Mar de fondo CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

E l mapa de la isla, repleto de marcas rojas y notas adhesivas en la pared principal, era lo primero que impactaba al entrar en la oficina del grupo de homicidios y desaparecidos.

Sobre la mesa, el inspector Arbona repasaba meticulosamente las diligencias iniciales del caso de Estefanía Moreno que la policía judicial les había traspasado días atrás.

A sus cincuenta y dos años, fumador empedernido, Arbona era un hombre alto, de espaldas anchas, pero ligeramente encorvado, con esa postura cansada de quien ha pasado demasiadas noches de guardia dentro de un coche patrulla.

Tenía el rostro curtido por el sol y el salitre mediterráneo, enmarcado por un cabello canoso cortado al cepillo y unas cejas pobladas que solían fruncirse de forma instintiva antes de lanzar una pregunta incómoda.

Sus ojos, de un marrón oscuro penetrante, poseían la agudeza del cazador paciente: apenas parpadeaban cuando examinaba una prueba y parecían evaluar el peso exacto de cada detalle.

Su aspecto rozaba un desaliño evidente, propio de alguien infinitamente más centrado en los enigmas de sus casos que en su propia imagen.

Lucía una chaqueta de lino beige visiblemente arrugada tras eternas horas de trabajo, una camisa clara sin corbata y unos zapatos de piel cómodos pero desgastados en los talones.

A su lado, el subinspector Torres terminaba de apilar un fajo de informes de verificación.

A sus treinta años, Torres lucía ese porte fibroso y enérgico de quien todavía no ha sido desgastado por la burocracia policial.

De mirada oscura y una melena corta de pelo moreno y ondulado que se acomodaba a manotazos, el joven subinspector combinaba una presencia atlética con la tenacidad de un auténtico sabueso.

—Las actuaciones de la Judicial dejan claro que no estamos ante una marcha voluntaria, Torres —comentó Arbona, dando un sorbo corto de café a una taza de cerámica donde se leía “Zona criminal”—.

El piso en perfecto orden, ni una sola huella fuera de lugar y el teléfono apagado sobre la mesa de la entrada, depositado allí deliberadamente.

El culpable sabía exactamente lo que hacía.

—Y tampoco hay fuga encubierta, inspector —intervino Torres—.

Ya hemos cotejado los registros con todas las compañías aéreas y navieras de la isla: ni por vía aérea ni marítima se ha detectado ningún billete expedido a nombre de Estefanía Moreno en los días de su supuesta desaparición ni en las fechas posteriores.

No ha salido de la isla por ningún medio de transporte comercial.

Tampoco está ingresada en ningún hospital y no tenemos conocimiento de ningún accidente de tráfico en el que esté involucrada.

Arbona asintió despacio, fijando la mirada en los papeles.

—Eso confirma que sigue en la isla... o que no salió de ella por su propio pie —sentenció el veterano, dando un golpecito firme con el índice sobre la copia de los mensajes del grupo Ladys Institute—.

Nuestra única vía sólida para tirar del hilo sigue estando en estas confidencias que Estefanía compartió con sus compañeras de trabajo Júlia y Sacramento.

La chica presumía de salir con un hombre adinerado que tenía una lancha de gran potencia amarrada en Port Adriano y que la iba a invitar a navegar. ¿Algún exnovio?

— Sabemos que hace poco más de un año la desaparecida cortó con su novio porque la engañaba, pero su entorno y su familia dice que es agua pasada y que terminaron bien.

Ya hemos hablado con el chaval y ha confirmado lo anterior.

De hecho, sigue con la misma chica y tienen fecha para la boda — apuntó Torres enseñando a su compañero la declaración del ex de Fany.

Arbona se puso en pie, se ajustó la ajada chaqueta y clavó sus ojos oscuros en el subinspector.

—Torres, coge el coche y vete directo hacia Calvià.

Preséntate en la capitanía marítima del puerto y solicita oficialmente que nos envíen por correo electrónico toda la información requerida: libros de registro, permisos de atraque, fichas de propietarios y datos de los usuarios del puerto, centrándote especialmente en los dueños de lanchas de gran cilindrada y yates del pantalán principal.

