Mar de fondo CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

E l sol de la tarde caía tibio sobre la lámina azul de la piscina, reflejando destellos dorados en las cristaleras de la casa.

Tras la fiesta de cumpleaños, todo había vuelto a su lugar y el jardín de Iris respiraba una calma absoluta, amortiguada únicamente por la suave brisa entre los palmitos y el sonido lejano de los hielos al chocar con el cristal de las copas.

Ese día Iris y Júlia terminaron su jornada laboral al mediodía y habían decidido regalarse una tarde de relax en casa de Iris.

Acomodadas en dos elegantes tumbonas de teca bajo la sombra de un amplio parasol, ambas mujeres disfrutaban de la tranquilidad de la tarde.

En las mesitas auxiliares, sendas copas teñidas del naranja brillante del Aperol Spritz , con sus rodajas de naranja flotando entre burbujas, completaban la estampa de desconexión.

—Esto sí que es vida, Iris... —murmuró Júlia, dejando escapar un suspiro de puro alivio tras dar un sorbo largo y fresco a su bebida. Había conseguido comprar a Pau el traje de graduación, quitándose un gran peso de encima.

—Te lo dije ayer: aquí se viene a olvidar el mundo —sonrió Iris por encima de sus gafas de sol, reclinando un poco más el respaldo de su tumbona—. Y lo mejor de todo es el silencio.

Desde el interior de la casa, a través de la gran puerta corredera del salón abierta de par en par, llegaba de forma intermitente el murmullo entusiasta de los niños.

Borja y Marc estaban completamente absorbidos frente a la pantalla del televisor del comedor, desentrañando acertijos con el videojuego del Profesor Layton que Marc le había regalado a su amigo.

—¡Que no, Marc, que la pista dice que la llave está debajo del sombrero! —se oyó protestar a Borja desde el sofá con voz animada.

—¡Que no, pesado, pulsa en el candado de la izquierda primero! —le rebatió Marc con vehemencia antes de que ambos estallaran en risas al acertar la solución.

Júlia observó la escena desde la piscina con una sonrisa de satisfacción, estirando las piernas sobre la teca caldeada por el sol.

—Al final el regalo de Marc ha sido un éxito —comentó girando la copa por el tallo—. Tenía miedo de que se aburrieran al cabo de diez minutos, pero llevan casi una hora sin pestañear.

—Están felizmente entretenidos y, lo más importante, lejos de la piscina por un rato —respondió Iris con complicidad, alzando su copa hacia Júlia en un gesto de brindar por la paz conseguida—. Salud por las tardes de jueves sin prisas.

Iris dio un pequeño sorbo a su copa, dejando que el hielo repiqueteara suavemente contra el cristal antes de posarla sobre la mesita. Se quitó las gafas de sol, dejándolas sobre el regazo, y miró a Júlia con una mueca donde la curiosidad se teñía de verdadera preocupación.

—Oye, Júlia... —empezó Iris, bajando el tono de voz —. ¿Has sabido algo más de las pesquisas sobre Fany? ¿Cómo va el tema?

El rostro de Júlia se ensombreció al instante. La sonrisa relajada que lucía hacía solo un momento se desvaneció, sustituida por una mirada seria que se perdió en los reflejos azulados del agua de la piscina.

—Nada de nada, Iris —suspiró Júlia, dejando escapar un aire pesado—. Ya han pasado dos semanas desde que desapareció y la policía no tiene absolutamente ninguna pista firme. Están completamente a ciegas.

—Pero si no se habla de otra cosa ... —comentó Iris, incorporándose ligeramente en la tumbona—. Abres el periódico o pones la televisión y solo hay especiales sobre ella.

—Precisamente por eso da más rabia —asintió Júlia con amargura—.

El revuelo mediático está siendo insoportable.

Hay artículos a doble página en la prensa local, los telediarios nacionales abren con el caso y Palma se ha llenado de periodistas y cámaras desplazados desde Madrid.

En las redes sociales es aún peor: todo el mundo especula, inventa teorías absurdas y señala a supuestos culpables.

