro.
—¿Qué me estás queriendo decir, Torres? —preguntó el comisario, bajando el tono de voz.
—Insinúo que mientras nos volvíamos locos persiguiendo la pista de Port Adriano, teníamos la conexión delante de las narices, comisario —respondió el subinspector, apoyando las manos sobre la mesa—.
¿Y si Antonio tenía un romance secreto con Fany a espaldas de su mujer?
O peor aún... ¿y si la acosaba y ella amenazó con contárselo a Júlia?
Pensadlo un segundo: es un tipo maduro, atractivo, trabaja en el laboratorio de Son Espases.
Si tuvieron una discusión acalorada ese día o él se presentó en su piso para presionarla, encajaría de lleno con la ausencia de signos de lucha en la vivienda.
Fany le abrió la puerta a alguien de confianza.
Arbona permaneció en silencio, recordando la actitud de Júlia en el instituto y el perfil inmaculado de Toni. La hipótesis de Torres caía como una bomba en mitad de la investigación— “Necesito un cigarrillo”—pensó Arbona.
—Traedlo a comisaría ahora mismo —ordenó el comisario.
12:00 H. Mercadona
A las doce del mediodía de un sábado, el supermercado era un hervidero caótico de carros chocando, ofertas anunciadas por megafonía y familias apurando las compras del sábado.
En medio de semejante maremágnum, Júlia permanecía completamente petrificada en mitad del pasillo de la fruta y la verdura, ajena por completo al ajetreo y a las miradas de curiosidad que comenzaba a despertar en el resto de los clientes.
En su cabeza no dejaba de librarse una batalla atroz entre dos frentes que amenazaban con destruir su cordura.
Por un lado, la punzada constante, fría y dolorosa sobre Toni.
Por mucho que su marido le hubiera enseñado el historial de llamadas y le hubiera jurado que aquel café de diez minutos con Fany fue solo para pedirle recomendación sobre un restaurante para su aniversario, la duda seguía ahí, royéndole las entrañas como un parásito.
¿Por qué habérselo ocultado durante dos meses?
Fany llevaba más de dos semanas desaparecida, la policía investigaba a ciegas y saber que su marido —el pilar intachable de su vida, el hombre sereno y transparente— había estado con ella en la cafetería de un hospital antes de que se le perdiera la pista le provocaba una sofocante angustia en el pecho.
Y, por si fuera poco, la pesadilla de la acera de enfrente.
La imagen presenciada a las cuatro de la madrugada reaparecía en su mente con una nitidez despiadada: la negrura del jardín, la silueta de Gonzalo y esa mujer estilizada rodeándole el cuello con los brazos para plantarle un beso lento, rotundo y apasionado en los labios.
Un beso de una intimidad feroz que no dejaba el menor margen a la duda: aquello era un engaño ejecutado con una frialdad escalofriante mientras, en la planta de arriba del chalé, Marc y Borja dormían plácidamente tras la cena.
¿Quién era esa mujer? ¿Tenía que contárselo a Iris en cuanto regresara de Barcelona? Sentía que vivía rodeada de máscaras, que las certezas de su rutina se desmoronaban a pasos agigantados y que el peligro, o la mentira, habitaban en las casas de quienes más quería.
—Perdone... ¿va a coger más tomates o piensa dejar alguno para los demás?
La voz seca y destemplada de un cliente a su lado la arrancó de golpe de su letargo.
Júlia pestañeó desorientada, bajando la mirada hacia sus propias manos.
Con horror, descubrió que llevaba varios minutos metiendo tomates de forma mecánica e inconsciente en una bolsa de plástico, acumulando una montaña desproporcionada que amenazaba con reventar la misma.
Había dejado la caja del mostrador prácticamente vacía.
—¡Ay, por Dios! Perdone, lo siento muchísimo... No me he dado cuenta —balbuceó Júlia, sintiendo cómo un rubor ardiente le escalaba por el cuello.