Mar de fondo CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

E l crujido de la cinta policial al precintar la puerta del piso de Fany resonó con eco en el silencio del rellano.

Los agentes de la unidad de la policía judicial y los técnicos de la científica recogían sus maletines con la amarga sensación de haber trabajado para nada.

Tras dos jornadas de inspección exhaustiva, la vivienda no había ofrecido una sola pista física: la cama permanecía pulcramente hecha, la vajilla secándose en el escurridor y ni una sola huella dactilar fuera de lugar.

Ningún marco roto, ningún indicio de lucha.

Lo único fuera de lo común descansaba sobre la mesita del recibidor: el teléfono móvil de la chica, apagado y depositado allí con fría deliberación antes de que se le perdiera la pista.

Lo único sólido registrado en las diligencias eran las capturas de pantalla aportadas por Júlia y Sacra, compañeras de instituto de la joven el día anterior.

Los mensajes del chat llamado Ladys Institute revelaban que Fany mantenía un idilio secreto con un hombre adinerado que presumía de tener una lancha de gran potencia amarrada en Port Adriano.

Con el expediente cerrado tras estas primeras cuarenta y ocho horas de actuaciones urgentes, el inspector firmó el oficio de remisión.

La evidencia de que no se trataba de una marcha voluntaria era aplastante.

Con el teléfono apagado en la entrada y la pista del puerto deportivo sobre la mesa, la policía traspasó formalmente las actuaciones al Grupo de Homicidios y Desaparecidos de la Policía Nacional, enviando el dossier a la mesa del inspector Arbona para que asumiera el mando de la investigación.

El baño del restaurante Nikkei era un templo de lujo discreto y minimalista.

Paredes de mármol negro pulido absorbían la luz cálida e indirecta, mientras un sutil aroma a madera de sándalo y notas cítricas de yuzu flotaba en el ambiente.

Las notas suaves y envolventes del saxofón de Kenny G se filtraban con elegancia desde el hilo musical del recinto, apenas amortiguadas tras la pesada puerta insonorizada que aislaba el servicio de caballeros de la sala principal.

El hombre se detuvo frente al imponente espejo retroiluminado, se ajustó los puños de la camisa blanca y comprobó la caída perfecta de su chaqueta de verano.

Para cualquiera que cruzara la puerta, él no era más que un cliente refinado y triunfador disfrutando de una velada exclusiva en uno de los rincones más elegantes de la isla; nadie habría podido adivinar que tras sus modales exquisitos se escondía el depredador metódico que, solo seis días antes, había ejecutado un crimen perfecto.

Entró en el cubículo donde estaba el inodoro, echó el cerrojo y sacó del bolsillo interior de la chaqueta un teléfono móvil secundario —un terminal de prepago barato, comprado en efectivo semanas atrás y nunca conectado a ninguna red doméstica— y activó los datos.

El perfil con el que había encandilado a su última víctima ya no existía.

La misma noche del 4 de junio, antes de dejar el terminal de la chica apagado en la mesita de su entrada, había desemparejado las cuentas y solicitado el borrado definitivo.

Para los peritos en informática forense de la policía, aquel pretendiente elegante simplemente jamás había existido.

Abrió la aplicación de citas con su nueva identidad fantasma.

La foto de portada de su perfil estaba calculada con maestría psicológica: un encuadre cerrado de su torso desnudo y bien definido, luciendo una musculatura trabajada al detalle, con un adorable gatito en el regazo.

Una combinación estudiada de virilidad y ternura doméstica diseñada para desarmar cualquier recelo inicial.

En la pantalla iluminada, comenzó a deslizar el dedo con pausada indiferencia por los rostros de mujeres maduras, atractivas e independientes con residencia en la isla. Se detuvo en la fotografía de una mujer de unos cuarenta años, de mirada inteligente y sonrisa sofisticada.

Esbozó una media sonrisa mientras Kenny G continuaba sonando de fondo.

La sensación de dominio absoluto, la adrenalina de reiniciar el juego justo cuando los periódicos locales comenzaban a llenar portadas con la misteriosa desaparición de su última víctima, le provocó un cosquilleo placentero en la nuca.

Tecleó con precisión quirúrgica su primer mensaje: una frase cuidada, envuelta en esa aura de misterio que sabía irresistible, calculada al milímetro para despertar interés sin dejar una sola grieta por la que pudieran rastrearlo.

Envió el mensaje, apagó el dispositivo y lo guardó de nuevo en el forro secreto de su chaqueta.

Quitó el cerrojo y tras lavarse las manos de manera meticulosa bajo el chorro de agua del grifo integrado en la piedra, se secó con una pequeña toalla de algodón, echó un último vistazo a su pulcro reflejo y abrió la puerta para regresar a la mesa con total naturalidad.