CAPÍTULO 16
E l recibidor de la casa era un hervidero de prisas y retoques de última hora.
Júlia, radiante con un vestido de una sola manga en tono berenjena que estilizaba su figura, terminaba de ajustar con paciencia el nudo de la corbata a Pau.
El chico, hecho un manojo de nervios, lucía un traje de color azul marino sobre camisa blanca, coronado por una corbata roja estampada con pequeñas notas musicales que le daba un aire tan moderno como juvenil.
A su lado, Marc revoloteaba con sus pantalones beige, camisa blanca y los pelos engominados de punta que le conferían un aspecto adorablemente travieso.
Toni, perfecto, como siempre, con su traje oscuro ajustado a la medida, vigilaba el reloj mientras sujetaba las llaves del coche.
Poco después, los cuatro ocupaban sus asientos en el salón de actos del IES Joan Maria Thomàs de Palma.
Mientras la música ambiental amortiguaba el murmullo de las familias y aguardaban el inicio de la ceremonia, Toni buscó la mano de Júlia bajo las sillas.
La complicidad entre ambos brotó sin esfuerzo, trasladándolos un cuarto de siglo atrás, a las aulas de la UIB donde ambos estudiaban química.
—Veinticinco años ya de aquella práctica de laboratorio... —murmuró Toni con una sonrisa tierna.
Júlia soltó una risita ahogada al recordarlo.
Imposible olvidar la tarde en que el profesor los asignó como pareja de mesa en el laboratorio y Toni, intentando impresionarla con una valoración ácido-base, midió mal los reactivos y provocó una humareda violeta que disparó las alarmas de incendios y dejó la bata del catedrático teñida de un azul sospechoso.
Habían pasado más de dos décadas de aquel desastre, pero ahí seguían: ella dedicada a la docencia y él al frente del laboratorio clínico del hospital público Son Espases, conservando intacta la ilusión de aquellos años universitarios.
La graduación transcurrió entre aplausos, discursos emocionales y la entrega de orlas.
Al terminar el acto, mientras Pau se alejaba entre risas para hacerse fotos con su grupo de amigos, una mujer de unos cuarenta años se abrió paso entre el tumulto directa hacia Toni.
Era la profesora de matemáticas de Pau, que lo reconoció de la tutoría que habían tenido meses atrás sobre el rendimiento del chico, ignorando por completo que la mujer que estaba a su lado era la madre del alumno.
—¡Hola, Toni! Qué alegría verte —dijo la docente con absoluta naturalidad—.
Enhorabuena por Pau, ha hecho un curso estupendo.
Oye, perdona que te pregunte algo tan personal, pero...
¿sabes algo de Fany? Trabajamos juntas aquí hace un par de años y estoy consternada con lo que sale en las noticias.
Me acordé de ti porque hace un par de meses os vi a los dos charlando en el bar del hospital de Son Espases, y pensé que a lo mejor teníais contacto.
La pregunta cayó como una bomba en mitad del salón de actos.
Toni se quedó petrificado, la sonrisa congelada y el color huyendo de su rostro a la velocidad del rayo.
Desvió la mirada en milésimas de segundo hacia Júlia, que lo observaba con los ojos desorbitados y la boca entreabierta, incapaz de dar crédito a lo que acababa de escuchar.
—Ah... esto... ¿Fany? —balbuceó Toni, aclarándose la garganta mientras un sudor frío le recorría la espalda—.
No, no... Bueno, sí, la vi aquel día de pasada, pero fue una casualidad absoluta.
Una consulta rápida sobre... un tema médico de un familiar suyo.
No he vuelto a saber nada de ella, la verdad.
Perdona, es que tengo que ir a buscar al pequeño antes de que se pierda.
Sin esperar respuesta y atropellando las palabras, Toni agarró a Júlia del codo con torpeza y se la llevó a tirones hacia la salida, dejando a la profesora desconcertada y a Júlia sumida en un silencio helado cargado de sospecha.
El trayecto de regreso en coche había transcurrido en un silencio denso y sofocante.