Pero la realidad es que la policía no sabe por dónde tirar.

Iris arrugó el entrecejo, cruzándose de brazos sobre la bata playera.

—¿Y todo esto te lo ha confirmado la policía o son rumores del instituto?

—Nos lo contó la madre de Fany —confesó Júlia con la voz cargada de pena—.

El otro día, Sacra y yo fuimos a su casa a hacerle una visita.

Queríamos saber cómo estaba la familia, arroparla un poco y preguntarle si la policía había hecho algún avance reciente.

La pobre mujer está destrozada, Iris. Nos dijo que los investigadores hablan con ellos casi a diario por pura cortesía, pero que les admiten con la boca pequeña que se han topado con un muro.

Cero huellas, cero sospechosos y de su teléfono móvil todavía no se ha podido extraer nada.

Es como si Fany se hubiera disuelto en el aire al cruzar el portal de su piso.

Un grito agudo desde el salón interrumpió de golpe la conversación sobre la investigación.

—¡Mamá! ¡Tenemos hambre! ¡Queremos merendar algo! —vociferó Borja con el tono impaciente de quien está a punto de perder una partida decisiva en la consola.

Iris dibujó una sonrisa tierna, soltando un suspiro de resignación maternal mientras se ponía en pie y se ajustaba la bata.

—Voy a sofocar la rebelión antes de que tiren la casa abajo —dijo a Júlia con un guiño.

Se adentró en el salón y regresó al cabo de unos minutos tras dejar un plato colmado de galletas de chocolate y sendos vasos de leche a los dos niños, que apenas apartaron la vista de la pantalla para dar las gracias.

De vuelta en la terraza, Iris se dejó caer de nuevo sobre la tumbona y recuperó su copa de Aperol.

—En fin... cambiando de tema, Júlia, el próximo fin de semana tengo que volar a Barcelona —comentó Iris mientras se acomodaba el pelo detrás de la oreja.

Júlia arqueó las cejas con curiosidad, girando la cabeza sobre el cojín.

—¿Ah sí? ¿Trabajo?

—Sí, una reunión importantísima —asintió Iris con el rostro iluminado por una mezcla de orgullo y nerviosismo—.

Se trata de un nuevo cliente, un grupo desarrollador bastante potente.

Si la reunión sale como espero y cerramos el contrato, puede ser el empujón definitivo para el despacho. Es una oportunidad enorme.

—¡Pero Iris, eso es una noticia fantástica! —exclamó Júlia con sincero entusiasmo.

—Lo sé, lo sé... Estoy emocionadísima con el proyecto, pero no te voy a negar que me da un perezón terrible tener que marcharme y dejar a Gonzalo y a Borja solos —admitió Iris, mordiéndose ligeramente el labio inferior—.

Entre el trabajo de Gonzalo y la logística de la casa, siempre me da la sensación de que, si no estoy yo, esto se descontrola.

—¿A qué hora te marchas exactamente? —preguntó Júlia, recolocándose sobre la tumbona.

—Mañana al mediodía —respondió Iris—. Salgo pitando para el aeropuerto hacia la una y regreso el sábado por la tarde.

Júlia soltó una pequeña risotada y le dio un toque cariñoso en la rodilla para tranquilizarla.

—Por favor, Iris, ni se te ocurra agobiarte por eso —le aconsejó Júlia con total serenidad—.

Gonzalo es un verdadero padrazo y adora a Borja.

Se van a apañar perfectamente los dos juntos, ya lo verás.

Además, vivo justo enfrente: si necesitan cualquier cosa, un plato de comida o que me quede un rato con el niño, solo tienen que cruzar la calle.

Estaré al pie del cañón para echarles una mano en lo que haga falta.

Iris suspiró aliviada, mirándola con profunda gratitud mientras alzaba su copa hacia ella.

—No sabes la paz que me da oírte decir eso, Júlia. De verdad, muchísimas gracias. Qué suerte tengo de tenerte tan cerca.