CAPÍTULO 12
A quel viernes de finales de abril, el trayecto en coche por las curvas sinuosas de la Serra de Tramuntana había tenido algo de hipnótico.
En la penumbra del vehículo, la melodía sensual y melancólica de “Wicked Game” de Chris Isaak sonaba a volumen moderado mientras las notas de la guitarra flotaban entre los dos.
Fany observaba el perfil de él dibujado por el tenue fulgor azulado del cuadro de mandos: las manos seguras sobre el volante de cuero, la postura relajada y esa elegancia que la tenía fascinada desde que cruzaron los primeros mensajes en la aplicación.
Para el resto del mundo él no era más que un perfil anónimo; para ella, la promesa de una aventura excitante y distinta a todo lo demás.
El deportivo abandonó el asfalto de la carretera principal a la altura del Mirador de ses Ànimes, aparcando en el pequeño saliente de tierra junto a la silueta imponente de la antigua torre de defensa del siglo XVI, que se alzaba sobre el abismo recortándose contra el cielo nocturno.
Al apagar el motor, la música se apagó suavemente y la negrura de la costa junto al rumor lejano del oleaje rompiendo contra los acantilados envolvieron el coche en un aislamiento absoluto.
Fany miró por la ventanilla, reconociendo de inmediato la icónica estructura de piedra levantada en su día para vigilar las incursiones piratas.
—El Mirador de ses Ànimes... —comentó Fany girándose hacia él, entornando los ojos con una mezcla de curiosidad e intriga—. Conozco bien este sitio. ¿Por qué me has traído justamente aquí?
Él sonrió con una pausa calculada, bajó del vehículo, rodeó el capó con soltura y extrajo de una cesta gourmet una botella de tinto de bodega privada junto a dos copas de cristal fino mientras la invitaba a salir del coche.
A medida que servía el vino sobre la carrocería caldeada por el viaje, la miró fijamente con esa insistencia que desarmaba a cualquiera.
—Porque este lugar tiene una historia especial —respondió él, entregándole una copa mientras la brisa marina les rozaba la piel—.
Las viejas leyendas de la isla dicen que esta torre se llama "de las almas" porque en la noche los espíritus de los que se perdieron en el mar regresan a la costa, y que aquí abajo vagan libres, despojadas de ataduras, de máscaras y de las miradas de los demás.
Me pareció el sitio perfecto para nosotros.
Fany sostuvo la copa sintiendo un leve escalofrío recorrerle la espalda, fascinada por la profundidad y el punto de romanticismo oscuro con el que él adornaba cada palabra.
—Admito que traerme de noche a un sitio con semejante leyenda y con esa música tiene su punto de locura —confesó ella con una risa suave, sintiendo un leve rubor en las mejillas—. Pero reconozco que me encanta.
—No hay ninguna locura —susurró él acercándose un paso más, rozándole con suave complicidad los dedos antes de elevar su copa—. Solo dos personas que saben lo que quieren y que han decidido dejar las prisas y el ruido del mundo fuera.
Esa noche, Fany regresó a su piso con la sensación embriagadora de haber comenzado una historia formidable.
Ignoraba por completo que aquella velada idílica sobre los acantilados de Tramuntana era solo el primer movimiento de una trampa perfecta, ejecutada por alguien que al día siguiente volvería a su vida cotidiana con total frialdad, por encima de cualquier sospecha.