Mar de fondo CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

E l silencio de la casa resultaba casi aplastante. En la penumbra del dormitorio, Júlia permanecía de espaldas a Toni, escuchando el ritmo pausado y regular de su respiración. Para ella, sin embargo, el sueño era una quimera imposible.

Las palabras de su marido resonaban una y otra vez en su cabeza, rebotando en un bucle tortuoso: «Me la encontré por casualidad en el hospital y le pedí el favor de que me diera ideas y me recomendara un sitio romántico ...

» . ¿Debía creérselo? Toni jamás le había dado el menor motivo para dudar de él en veinte años de matrimonio.

Siempre había sido el pilar de sensatez, el hombre sin secretos y entregado.

Pero la duda, una vez plantada, comenzaba a ramificarse como una hiedra venenosa.

¿Y si no era tan transparente como aparentaba?

¿Y si esa fachada de serenidad inalterable ocultaba pliegues que ella jamás se había molestado en indagar?

Un sofoco repentino, violento y abrasador, le recorrió el pecho hasta abrasarle el cuello.

Sintiéndose ahogada por la mezcla de calor y angustia, Júlia se destapó en silencio, abandonó el colchón procurando no despertar a Toni y se acercó descalza hasta el ventanal para buscar una rendija de aire fresco.

Desplazó la hoja de cristal con delicadeza.

Enfrente, el chalé de Iris y Gonzalo se distinguía en la penumbra.

El cuarto donde dormían los niños estaba a oscuras y los focos del jardín continuaban apagados, pero una claridad amarillenta tras los ventanales delataba que la luz del salón seguía encendida

Entonces, la pesada puerta principal de la vivienda se abrió con sigilo y de ella surgió la figura recortada de Gonzalo.

No iba solo. A su lado caminaba una mujer de silueta estilizada.

En medio de la negrura del jardín, Júlia fue incapaz de distinguir los rasgos de su rostro, pero vio con absoluta claridad la sonrisa amplia, relajada y confidente que lucía Gonzalo.

Instintivamente, Júlia se encogió tras el visillo de la ventana, pegando la espalda a la pared, aunque no pudo evitar asomarse por el resquicio de la cortina, conteniendo la respiración.

La pareja avanzó despacio por el camino de piedra que atravesaba el césped hasta llegar a la verja que daba salida a la calle.

En ese instante, la puerta peatonal se abrió y la mujer cruzó el umbral, pero antes de alejarse, se giró, rodeó el cuello de Gonzalo con los brazos y le plantó un beso apasionado en la boca.

Un beso lento, prolongado y rotundo, cargado de una intimidad que rozaba la posesión.

Júlia se llevó una mano a la boca, al borde del colapso por el asombro. El lenguaje corporal entre ambos no dejaba margen al error: destilaba una complicidad y una confianza física que superaban con creces las de una simple amistad o un coqueteo circunstancial.

En frente de la entrada, aparcado junto a la acera, descansaba el vehículo de la mujer.

Apuntó al coche con el mando y el «bip-bip» de los intermitentes le indicó que estaba abierto.

Se acomodó en el asiento del conductor y puso el motor en marcha con un murmullo sordo.

Antes de arrancar, bajó la ventanilla. Gonzalo se acercó a la puerta, apoyó el brazo con absoluta soltura sobre el techo del automóvil y se inclinó hacia el interior para susurrarle unas últimas palabras al oído, rematadas con una sonrisa enigmática antes de que el coche se alejara por la calle.

En cuanto el coche se hubo marchado, Gonzalo levantó la mirada para comprobar si alguien lo estaba observando y, metiendo las manos en los bolsillos, dio media vuelta y cerró la verja de entrada. Júlia dio un respingo. ¡Casi la había pillado!

Apoyada contra el marco de la ventana, a Júlia le daba vueltas la cabeza.

Iris estaba en Barcelona por un viaje de negocios crucial.

¿Quién era esa mujer? ¿Qué clase de relación mantenía con Gonzalo a espaldas de su amiga?

No tenía el menor aire de ser una empleada del hogar ni una colaboradora del despacho, y mucho menos a las cuatro de la madrugada.

La calma de la urbanización acababa de agrietarse para siempre ante sus ojos.

09:00 h. chalé de Iris y Gonzalo

El timbre de la verja exterior resonó con un carillón electrónico en la quietud de la mañana.

En la cocina de diseño, Gonzalo, que ya llevaba levantado un buen rato vistiendo unos pantalones cómodos y una camiseta limpia, se detuvo con la taza de café a medio camino de los labios.

Extrañado por la visita a una hora tan temprana, caminó hasta la pantalla del videoportero y presionó el botón de respuesta.

—¿Sí? —preguntó con voz neutra.

—¡Gonzalo, buenos días! Soy Júlia —resonó al otro lado la voz de su vecina, inusualmente dicharachera—. Venía a ver cómo habían pasado la noche los niños y he aprovechado para traer unos croissants recién hechos.

