CAPÍTULO 5
I ris no era de las que pisaban el campus de la UIB de cualquier manera, pero la noche en que sus amigas la vistieron de lentejuelas y la arrastraron a una de las legendarias Biofiestas organizadas por los estudiantes de Biología donde el dance-pop y el reguetón sonaba a todo volumen, su vida cambió de repente.
En medio de la música atronadora, los vasos de plástico y la multitud, cruzó la mirada con Gonzalo.
Alto, magnético y con esa soltura inconfundible de quien nunca ha tenido que preocuparse por la cuenta corriente, Gonzalo destacaba por sí mismo.
Era el heredero de uno de los empresarios de hostelería más influyentes de Mallorca, aunque la relación con su padre era un constante campo de minas.
Negándose a vivir bajo la sombra del patriarca, Gonzalo había decidido romper moldes y emprender sus propios negocios de forma independiente.
—¿Derecho? —le gritó Gonzalo al oído esa noche para hacerse oír entre el bullicio, ofreciéndole una bebida con una sonrisa encantadora—. Qué ironía. Yo me paso la vida intentando esquivar las normas de mi padre y tú te dedicas a estudiarlas.
—Las leyes existen para saber exactamente cómo romperlas con elegancia —le contestó Iris con una mirada desafiante que lo desarmó al instante.
La química fue devastadora. Tras apenas un par de meses de apasionados encuentros y empujados por el imperativo familiar de la alta sociedad balear, se vieron abocados al compromiso.
Un año después celebraban una suntuosa boda en Son Marroig (Deià) que acaparó todas las miradas.
De inmediato se instalarían en un imponente piso propiedad de la familia de Gonzalo en la avenida de Jaume III, un refugio provisional mientras diseñaban y construían el lujoso chalé al que se trasladarían más tarde.
Mientras las obras avanzaban, Iris no se durmió en los laureles.
Tras graduarse, comenzó a trabajar como pasante en el bufete de un amigo de su suegro.
Demostrando una tenacidad incansable, escaló puestos a paso firme hasta lograr lo que se proponía: abrir su propio despacho y hacerse con una envidiable cartera de clientes.
—Mi padre insiste en que estás loca por trabajar doce horas al día teniendo la vida resuelta —le comentó Gonzalo una noche en el salón, rodeados de los planos de su futura casa.
—Dile a tu padre que yo no nací para ser el adorno de nadie —sentenció Iris—. Pienso ser la dueña de mi propio imperio antes de que pongan la primera piedra del chalé.
Hoy, Iris era el retrato de la mujer moderna de éxito: trabajaba duro, pero disfrutaba dejándose mimar por un marido que la adoraba.
Los viajes inesperados, la ropa de alta costura, alguna joya exclusiva, el gimnasio, los masajes y las sesiones semanales de peluquería y manicura eran su válvula de escape habitual.
Sin embargo, tras esa fachada exuberante y sofisticada, Iris mantenía una personalidad cercana, divertida y con los pies en la tierra.
Era incapaz de mirar a nadie por encima del hombro y sentía un profundo y sincero afecto por Júlia, la vecina de enfrente, en quien encontraba la autenticidad y la amistad pura que ningún dinero podía comprar.
La casa estaba por fin en calma. Con el pequeño Borja profundamente dormido en su habitación, Iris y Gonzalo disfrutaban de una cena tranquila en el porche del chalé, arropados por la suave luz que iluminaba la terraza y el murmullo de la brisa nocturna.
Iris daba un sorbo a su copa de vino blanco mientras repasaba mentalmente la lista de tareas en la pantalla del móvil.
—Oye, por cierto, ya lo tengo casi todo listo para el cumpleaños de Borja —comentó Iris, dejando la copa sobre la mesa de cristal—. Al final la fiesta será aquí en casa, el sábado 13. Ya he reservado el castillo hinchable para el jardín y la temática será de piratas.
Gonzalo dejó los cubiertos a un lado, arqueó una ceja y dejó escapar un suspiro medio en broma, medio en serio.
—¿Otra vez en casa, Iris? De verdad, ¿por qué no lo celebramos en algún sitio como el Palma Aquarium?
Nos quitamos todo el jaleo de encima, los niños se entretienen viendo los tiburones, no tenemos a veinte críos corriendo por el césped ni saltando por todas partes y al terminar nos vamos a casa tan tranquilos sin tener que limpiar nada.
Iris soltó una leve risita y negó con la cabeza, mirando a su marido con fingida severidad.
—Son treinta y cinco niños y otros tantos adultos... Gonzalo, sabes perfectamente que si lo hacemos allí a tu madre le da un síncope. ¿Te imaginas a mi suegra en el Aquarium entre la humedad y los grupos de turistas? Jamás me lo perdonaría.
—¿Mi madre? ¿Pero qué tiene que ver ella con la localización del cumpleaños de nuestro hijo? —protestó él riendo.
—Tiene todo que ver. Fue ella misma la que me sugirió organizar el grupo de WhatsApp con todas las madres de la clase, incluida ella, para así estar al tanto de todo —explicó Iris, acercando su mano a la de él en un gesto afectuoso—.
No quiero disgustarla, cariño. Ya sabes de sobra cómo es: le fascina la opulencia y hay que dejar que crea que lo controla todo —añadió guiñándole un ojo a su marido—.
Le chifla pasearse por nuestro jardín, enseñar la casa de diseño y fardar delante de todas las mamás de lo maravillosamente bien que le van las cosas a su hijo, el gran empresario de éxito.
Para ella, esta fiesta es el evento del año.
Gonzalo se pasó la mano por la nuca, debatido entre la pereza de aguantar el bullicio en su propio hogar y la indiscutible verdad que acababa de pronunciar su mujer. Miró la imponente fachada de la casa, luego a Iris con resignación y terminó soltando una carcajada derrotada.
—Está bien, tú ganas... Pero como un pirata de ocho años acabe dentro de la piscina o pisotee las plantas, el marrón se lo pasas a mi madre.