CAPÍTULO 6
E l olor a leña de almendro y al sofrito de tomate y calamar impregnaba el porche de la vivienda, donde la mesa de madera ya estaba dispuesta con el mantel, los platos y los cubiertos para comer bajo la sombra de la pérgola.
Desde el altavoz Bluetooth colocado en el alféizar de la ventana retumbaba el ritmo arrollador de “ Don't Stop Me Now” de Queen, acompañando con música al primer domingo de junio.
En la zona de césped, Pau y Marc apuraban los últimos minutos antes de comer devolviéndose pases de balón y discutiendo de vez en cuando sobre quién tenía la mejor técnica.
Junto a la barbacoa de obra, Toni vigilaba las brasas con el delantal puesto, moviendo la espumadera con la cadencia pausada de los días en los que nada parece poder salir mal.
Júlia cruzó el ventanal del salón cargando un bol de patatas fritas y una Coronita helada que incluía su clásica rodaja de limón encajada en el cuello. Se acercó a su marido, le rozó el hombro con afecto y le plantó un beso rápido en los labios mientras le tendía la botella.
—¿Qué tal va esa paella, chef? —preguntó Júlia, apartándose un mechón de pelo de la cara.
—El fondo está en su punto. En cuanto me des el visto bueno, tiro el arroz —respondió Toni, esbozando una sonrisa tranquila mientras daba un trago a la cerveza y ajustaba un carbón con las tenazas.
—Al final se ha quedado un día precioso, no va a llover —añadió ella, contemplando el perfil verde de la Sierra de Tramuntana recortado contra el cielo.
En ese instante, entre las notas festivas de Queen, saltó un sonido seco e inconfundible: el choque metálico de una chapa de cerveza al abrirse. El politono exclusivo que Júlia le había asignado a Sacra.
Pffft-pop. Pffft-pop. Pffft-pop.
Tres alertas seguidas. Toni soltó una carcajada breve sin apartar la vista de las brasas.
—¡Ala! Ya está tu amiga Sacra chafardeando por el grupo... Ni el domingo os deja dar un respiro.
Júlia se acercó a la mesa, dejó el bol de patatas, cogió su propia cerveza ya empezada y desbloqueó con la otra mano la pantalla del teléfono que estaba sobre la mesa, las primeras líneas del chat borraron de un plumazo la sonrisa de su rostro.
—Oye, Toni —dijo Júlia con la voz de pronto enrarecida, alzando la vista sin llegar a fijarla en él—. Sacra dice que Fany no aparece. Llevan desde el viernes sin poder dar con ella y tiene el teléfono apagado.
Júlia empezó a dar vueltas alrededor de la mesa, apretando el móvil entre las manos mientras la angustia empezaba a tomar el control de sus palabras.
—Es rarísimo, de verdad... A ver si le ha dado por irse de fin de semana con alguien y se ha olvidado de avisar, aunque Fany no es de esas.
Jamás dejaría tiradas las clases ni a su familia sin decir ni pío.
¿Y si le ha pasado algo en la carretera al volver del instituto?
¿O un accidente tonto en casa y está allí aislada sin poder pedir ayuda?
Sacra me dice que la familia ya está en comisaría poniendo la denuncia y que la policía va a activar la búsqueda esta misma tarde.
Se me están poniendo los pelos de punta, Toni... ¿tú crees que debemos preocuparnos?
Buscando una mirada de alivio, Júlia se giró finalmente hacia la barbacoa. Pero la frase que iba a pronunciar se le atascó violentamente en la garganta.
Toni se había quedado de piedra. Tenía la espumadera inmóvil sobre la paellera, los nudillos tensos y blancos apretando el mango metálico, y una palidez grisácea y enfermiza extendiéndose por todo su rostro.
Tenía la mirada desorbitada, clavada en la nada, incapaz de articular palabra mientras el calor del fuego le daba de lleno en la cara.
Júlia dio un paso tembloroso hacia él, sobrecogida.
—Toni... —musitó Júlia, sintiendo una punzada de frío en el estómago—. ¿Te encuentras bien? Tienes la cara totalmente desencajada.
Toni parpadeó varias veces, como quien regresa bruscamente de un abismo. Soltó un bufido tembloroso y dejó caer la espumadera con un golpeteo metálico sobre el borde de la barbacoa, llevándose la mano libre a la frente para frotarse las sienes con violencia.
—El humo... Me ha dado un golpe de calor con la humareda de la leña —balbuceó Toni, forzando una voz ronca que intentaba sonar natural—. Llevo más de una hora pegado a las brasas sin probar gota de agua y me he mareado.
Se apoyó con pesadez en el poyete de piedra de la barbacoa, respirando hondo mientras Júlia se acercaba a él y le ponía una mano en la frente. Toni aprovechó la cercanía para buscar la mirada de su mujer y afianzar la mentira.
—Y encima me sueltas lo de esta chica... —añadió, pasándose el dorso de la mano por los labios—. Me ha dejado helado. Seguro que la encuentran pronto, no te preocupes.
Toni agarró la botella de Coronita y dio un trago largo, disimulando el temblor fino que aún le agitaba los dedos.
Con un movimiento rápido pero estudiado, tomó el recipiente con el arroz y lo vertió sobre la paellera.
El borboteo del caldo al chisporrotear amortiguó el silencio que se había instalado en el porche.
—Anda, ve a llamar a los niños para que se laven las manos —insistió Toni, fijando la vista en el fuego para no tener que sostenerle la mirada a su mujer—. Comemos tranquilos y luego, si quieres, llamas a Sacra.