CAPÍTULO 11
L a entrada a la selecta urbanización de Son Vida siempre le producía a Arbona una mezcla de pereza y rechazo.
Las colinas salpicadas de mansiones ultramodernas, cristales blindados y jardines de un verde insultante parecían un universo ajeno a la suciedad y el desorden de las comisarías.
El coche patrulla se detuvo ante la majestuosa cancela de forja de la villa de Alexander Vance, que se abrió lentamente tras un breve intercambio de palabras por el videoportero.
El subinspector Torres cogió la chaqueta que había dejado en el asiento de atrás mientras Arbona apagaba el motor, rematando el enésimo cigarrillo del día contra un cenicero a punto de reventar.
Al bajarse, el calor de la tarde de junio los recibió de golpe, envuelto en los acordes inconfundibles y potentes de una canción de Tom Jones que retumbaba suavemente a través del sistema de sonido exterior.
Alexander Vance ya los esperaba en la terraza cubierta, apoyado en una balaustrada de cristal transparente que no interrumpía en absoluto el panorama de la bahía de Palma al fondo.
A lo lejos, al otro lado de las hamacas, unas cuantas chicas jóvenes en bikini reían entre sorbos de champán y música, disfrutando del sol sin prestar la menor atención a la visita policial.
Vance vestía un polo de blanco y pantalones náuticos.
De él emanaba la estela penetrante de Kouros de Yves Saint Laurent, un perfume tan intenso que se apoderaba del aire a su alrededor, mientras sostenía un vaso con hielo que hacía girar levemente entre los dedos.
Tenía unos cuarenta años bien llevados, la piel bronceada por el sol mediterráneo y esa postura displicente de quien se sabe inmune a las normas del resto de los mortales.
—Inspector Arbona y subinspector Torres, de la policía —se presentó el veterano mostrando su placa, manteniendo la voz grave y neutra—. Sentimos interrumpir su sábado, señor Vance, pero necesitamos hacerle unas preguntas sobre un asunto urgente.
Vance dio un sorbo a su bebida con pausada teatralidad antes de responder en un español fluido, marcado por una acusada cadencia británica y un deje irónico.
—Ah, la policía. Espero que no sea por el volumen de la música o el ruido del cortacésped.
Mi jardinero es un poco entusiasta los fines de semana —dijo con una leve risilla que no llegó a reflejarse en sus ojos—.
Pasen y siéntense si no tienen miedo de manchar las baldosas de mármol con sus zapatos.
Torres apretó la mandíbula, pero Arbona permaneció impasible. Sacó una fotografía de Fany de su carpeta y se la tendió sin rodeos.
—Estamos investigando la desaparición de Estefanía Moreno.
Como habrá visto en la prensa y en la televisión, el caso está teniendo un enorme impacto mediático.
Manejamos indicios sólidos de que la señorita Moreno pudo estar en Port Adriano el mismo día de su desaparición o en las jornadas inmediatamente anteriores.
Por ese motivo estamos interrogando a los armadores, tripulantes y usuarios habituales del puerto, para averiguar si alguien la vio por las instalaciones o reconoce esta cara. ¿Le resulta familiar?
Vance echó una ojeada perezosa a la imagen, sin molestarse en coger el papel.
—Una chica muy atractiva —comentó alzando una ceja con condescendencia—. Pero no. No tengo el placer. Mi vida social en la isla no suele incluir a.… bueno, a gente de este perfil.
—El motivo de que estemos aquí, señor Vance —intervino Torres, dando un paso al frente—, es que en los registros de la marina su embarcación figura con salidas a alta mar a horas bastante intempestivas.
Las cámaras de seguridad del puerto muestran que en una de ellas iba usted acompañado por una mujer joven, de complexión muy similar a la de la foto.
La sonrisa de Vance se congeló un milisegundo antes de transformarse en una mueca de abierta prepotencia. Apoyó el vaso sobre la mesa de cristal con un golpe seco.
—Miren, inspectores —su tono perdió la guasa inicial para volverse cortante como una cuchilla—.
Lo que yo haga en mi embarcación privada y con quién decida salir a navegar a medianoche es un asunto que atañe exclusivamente a mi vida privada.
Port Adriano está lleno de mujeres guapas y lanchas rápidas.
Si la policía necesita acosar a empresarios británicos para dar titulares a los telediarios y simular que trabajan, me parece lamentable.
—Nadie le está acosando, señor Vance. Solo recabamos datos sobre una persona desaparecida —replicó Arbona con serenidad, clavando sus ojos oscuros en el magnate.
—Pues la entrevista se ha terminado —sentenció Vance, poniéndose en pie con gesto amenazante—.
Si pretenden insinuar algo más o si vuelven a aparecer por mi propiedad sin una orden judicial firmada, la próxima conversación que tengan no será conmigo, sino con el socio sénior de mi bufete de abogados en Madrid.
Les aseguro que tiene muy poca paciencia para las excursiones policiales de fin de semana. Buenos días.
Vance les dio la espalda, haciendo un gesto displicente hacia la salida mientras a lo lejos las risas de las chicas continuaban ajenas a la tensión.
Arbona guardó la foto en el bolsillo interior de la chaqueta, evaluando cada micra de la reacción del británico: había soberbia y rabia, pero sobre todo la molestia de quien no tolera que la policía husmee en sus asuntos.
—Gracias por su tiempo, señor Vance —dijo Arbona con absoluta cortesía mientras se daba la vuelta junto a Torres—. Que tenga un buen fin de semana.
Se dirigieron en silencio hacia el coche y, antes de llegar a la portezuela, Arbona ya llevaba un nuevo cigarrillo entre los labios y buscaba el mechero en el bolsillo.
—El tabaco acabará matándote, inspector —dijo Torres viéndolo dar la primera calada.
Arbona soltó una densa bocanada de humo y echó un vistazo atrás por el retrovisor.
—Antes me matará la sospecha, Torres. Ese tipo nos está ocultando algo, y no precisamente pequeño.
—Totalmente de acuerdo —asintió el subinspector abriendo su puerta—. Tenía la lección demasiado bien ensayada. Apesta a mentira.