Con un leve suspiro de resignación bien disimulado, Gonzalo accionó la apertura eléctrica.

Segundos después, la puerta principal cedió y Júlia entró en la vivienda como un auténtico torbellino, directa hacia la zona de la cocina, portando una bolsa de papel artesanal que desprendía un aroma irresistible a mantequilla y hojaldre recién horneado.

—Menuda sorpresa, Júlia —dijo Gonzalo borrando cualquier rastro de molestia y componiendo su mejor sonrisa de anfitrión—. Los niños todavía están durmiendo. Ayer la noche fue de diez: devoraron las pizzas, vieron la película súper tranquilos y se portaron fenomenal. ¿Te apetece un café?

—Ay, pues te lo agradezco muchísimo, Gonzalo —aceptó Júlia, encaminándose con soltura hacia la zona del sofá.

Mientras Gonzalo se ponía manos a la obra con una cafetera de última generación digna de un barista profesional Júlia aprovechó la distancia para iniciar un concienzudo rastreo visual por todo el salón.

Buscaba cualquier indicio, algún detalle fuera de lugar que delatara a la misteriosa mujer que, apenas cinco horas antes, había visto abandonar la casa entre besos apasionados.

Sin embargo, la pulcritud de la sala era milimétrica: no había abrigos olvidados, copas sobre las mesas ni un solo cojín fuera de lugar.

Gonzalo cruzó el espacio y le tendió una taza humeante de espresso denso. Júlia observó el líquido oscuro y esbozó una mueca disculpándose.

—Ostras, Gonzalo, perdona... Se me ha olvidado decirte que lo tomo con leche —comentó levantándose de inmediato—. Pero no te molestes, voy yo misma a por la leche de la nevera. Con estos sofocos de la menopausia no soporto las bebidas tan calientes y este café arde.

Caminó hacia la cocina y, en su trayecto, no dejó pasar una sola oportunidad de inspeccionar el entorno.

En el cubo de reciclaje, el cartón de las pizzas de la noche anterior sobresalía de manera inocente.

Al abrir el frigorífico en busca de la leche, sus ojos se toparon de golpe con una botella de Moët & Chandon a medio terminar y al lado de la bandeja de los huevos un frasco de Paidoterín con restos de jarabe en el tapón.

Júlia levantó una ceja, extraña combinación para una noche a solas.

Al cerrar la nevera vio a Gonzalo mirarla fijamente a los ojos. La había pillado.

En ese preciso instante, Marc y Borja aparecieron por el pasillo arrastrando los pies. Marc, frotándose los ojos con sorpresa al ver allí a su madre, se acercó a la barra.

—¿Mamá? ¿Qué haces aquí?

—¡Buenos días, cariño! Os he traído croissants calentitos para desayunar.

—Uf... gracias —murmuró Marc, tocándose la cabeza con gesto abatido—. Me duele un poco la cabeza.

Júlia lo observó con atención: su hijo presentaba un aspecto inusualmente embotado, con los párpados pesados y la mirada perdida, un estado casi idéntico al que lucía Borja a su lado.

Fue ahí cuando la imagen de la nevera volvió de golpe a su cabeza y las piezas encajaron con crueldad: el Paidoterín, el antihistamínico que les daba de pequeños y que los dejaba K.O.

durante horas. Gonzalo les había dado jarabe para la alergia.

—Normal que estéis adormilados, si es que os dejé terminar la película y acabó más tarde de lo normal —bromeó revolviéndole el pelo a su hijo.

—Oye, Gonzalo —intervino Júlia, atando cabos en silencio mientras miraba a los niños— voy a bajar en un rato al supermercado a comprar unas cuantas cosas que nos hacen falta. ¿Necesitas que te traiga algo?

—No, Júlia, de verdad, te lo agradezco un montón —sonrió Gonzalo con su habitual cortesía—. Tengo la despensa perfectamente surtida para el fin de semana, pero mil gracias por ofrecerte.

—De nada, faltaría más —respondió ella.

Júlia apuró su café y se dirigió a depositar su taza en el lavavajillas y, al abrir la puerta, la confirmación cayó como un jarro de agua fría: en el interior reposaban dos copas de champán de cristal fino, una de ellas con marcadísimas huellas de carmín en el borde.

Disimulando el vuelco en el estómago, Júlia cerró el electrodoméstico, se despidió de Gonzalo y le advirtió a Marc que no tardara en volver a casa.

Al cruzar el portón de la casa y salir a la calle bajo el sol de la mañana, Júlia dejó salir un largo suspiro, con el corazón latiéndole a mil por hora.

Ya no le cabía la menor duda: Gonzalo tenía un lío monumental con esa mujer a espaldas de Iris.

« Éramos pocos y parió la abuela », pensó con amargura, abrumada ante la avalancha de secretos, mentiras y sospechas que habían estallado en su vida en apenas doce horas.

12:00 h. Jefatura Superior de Policía, Palma