CAPÍTULO 10
E l sol de las siete de la mañana se filtraba suavemente por las enormes cristaleras de la suite principal, iluminando las sábanas desordenadas.
Iris estiró el brazo por inercia, pero el lado de Gonzalo ya estaba vacío.
Se calzó aprisa, se envolvió en una ligera bata de seda y bajó la monumental escalera volada del chalé, guiada por el inconfundible aroma a café recién hecho.
En la cocina, la escena parecía sacada de una revista: Gonzalo, con los pantalones del pijama caídos sobre las caderas y a pecho descubierto, manipulaba la cafetera con la soltura de quien acaba de despertarse.
Iris se acercó por detrás sin hacer ruido, le rodeó la cintura con los brazos y le depositó un beso afectuoso en la espalda antes de ponerse de puntillas para alcanzar su mejilla.
—Buenos días, marido —murmuró con una sonrisa juguetona—. Veo que la noche de pasión de ayer no te ha dejado del todo sin energías...
Gonzalo soltó una carcajada descuidada, se giró para estrecharla contra su torso y le devolvió el beso con ternura.
—Había que aprovechar antes de que la casa se convierta en un parque temático —bromeó él, sirviéndole la primera taza de café del día.
En el office, Borja ya estaba bien despierto, balanceando las piernas mientras devoraba a buen ritmo un tazón de cereales con leche, totalmente absorto en una serie japonesa que veía su iPad.
Iris le revolvió el pelo al pasar y se apoyó en la encimera, consultando la pantalla de su teléfono con la satisfacción de quien lo tiene todo controlado.
—Tranquilos, que todo está en orden —anunció Iris tras dar un sorbo a su café—.
A las diez traen el castillo hinchable y empiezan a colocar toda la decoración pirata.
A las cuatro de la tarde llegan los del catering y lo dejan todo listo, justo a tiempo para que a las seis empiece la fiesta y vayan llegando los invitados.
Gonzalo puso los ojos en blanco con dramatismo, aunque en su rostro se dibujaba un gesto de afectuosa resignación.
—A las seis se desata el caos... —suspiró él, pasando un brazo sobre los hombros de su mujer—. Y encima con mi padre rondando por aquí para supervisar el despliegue.
—Prométeme que vas a hacer de tripas corazón, Gonzalo —le pidió Iris mirándolo con una mezcla de complicidad y advertencia—. Hoy toca ser el anfitrión perfecto, tanto para los padres de los niños como para tu padre. No quiero ni una sola chispa.
—Tranquila, mi amor —respondió Gonzalo besándole la frente—. Me pondré mi mejor cara de póker. Si he sido capaz de levantar mis negocios solo, sobreviviré a una horda de niños y a los comentarios de mi padre. Hoy seré un modelo de educación.
A pesar de vivir exactamente en la acera de enfrente, las dudas de última hora con la ropa hicieron que la familia de Júlia cruzara la calle con media hora de retraso.
Llamaron al timbre de la verja y la puerta eléctrica cedió para darles paso al universo perfectamente orquestado de Iris y Gonzalo.
Marc, orgulloso con su disfraz de pirata, su parche en el ojo y el regalo del videojuego envuelto bien sujeto bajo el brazo, ni siquiera esperó a los adultos: en cuanto divisó el despliegue del jardín, salió disparado hacia el castillo hinchable de dimensiones colosales que presidía el extremo opuesto de la propiedad, donde dos monitores intentaban mantener el orden en una marea de niños dando botes.
Júlia avanzó ajustándose la caída de un vestido en tono neutro que favorecía su figura y resaltaba con elegancia la curva de sus caderas.
Sin embargo, consciente de no haber tenido tiempo de hacerse la manicura, procuraba mantener las manos suavemente cruzadas sobre el bolso para no enseñar las uñas al natural.
A su lado, Toni llevaba unos pantalones color beige y un polo negro, luciendo ese aire maduro y atractivo tan característico, mientras que Pau los seguía a regañadientes unos pasos por detrás, resignado con unos jeans y una camisa desenfadada propia de su edad.
El jardín era un derroche de logística. Bajo una carpa ligera, la zona del buffet congregaba a varias decenas de adultos que charlaban entre copas de vino tinto y aperitivos de diseño.
Júlia, Toni y Pau se encaminaron hacia los anfitriones.
Gonzalo estrechó la mano de Toni con efusividad y luego se giró hacia el hijo mayor de sus vecinos.
—¡Pau! Qué enorme estás, chaval. ¿Cómo van esos estudios? —preguntó Gonzalo con su habitual soltura.
—Bien... tirando —respondió Pau, colocándose incómodo en el cuello de la camisa.
En ese momento, Iris terminó de darle las últimas instrucciones al personal del catering y se acercó a saludarlos con una amplia sonrisa.
—¡Por fin llegáis! Qué guapísima estás, Júlia, me encanta tu vestido —comentó Iris besándola en la mejilla.
—Muchas gracias, Iris. Vosotros sí que os habéis superado, menudo despliegue habéis montado en el jardín. Está todo precioso —respondió Júlia, devolviéndole la cortesía mientras Toni y Gonzalo continuaban hablando a pocos pasos.
Sin embargo, tras ese breve intercambio de frases de cortesía, Iris notó la incomodidad que Júlia intentaba disimular.
Con tacto y disimulo, Iris la tomó del brazo y la guio hacia un rincón apartado del jardín, junto a unos frondosos setos de jazmín, lejos del bullicio del buffet y de las miradas curiosas.
—Oye... ahora que no nos oye nadie —dijo Iris tornando su rostro a una expresión de sincera preocupación—, no me he quitado de la cabeza lo que me dijiste el otro día. ¿Cómo estás? ¿Se sabe algo nuevo de la investigación sobre la desaparición de Fany?