En el reproductor del vehículo, la voz melancólica e inconfundible de Elvis Presley entonando “ Suspicious Minds” llenaba el habitáculo con una ironía casi dañina, amortiguando apenas el nerviosismo que se respiraba entre la pareja.
Al llegar a casa, la vivienda los recibió con una quietud inusual.
Pau se había quedado por Palma para la cena de fin de curso con sus compañeros de clase y luego se iba a dormir a casa de uno de ellos, mientras que a Marc lo habían dejado en casa de Borja al regresar.
Aprovechando que Iris estaba fuera de la isla por el viaje de negocios que comentó a Júlia el día anterior, Gonzalo se había ofrecido gustoso a quedarse al cuidado de los dos niños y organizarles una noche de pizzas y peli.
Toni avanzó por el pasillo a oscuras sin pronunciar palabra y se dirigió directamente a la cocina. Encendió la luz del techo, abrió la nevera y se sirvió un vaso de agua fría con la mano levemente temblorosa. Se apoyó contra el mármol de la encimera, apurando el trago de espaldas a la entrada.
En el quicio de la puerta apareció Júlia con el vestido de la graduación todavía puesto, recortándose contra la penumbra del pasillo y los brazos cruzados sobre el pecho. Sus ojos clavados en él exigían explicaciones de inmediato.
—¿Me vas a contar exactamente qué ha sido eso? —dijo Júlia con la voz firme, grave y helada—. Y no te inventes ninguna tontería sobre coincidencias.
Toni dejó el vaso sobre la encimera y se aclaró la garganta, evitando sostenerle la mirada.
—Júlia, de verdad, no hay nada que contar...
Fue una tontería sin importancia —murmuró con evasivas vagas, pasándose la mano por la nuca—.
Me la crucé por casualidad en el trabajo.
Había venido a una cita médica. Nos saludamos y nos tomamos un café rápido, de apenas diez minutos. La profesora esa lo ha exagerado todo.
—¿De verdad pretendes que me crea eso? —interrumpió Júlia dando un paso al frente, con la indignación temblándole en los labios—.
Tú y Fany solo coincidisteis en aquella fiesta que organizó Sacra en su casa el verano pasado.
¡Y hoy me entero de que os visteis en un bar hace dos meses!
Te pusiste blanco como la pared cuando lo dijo.
¿Por qué no me dijiste nada? ¿Qué demonios tenías que hablar tú con Fany?
El silencio volvió a instalarse en la cocina durante tres segundos eternos. Toni cerró los ojos, soltó un largo suspiro de derrota y se pasó ambas manos por la cara, deshecho por la presión de la situación.
—De acuerdo, está bien —confesó Toni alzando las manos en señal de rendición, mirándola por fin directamente a los ojos—. Coincidí con ella en el hospital. Pero no es lo que estás pensando, Júlia. Por favor, escúchame.
Júlia no pestañeó, esperando en tensión absoluta.
—Dentro de poco cumplimos veinte años de casados —continuó Toni con la voz quebrada por los nervios—.
Quería prepararte una cena sorpresa en algún sitio realmente especial, algo distinto a lo de siempre.
Tú no parabas de repetir en casa que Fany estaba super al día de todos los restaurantes de moda de la isla y de los sitios más exclusivos de Palma.
Me la encontré por casualidad en el hospital y le pedí el favor de que me diera ideas y me recomendara un sitio romántico mientras tomábamos un café.
Te lo iba a contar en cuanto reservara la mesa, Júlia...
Pero justo después sucedió su desaparición.
Toni dio un paso tembloroso hacia ella, buscando desesperadamente una chispa de comprensión en el rostro de su mujer.
—Cuando se le perdió el rastro y vi lo hundida, angustiada y obsesionada que estabas por tu amiga, creí que no era el momento oportuno para soltarte esto.
Me dio pánico. Pensé que confesarte que nos habíamos visto a solas hacía dos meses añadiría un estrés absurdo y malentendidos innecesarios cuando tú bastante tenías con lo que tenías.
