CAPÍTULO 14
E l chasquido de la llave girando en la cerradura rompió el silencio absoluto del rellano. Fany empujó la puerta con el hombro y cruzó el umbral desafinando a medio volumen entre risillas, entonando el estribillo del tema de Karol G que no había dejado de sonar en la pista de baile:
—¿Qué hubiera sido... si antes te hubiera conocido? Seguro estarías conmigo...
Entró en el piso a oscuras y dejó caer el bolso de mano sobre la mesita del recibidor con un golpe sordo.
Se descalzó de un tirón, dejando que los tacones rodaran por el pasillo, y soltó un largo hálito de alivio mientras sentía el tacto frío del parqué bajo los pies descalzos.
La cabeza le daba vueltas, invadida por esa calidez ingrávida y desinhibida que dejan un par de copas de más tras una noche entera de risas, bailes y confidencias con su grupo de amigas de toda la vida.
Apoyó la espalda contra la pared, tratando de mantener el equilibrio, cuando la pantalla del teléfono móvil iluminó la penumbra de la entrada con un destello azulado. Tenía una nueva notificación.
Era él.
Le vino de golpe a la memoria el momento exacto en que todo había empezado, apenas tres horas antes.
Estaban en el reservado de la discoteca, envueltas entre luces de neón, el retumbar ensordecedor de los bajos y las copas de ginebra con tónica sobre la mesa de cristal.
Su móvil se había iluminado con el aviso del primer emparejamiento en la aplicación.
Fany se había apartado disimuladamente hacia el pasillo de los baños, llena de curiosidad, para leer el mensaje inicial.
No era el típico piropo plano o vulgar que solía recibir de los chicos de su edad; era un comentario sutil, refinado, escrito con una calma y una elegancia que la hicieron sonreír en mitad del caos de la fiesta mientras las chicas seguían bailando sin percatarse de nada.
Ahora, sola en casa, Fany volvió a abrir su perfil por enésima vez.
Aunque la foto cortaba el rostro por debajo del mentón, en las manos firmes, los hombros anchos y la contención de la imagen se adivinaba sin esfuerzo a un hombre bastante más mayor que sostenía en el regazo un bulldog francés.
Un verdadero madurito con un aire de sofisticación que marcaba la diferencia.
Sonrió para sus adentros imaginando la reacción de su grupo de amigas si se lo contaba en ese instante: la acribillarían a preguntas, se burlarían o le soltarían el típico sermón sobre las diferencias de edad.
No, decidió en ese momento, no les diría ni una sola palabra.
Sus amigas no entenderían qué le atraía de alguien así, de modo que era infinitamente mejor guardarse aquel secreto solo para ella.
Volvió a leer el nuevo mensaje que él le acababa de enviar a las dos de la madrugada:
«Espero que la noche haya ido bien y que ya estés a salvo en casa. No suelo escribir a estas horas, pero confesarte que me he quedado con ganas de saber más de ti me parecía un riesgo que valía la pena correr.»
Fany se mordió el labio inferior, sonriendo a la pantalla en mitad de la penumbra.
El alcohol ablandaba sus cautelas habituales, transformando la prudencia en una punzada de vanidad y coqueteo.
Se dejó caer sobre la cama deshecha, con el teléfono alzado sobre el rostro, y comenzó a teclear con los pulgares ágiles.
«Llegas justo a tiempo. Acabo de entrar por la puerta. Y yo tampoco soy de las que se conforman con un simple saludo de cortesía...»
La respuesta de él no tardó ni medio minuto en llegar.
Fue una frase breve, calculada al milímetro para engancharla sin revelarse, una combinación perfecta de elegancia e insinuación que le provocó un escalofrío eléctrico en la nuca.
Fany abrazó la almohada, flotando en esa dulzura alcohólica que todo lo suaviza, convencida de que acababa de cruzarse con alguien extraordinario.
En la quietud de su dormitorio, rendida al sueño y al entusiasmo de un nuevo juego, ignoraba por completo que al otro lado de la red no había más que un depredador tejiendo pacientemente los primeros hilos de una red sin salida.