CAPÍTULO 7
H abían pasado tres días sin noticias de Fany y la tensión acumulada se notaba en el rostro de Júlia mientras caminaba hacia la entrada de su casa.
En la acera coincidió con Iris, que acababa de bajar de su coche luciendo un conjunto de alta costura y la frescura de quien parecía ajena a los problemas del mundo.
—¡Júlia! Justo a ti te quería ver —saludó Iris con una sonrisa radiante—. Recuerda que este sábado es la fiesta de Borja. ¡No se os ocurra fallarnos!
—Descuida, asistiremos encantados —respondió Júlia intentando forzar una sonrisa amable—. Por cierto, ¿qué le podemos regalar a Borja? No quiero comprarle algo que termine arrinconado.
—Ay, ni te lo pienses —se rio Iris, haciendo un gesto desenvuelto con la mano—. Ese niño está completamente obsesionado con los videojuegos. Cualquier cosa para la consola o un juego nuevo lo va a hacer el niño más feliz del mundo.
Sin embargo, al mirar fijamente a su vecina, la expresión festiva de Iris se apagó. Observó los párpados pesados de Júlia, la rigidez de sus hombros y la mirada perdida que delataba que tenía la cabeza en otra parte.
—Oye, Júlia, tu cara me da mala espina —comentó Iris con genuina preocupación, acercándose un paso y poniéndole una mano en el brazo—. ¿Te pasa algo? Te noto preocupada.
Júlia dejó salir un suspiro amargo, incapaz de seguir guardándose el nudo que llevaba en el estómago desde hacía días.
—Es por el instituto, Iris... Ha desaparecido una compañera, Fany, la profesora de dibujo técnico.
Hace ya tres días que nadie sabe absolutamente nada de ella.
No contesta a los mensajes, tiene el teléfono apagado, no está ingresada en ningún hospital y tampoco su familia sabe nada.
La incertidumbre nos está matando a todos, y mañana la policía se quiere entrevistar con los profesores del centro para ver si alguien puede aportar algún detalle.
Iris se llevó la mano a la boca, conteniendo un gesto de sincero estupor mientras escuchaba el relato.
—Qué barbaridad, Júlia, se me pone la piel de gallina solo de oírte... ¿Y nadie sabe con quién estaba?
—Nada seguro —murmuró Júlia negando con la cabeza—. Lo único que nos contó es que últimamente quedaba con un chico nuevo que estaba conociendo... Un tipo muy atractivo, según ella.
Iris le apretó el brazo con un gesto cálido y reconfortante, tratando de contagiarle algo de tranquilidad.
—Mucho ánimo, Júlia. De verdad, si necesitas cualquier cosa o puedo echarte una mano con lo que sea, me avisas. Aquí me tienes —se ofreció Iris antes de despedirse y cruzar hacia la verja de su propiedad.
Júlia atravesó el jardín de su casa, echó la llave a la puerta y se adentró en el recibidor, sintiendo cómo el aroma del orégano de la pasta recién preparada la envolvía de inmediato.
En el altavoz de la cocina sonaba “ Cómo hemos cambiado” de Presuntos Implicados.
Toni la recibió con un beso. A sus cuarenta y siete años, Toni era el reflejo de la estabilidad, la templanza y el sentido común.
Poseía una presencia atractiva pero sobria, con un porte maduro y discreto que transmitía confianza instantánea.
De complexión delgada, vestía con esa sencillez que lo caracterizaba: pantalones chinos bien cortados, un polo de tono neutro y mocasines de piel.
Mientras que el universo de hombres como Gonzalo desbordaba lujo, marcas y excesos, Toni se movía con naturalidad en el terreno de la compostura, la prudencia y la autenticidad.
Llevaba un corte de pelo clásico salpicado por incipientes canas, arrugas de expresión amables en torno a los ojos y una sonrisa franca. Todos estos detalles le daban un inconfundible aire de apuesto madurito al más puro estilo George Clooney.
Solía suavizar las pequeñas tensiones familiares del día a día. Como marido entregado y padre cercano, formaba con Júlia un equipo perfectamente sincronizado: donde ella aportaba intuición, pasión y conversación, él ponía paciencia, método y una perspectiva siempre calmada.
Mientras terminaban de cenar Júlia lo puso al corriente de la abrumadora situación del instituto: el silencio sepulcral alrededor de Fany, la angustia de una familia que tampoco tenía respuestas y la llegada inminente de la policía al día siguiente para tomar declaración al profesorado.
Toni la escuchó con la seriedad que requería el tema, apretándole la mano por encima de la mesa.
Llegado el momento de recoger los platos, Júlia aprovechó para organizar la tarde del día siguiente y se dirigió a su hijo menor:
—Marc, acuérdate de que mañana nos vamos de compras. Tenemos que mirar lo que te falta para el disfraz de pirata y comprar el regalo de Borja. Había pensado en comprarle algún juego del Profesor Layton; me parece bastante más educativo y entretenido que un videojuego de tiros.
Marc tenía ocho años, y compartía con él aula y juegos.
Era un crío noble, cariñoso y de un trato facilísimo, aunque vivía completamente fascinado por la tecnología, los ordenadores y los videojuegos.
Toni, que compartía siempre con entusiasmo esa energía inagotable del pequeño, le sonrió desde la encimera.
Marc, lejos de poner pegas a la idea pedagógica de su madre, asintió sonriente y sin mostrar la menor objeción.
Desde el otro extremo del salón, sin embargo, Pau levantó la vista de la pantalla del móvil con gesto de pocos amigos.
Pau, de dieciséis años y a punto de acabar sus estudios de la ESO, atravesaba esa etapa en la que cualquier compromiso familiar le parecía una condena, aunque en el fondo seguía siendo un chaval estupendo y centrado.
Lo suyo era la música: pasaba el día pegado a los auriculares o ensayando con el bajo en Conjunt Buit , la banda que había montado con sus colegas del instituto y que ocupaba todos sus pensamientos.
—Uf, pues a mí no me apetece nada ir al cumpleaños, la verdad —protestó Pau—. Qué pereza tener que tragarme una tarde entera rodeado de niños pequeños gritando por el jardín mientras retumba “ El chuchuwá” de Cantajuego a todo volumen.
Toni, haciendo gala de esa mano izquierda y el punto de humor con los que sabía manejar la incipiente rebeldía de su hijo mayor, intervino mientras apagaba las luces de la cocina con su habitual tono conciliador:
—Pau, tampoco hace falta que te compliques. Con ir, felicitar a Borja y estar un ratito ya habrás cumplido. Haces el favor a la familia y luego te puedes volver a casa tranquilamente. Ya queda poco para los exámenes finales.
Pau dejó ir un resoplido de conformidad, aceptando el trato, mientras Júlia se dejaba caer por fin en el sofá, intentando aflojar la rigidez de los hombros y buscando cobijo en la tranquilidad de su hogar antes de que amaneciera otro día incierto.