Eso fue todo, Júlia, te lo juro por los niños.
Júlia, sin embargo, negó levemente con la cabeza, manteniendo los brazos apretados contra el pecho y la mirada fija en él. La historia encajaba, pero el dolor de la mentira pesaba demasiado.
—Suena precioso, Toni... De verdad —murmuró Júlia con un hilo de voz cargado de escepticismo—. Pero entenderás que, después de habérmelo ocultado durante tanto tiempo, necesite algo más que tus palabras. Dame una prueba. Demuéstrame que eso fue todo lo que pasó.
Toni tragó saliva, metió la mano en el bolsillo del pantalón con los dedos temblorosos y sacó su teléfono móvil. Tecleó durante unos segundos antes de tenderle la pantalla, mostrándole una lista de notas personales y el historial de llamadas salientes.
—Fany me dio dos opciones perfectas para la ocasión.
Llamé a los dos locales al día siguiente para intentar reservar mesa para el veintisiete de junio.
¡A los dos! Pero me dijeron que no tenían ningún hueco libre para esa fecha y que era imposible acomodarnos.
Mira las llamadas registradas, Júlia, con fecha de mediados de abril.
Júlia fijó los ojos en la pantalla iluminada, reconociendo la caligrafía digital con los nombres de los restaurantes y los números de teléfono marcados.
La tensión que le agarrotaba los hombros empezó a ceder milímetro a milímetro.
Se quedó inmóvil en el umbral, procesando la evidencia mientras el eco lejano de la canción de Elvis aún resonaba en su memoria, dejando que la sombra de la duda y el alivio se disputaran el control de su pecho.
21 h. Residencia de Iris y Gonzalo
El amplio salón de arquitectura vanguardista lucía una penumbra acogedora.
La enorme pantalla de televisión iluminaba los sofás de cuero blanco con destellos azulados, mientras de fondo se escuchaban los efectos sonoros de una película de animación.
Sobre la mesa baja de cristal, dos cajas de pizza artesanal medio vacías y un par de vasos de refresco atestiguaban el éxito de la velada.
Borja y Marc, descalzos y despeinados tras horas de juegos, se desternillaban de risa tumbados entre cojines. Borja imitaba los gestos del personaje de la pantalla mientras Marc, con la energía inagotable de sus ocho años, daba saltos sobre la alfombra intentando no derramar su vaso.
—A ver, piratas, un poco de orden o nos van a oír desde la otra punta de la urbanización —dijo Gonzalo apareciendo desde la cocina abierta con una bandeja de helados.
Iba vestido con unos pantalones cómodos y una camiseta gris que acentuaba su figura atlética. Sonreía con esa calidez desarmante y cercana que lo convertía en el anfitrión ideal. Mientras servía las tarrinas a los niños, ejercía de padre divertido y complaciente con una soltura innata.
—¡Es que esta parte es buenísima, papá! —protestó Borja entre risas, cogiéndose la barriga.
—Y además hoy es viernes y mañana no hay cole —añadió Marc con una mueca triunfante
— ¿Cómo ha ido la graduación de tu hermano, Marc? — preguntó Gonzalo mientras le daba la tarrina de helado.
— ¡Aburridísima! — sentenció el niño — Mi hermano iba superarreglado con traje y una corbata llena de notas musicales.
—Un gran día para la familia —asintió Gonzalo con voz pausada, revolviéndole el pelo con afecto —. Pau se ha hecho mayor. Seguro que tus padres están orgullosísimos.
Gonzalo se retiró hacia la isla de mármol para recoger las cajas de cartón de la cena, limpió con esmero la encimera y se lavó las manos bajo el chorro de agua caliente.
—Muy bien, chicos —anunció Gonzalo volviendo al salón con gesto sereno y cercano—. En cuanto termine la peli, directos a la cama. Mañana hay que levantarse con energía.
Los niños asintieron entre bostezos, dejándose llevar por los últimos minutos de la película, mientras la casa quedaba envuelta en calma.