Júlia miró a su alrededor antes de responder, bajando el tono para mantener la discreción.
—El martes vino la policía al centro y me interrogaron —confesó Júlia, cruzando los brazos sobre el cuerpo—. Les conté todo lo que sabía y les hablé de nuestro grupo de WhatsApp. Pero la cosa se está poniendo muy negra, Iris...
» Maite, la jefa de estudios, tiene un conocido en la policía que le ha contado que las antenas rastrearon su teléfono: está desconectado y la última señal que registró la compañía corresponde al día anterior a su desaparición, emitida desde su propio piso.
Los agentes lo han encontrado allí y estaba apagado.
Iris estrechó las manos de Júlia entre las suyas, apretándolas con fuerza para transmitirle un poco de calma en medio del escalofrío.
—Tranquila, Júlia... La policía acabará encontrando a Fany. No te martirices pensando en lo peor —susurró Iris—. Seguro que hay una explicación para todo esto.
Sin embargo, sus palabras se vieron abruptamente cortadas por el taconazo firme de Mara, la suegra de Iris, que irrumpía en el rincón envuelta en un perfume sofocante y lucía una sonrisa de autoridad que no admitía réplica.
—Iris, querida, perdona que te interrumpa —soltó Mara sin disimular el tono inquisitivo—, pero ¿te has acordado de pedir al catering la comida sin gluten para Tita? Ya sabes lo delicada que es del estómago y no quiero que la pobre pase hambre habiendo venido por mí.
Iris respiró hondo y dibujó en sus labios una sonrisa de paciente victoria. Mara no se había molestado en avisarla de que traería a su amiga a la fiesta, pero Iris, que la conocía demasiado bien y sospechaba que acabaría apareciendo con un invitado imprevisto, se le había adelantado con astucia.
—Está todo bajo control, Mara. Me suponía que terminarías invitándola sin decirme nada, así que tuve la precaución de encargar ayer una bandeja sin gluten especialmente para ella.
Los camareros la tienen guardada aparte en la mesa auxiliar del fondo para evitar cualquier contaminación.
Si quieres, le digo a un chico que se la sirva ahora mismo.
—Ah, perfecto. Menos mal —asintió la mujer con altivez, dándose la vuelta sin más protocolo para regresar al centro del buffet .
Iris dejó ir un suspiro ahogado y puso los ojos en blanco, buscando la mirada cómplice de Júlia.
—Qué barbaridad... Es la metomentodo número uno. Autoinvita a sus amigas a la fiesta de su nieto y encima me fiscaliza el menú. Pero bueno, en el fondo la quiero, qué le voy a hacer... Al fin y al cabo, es la madre de Gonzalo.
Aprovechando el paréntesis, Iris ajustó el tono de su voz y continuó desahogándose.
—Aunque te digo una cosa, la relación de Gonzalo con su padre está bastante peor.
Mi suegro se ha empeñado en que Gonzalo se haga cargo de todas las empresas familiares porque está pensando en jubilarse de una vez, y Gonzalo no está por la labor en absoluto.
Quiere seguir con sus propios negocios, a su aire y sin rendirle cuentas a su padre.
—¿Y no hay forma de que lleguen a un acuerdo? —preguntó Júlia, agradeciendo la distracción.
—¡Qué va! Para intentar ablandarlo y tender puentes, hace dos años su padre le hizo donación del huerto del abuelo, un terreno en el campo en el término municipal de Sencelles que pertenece a la familia desde hace generaciones.
Es el sitio donde el abuelo tenía un viñedo además de cultivar la tierra y donde Gonzalo guarda los mejores recuerdos de su infancia.
La verdad es que a él le hizo una ilusión enorme: se ha gastado un dineral en rehabilitar la casita que hay en la finca, ha cambiado el viejo viñedo por olivos y se ha empeñado en seguir la tradición de plantar un huerto.
Iris soltó una carcajada desenfadada, tocándose el colgante del cuello con gesto cómico.
—Imagínate el plan... Que a mí me lleves a una casucha en medio de la nada a ver cómo mi marido riega las acelgas me parece un suplicio. Yo soy de manicura, asfalto y aire acondicionado, Júlia. Pero, en fin, le hace tanta ilusión a él que le dejo disfrutar de su rinconcito rural.
Júlia soltó una risotada sincera y le dio la razón a su amiga con un gesto divertido.
—Visto así, mírale el lado p —comentó Júlia guiñándole un ojo— .
Mientras Gonzalo se va al campo a hacer de agricultor, tú ganas un tiempo precioso para ti.
Un día de estos, en cuanto él se marche a cuidar sus tomates, nos escapamos las dos a tomar unos vinos tranquilamente y arreglamos el mundo a nuestro aire.
—¡Ay, Júlia, me parece el plan perfecto! Apúntamelo ya en la agenda —se rio Iris de buena gana, liberando por fin la tensión acumulada.
Con una última mirada de complicidad y una sonrisa compartida, ambas se arreglaron la ropa y abandonaron la discreta penumbra del rincón de los jazmines.
Reincorporadas al bullicio del jardín, se mezclaron sin prisa entre la masa de invitados: la música infantil retumbaba al fondo mientras las risas de los niños se entremezclaban con el chocar de copas cerca del buffet .
Iris volvió a asumir con soltura su papel de anfitriona perfecta, repartiendo atenciones entre los padres de los amigos de su hijo, mientras Júlia se abría paso entre la multitud hasta encontrar la mirada serena de Toni, dejándose envolver por fin por el ambiente festivo de la tarde.