Que nos lo manden todo por mail a la jefatura antes de que termine el día para ponernos a cruzar datos de inmediato.

19:00 h.

El despacho del comisario jefe en la primera planta del edificio acumulaba el calor denso de toda la jornada.

A través de las persianas venecianas se filtraba una luz anaranjada que iluminaba la mesa de madera oscura, repleta de informes sobre la desaparición de Estefanía Moreno y recortes de prensa que presionaban a la unidad en busca de respuestas.

Los inspectores Arbona y Torres tomaron asiento frente al comisario. Arbona exhalaba todavía el inconfundible rastro del tabaco recién fumado, y el comisario, tras fruncir levemente el ceño ante el olor, se quitó las gafas de lectura y cruzó las manos sobre la mesa con gesto impaciente.

—Decidme que el volcado de datos de Port Adriano ha dado algún fruto, Torres —dijo el comisario mirando fijamente al subinspector.

—Ha dado resultado, jefe —asintió el joven, abriendo una carpeta azul sobre el escritorio—. Tras cruzar los registros informáticos de capitanía marítima, las fichas de amarres y los accesos de vehículos con las fechas críticas, tenemos un sospechoso que destaca sobre todos los demás.

—Alexander Vance —intervino el inspector con su voz grave—.

Ciudadano británico, cincuenta años, afincado en Mallorca desde hace una década.

Reside en una mansión de vanguardia en la urbanización Son Vida y es el usuario habitual de una lancha de gran potencia de diez metros de eslora, amarrada en el último pantalán del puerto.

El comisario arrugó el entrecejo, examinando la ficha que Torres le deslizaba.

—¿Qué tiene este inglés de particular, además de estar podrido de dinero?

—Que su perfil encaja perfectamente con las confidencias del chat de las Ladys —explicó Arbona—.

Fany les contó a sus compañeras que salía con un «madurito interesante, con dinero del bueno y barco amarrado en Port Adriano».

La lancha está registrada a nombre de una sociedad pantalla en las Islas Caimán, Blue Wave Holdings Ltd.

, pero en el contrato de alquiler de la plaza de amarre y en los pases de acceso al recinto figura Alexander Vance como capitán y usuario autorizado.

Torres abrió la carpeta para mostrar una serie de fotogramas extraídos de las grabaciones de seguridad.

—Y lo verdaderamente alarmante, comisario, es lo que registran las cámaras del puerto deportivo la noche de la desaparición.

El jueves 4, a eso de las once y media de la noche, las cámaras del pantalán grabaron a Alexander subiendo a su lancha en compañía de una mujer joven, de la misma estatura y complexión física que Fany.

Por desgracia, la escasa iluminación de la zona y el ángulo de la lente hacen imposible distinguir los rasgos de su rostro o confirmar su identidad al cien por cien.

A los pocos minutos, la embarcación zarpó mar adentro...

y jamás regresó al puerto. A día de hoy, la lancha sigue sin volver a su punto de amarre.

—¿Y las antenas telefónicas? —preguntó el comisario, reclinándose en su sillón.

—El móvil de Fany fue apagado en su piso esa misma noche, pero los repetidores de Son Vida y Calvià sitúan el terminal de Vance activo en esa franja horaria —añadió Torres—.

Además, Vance responde al patrón de hombre ostentoso, habitual de fiestas exclusivas y envuelto en un estilo de vida de absoluto secretismo.

—Un perfil de estatus, recursos marítimos y capacidad de manipulación —resumió Arbona—. Es el candidato perfecto para ser el tipo misterioso que encandiló a Fany.

El comisario dio un golpecito firme con los nudillos sobre la mesa, evaluando la gravedad de investigar a un magnate extranjero.

—Con alguien del perfil de Vance no podemos dar pasos en falso.

Mañana sábado os quiero a primera hora en Son Vida.

Presentaos en su villa, le enseñáis la foto de la chica y le apretáis las tuercas.

Quiero saber qué pasó esa noche, quién era esa mujer y dónde narices tiene metida esa dichosa lancha.